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La ruptura entre dominadores y dominados

Llega un momento en el que una población que fue dominada pierde el miedo, siente que ya no tiene nada que perder. De manera progresiva ganan terreno tanto una profunda sensación de hartazgo, como una novedosa posición interna de “fue suficiente, quiero algo distinto para mi vida”.

El dominador, que en el pasado fue encantador, lleno de promesas de una vida mejor, buscará, como buen narcisista, revivir esa primera etapa de goce e ilusión. No se ha dado cuenta, o no quiere ver, que algo se rompió dentro de su contraparte, que el sentimiento pasado es irrecuperable, que esa relación dominador-dominado pasó un punto de no retorno, y que lo próximo es un proceso en el que el dominado buscará ansiosamente su libertad.

No sólo fueron las promesas incumplidas, no fue solo su cambio de conducta, sino que buena parte de lo vivido fueron épocas de represión, de control, de generar miedo para que los dominados se mantuvieran obedientes, sin “prender candelitas”, sin protestar, para que fuesen sujetos resignados, desesperanzados y sumisos.

Ese héroe-salvador se vendía muy bien, pero en el fondo veía a sus “presas” como seres inferiores»

Los dominados se cansaron de tantas excusas. Los dominadores se jactaban de reconocer responsabilidades pasadas, pero en la actualidad hacen ver que su necesidad de dominación y control se debe a actores y/o eventos ajenos a ellos. Intentan una y otra vez convencernos de que ellos no tienen responsabilidad alguna sobre la realidad de sus sometidos, eso sí, de manera insistente se venden como los únicos salvadores de una situación que ellos mismos crearon.

La dinámica se les hizo relativamente fácil, porque los dominados tenían cierta predisposición hacia héroes y perseguidores, sentían que un salvador era la pieza faltante de ese rompecabezas que denominamos vida. Ese héroe-salvador se vendía muy bien, pero en el fondo veía a sus “presas” como seres inferiores, seres a los que tenía que salvar y/o someter. Por otro lado, los ciudadanos se veían como los receptores de esa “salvación-opresión”, no se sentían con la fuerza y la firmeza suficiente para ser, ellos mismos, los forjadores de su destino.

La vida de un individuo o de una nación es una gran maestra. Además de dejarnos grandes lecciones, es una vía que sirve para exponer los aspectos de nuestras vidas que debemos sanar. Es también una guía de descubrimiento de lo que realmente somos, de lo que somos capaces, de lo que realmente necesitamos para llevar una vida digna y próspera. Eso no pasa por falsos salvadores que nos dominan, para así, ellos sentirse poderosos y seguros (una máscara para ocultar su inmensa fragilidad interna), pasa, más bien, por un proceso de convencimiento interior de que somos autónomos, que finalmente podemos hacernos enteramente responsables de nuestras vidas.

Para lograr tal empresa debemos deshacernos de los dominadores, sacarlos de nuestras vidas. No será sencillo porque sabemos el talante de quien por tanto tiempo nos sometió. Será agresivo, tratará de infundir miedo, por momentos reconocerá errores pasados, pero los ya-no-dominados serán firmes y vehementes con lo que quieren. Pronto serán cosa del pasado, y quedará como reto hacer lo necesario para que eventos de este tipo no vuelvan a ocurrir.

@HenkelGarcia

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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