La paradoja de la sumisión

Cuando se producen situaciones de abuso en el ámbito público o privado en las que una de las partes se ve en desventaja frente a otra, se hace común oír consejos en los que se solicita a la víctima el ser sumisa, servil y diligente con su agresor, porque se piensa que actuando de manera complaciente se podrá evitar represalias por parte de quien lleva a cabo las felonías: “coopera, no denuncies, no te quejes, cállate”, son algunas de las instrucciones que suelen darse en tal sentido. 

Lo que suelen ignorar algunos interlocutores -aún de buena fe- es que esto puede ser efectivo en situaciones como robos a mano armada, pero nefasto en otras como, por ejemplo, casos de violencia sexual.

El agresor muchas veces, lejos de contenerse, suele dar rienda suelta a sus deseos aprovechando la pasividad del agredido, haciendo por tanto más adecuada una respuesta activa por parte de la víctima para evitar una represalia mayor, la desidia y la impunidad derivada producto de la pasividad. Tal fenómeno es lo que denominamos la paradoja de la sumisión. 

En el contexto político actual, los ataques propiciados por el chavismo bajo el lema de la “Furia Bolivariana” se han hecho especialmente notorios en medio de un año signado por los eventuales comicios presidenciales a realizarse en draconianas condiciones el 28 de julio del presente año.

Las agresiones antes mencionadas, que van desde desapariciones forzadas en contra de personalidades comoRocío San Miguel, Víctor Venegas o Carlos Salazar Lares, entre otros, son sólo algunos de los casos más notorios en tal sentido.

Por otra parte, este macabro cuadro se ve complementado con los sucesos recientes ocurridos en Santiago de Chile en los que fue secuestrado y asesinado el Primer Teniente del Ejército Ronald Ojeda, tal como confirmó la Fiscalía de ese país el 01 de marzo, en circunstancias no esclarecidas que apuntan como presuntos responsables tanto a la delincuencia organizada como a organismos de contrainteligencia militar, según denuncia la oposición venezolana.

En adición a lo anterior, se suma el cercenamiento arbitrario e ilegal de los derechos políticos de millones de venezolanos que hasta el momento han visto truncada su aspiración a ser representados por María Corina Machado, tras su triunfo en las primarias del pasado 22 de octubre del 2023.

Ante tales sucesos, ha ido calando en distintos sectores de la opinión pública la idea de que para lograr un cambio político exitoso se hace necesario pasar a adoptar una postura mesurada, aséptica al “radicalismo” y que permita conservar espacios a fin de no incomodar demasiado al sistema político chavista, bajo la idea de que tal cambio de postura facilitaría una transición política en el país. En síntesis, se nos dice lo mismo que a una víctima: “coopera, no te lastimarán demasiado, puede que sean benévolos”. 

Lo que muchas veces estos señalamientos ignoran –aún si fueran de buena fe- es que para el régimen establecido, hoy por hoy cualquier desafío hecho desde los debilitados espacios cívicos son percibidos como una amenaza. Aquel que difiere o muestra el más mínimo disenso aún dentro de sus propias filas, pasa a ser percibido como “un traidor, un representante de los intereses foráneos, un enemigo de la patria” y pare usted de contar.

El poder nos dice que la exigencia de garantías electorales, el libre derecho a la protesta pacífica, el reclamo por mejores servicios públicos, el cumplimiento de obligaciones en materia salarial o de derechos laborales no tienen cabida en el debate público, salvo que sea en los términos delimitados por el chavismo, esto es: la sumisión total, sin derecho a réplica.

Nuestra cotidianidad hoy, pasa por lo que un ilustre Carl Schmitt en su texto La Dictadura (1921) denominó como un Estado de excepción. El autor explicaba que en la modernidad, ante un estado de necesidad (legítimo o no) los representantes del gobierno reemplazan el orden constitucional y se convierten en un poder constituyente en sí mismo. La excepción se vuelve la norma en términos jurídicos, parafraseando a Schmitt, el soberano pasa a ser, por tanto, quien decide en el Estado de excepción, quedando proscrita cualquier manifestación disidente o contrapeso propio del orden institucional previo. 

Ante tal disyuntiva, la alternativa no puede ser guardar silencio o agachar la cabeza. La sumisión perruna nunca será la respuesta contra el despotismo, la discrecionalidad y los abusos en contra de los venezolanos, por tanto, todo lo que queda en nuestras manos es la lucha en contra de las injusticias que hoy son parte del sistema político imperante. 

Esto, desde luego, no es un llamado a aventurismos irresponsables o a la visceralidad; sino lo contrario, se precisa de calma y cordura. Si usted al igual que yo desea un mejor mañana: fórmese, organícese, pelee, denuncie, participe.

Sólo creando un movimiento social orgánico podremos salir de nuestro estado actual, la sumisión nunca será una opción, recuerde que esperar benevolencia de un agresor pocas veces resulta fructífero. 

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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