En las últimas semanas, varios hechos han evidenciado el aumento inusual de la presencia militar de Estados Unidos en América Latina. El que parece ser el componente bélico del Escudo de las Américas abre una perspectiva preocupante: la división de la región entre amigos y enemigos de Washington. ¿Hasta dónde Ilegará?
Por Suhelis Tejero Puntes | CONNECTAS
En los últimos meses, el Comando Sur de Estados Unidos ha experimentado una transformación significativa. A simple vista parecía una reconfiguración burocrática, pero en realidad se enmarca en el cambio de las prioridades de Washington en América Latina. Unas prioridades que quedaron evidenciadas en el llamado Escudo de las Américas, un acuerdo informal de Donald Trump con 12 presidentes de la región, y en el nuevo lema del llamado Departamento de Guerra: «Paz a través de la Fuerza».
En este nuevo escenario, la Casa Blanca rediseñó la geopolítica hemisférica al trazar una línea clara: de un lado, los gobiernos que considera aliados y fiables; del otro, los que quedaron fuera de ese círculo de confianza y pasan a ser vistos con suspicacia. Y en ese cambio, el poder militar ya no es un actor secundario.
De hecho, unos meses antes, en diciembre pasado, el Ejército de Estados Unidos creó el Comando del Hemisferio Occidental (West-Hemcom), que unificó las decisiones del Comando Norte y del Comando Sur bajo un solo mando. Además, redefinió el rol del Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (Whinsec), que reemplazó hace dos décadas a la Escuela de las Américas. A partir de ahora, ese organismo dejó de ser netamente académico y está alineado con las operaciones del nuevo mando unificado del Ejército.
Y, para cerrar, justo antes de la Cumbre del Escudo de las Américas en Doral (Florida), los ministros de defensa de 17 países de la región firmaron con el secretario de Guerra, Pete Hegseth, una declaración conjunta de seguridad en la que se comprometen a coordinar acciones contra los carteles del narcotráfico y las organizaciones criminales que operan en el hemisferio. El documento, de apenas una página, busca crear una coalición respaldada por Estados Unidos y subraya la importancia de la cooperación entre gobiernos «con intereses mutuos».
El presidente Trump, junto a líderes de la región, en la foto oficial de la Cumbre del Escudo de las Américas que se lleva a cabo en Doral, Florida. pic.twitter.com/b082LU39sK
— USA en Español (@USAenEspanol) March 7, 2026
Para algunos analistas, una declaración tan escueta abre un margen amplio a la interpretación. Sin embargo, Adam Isacson, de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), explicó que esa secuencia de cambios en defensa, acordados en un segundo plano, dejan en claro que Estados Unidos invertirá más fondos federales en programas de ayuda militar en América Latina, que incluyen inteligencia, entrenamientos e intercambios con las fuerzas militares latinoamericanas, algo no visto en décadas.
Como expresó Isacson a CONNECTAS, «están tratando de cambiar la cultura militar. Hegseth, en su discurso en Doral, dijo que el Comando Sur estuvo dominado durante demasiado tiempo por abogados, trabajadores sociales y oenegés y, sí, tenían una iniciativa robusta en derechos humanos, pero obviamente para Estados Unidos ahora los derechos humanos no son tanto un tema. Si están buscando impartir o compartir esas perspectivas sobre la letalidad militar a todo costo sin importar los derechos humanos, esos son mensajes bastante tóxicos».
Este cambio es consistente con las medidas de Trump desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2025. En una de las primeras, el corte a los fondos de cooperación, como los de la Usaid, el presidente dio una de las primeras señales de que la relación hacia América Latina sería distinta en este segundo mandato. Trump no esconde que quiere una coalición política para extender la doctrina de la «defensa de la patria» con socios que le ayuden en temas como el narcoterrorismo y las amenazas extranjeras.
«Se destaca una coalición de voluntarios con un pragmatismo que no pone tanta atención en la calidad de gobernanza, en la corrupción o en sus récords de derechos humanos, sino en quién está dispuesto a colaborar con los Estados Unidos», resaltó a CONNECTAS R. Evan Ellis, profesor de estudios latinoamericanos en el Instituto de Estudios Estratégicos de la Escuela de Guerra del Ejército de Estados Unidos.
Pero más que la lista de los aliados ideológicos, como los mandatarios de Argentina, Ecuador, Paraguay, El Salvador o Chile, por citar algunos, llama la atención la de los excluidos: Brasil, Colombia y México, justo las naciones que enfrentan los mayores desafíos en materia de narcotráfico y grupos de crimen organizado. Para Ellis, no haber invitado a estos tres países revela que, con el Escudo de las Américas, Trump quiere crear sobre todo un bloque político. El experto aclaró que Colombia, Brasil y México sí colaboran en la lucha contra el narco y el crimen organizado, solo que, aseguró, esos apoyos se mueven mucho más, al menos en el caso de México y de Brasil, por los canales diplomáticos, y no son tan protagónicos como los que pretende aplicar Washington con sus aliados ideológicos.
Ese contraste entre países dentro y fuera del círculo se refleja también en el tono que ha adoptado la Casa Blanca hacia algunos de ellos. Luego de la captura de Nicolás Maduro en enero, Trump no ha escondido que su siguiente objetivo está en el Caribe. Esta semana llegó a afirmar que sería «un gran honor» para él «tomar Cuba», en medio de las tensiones por el bloqueo energético a la Isla. «Creo que puedo hacer lo que quiera con ella», dijo. «Es una nación muy debilitada en este momento». Las palabras dibujan con elocuencia su visión de poder unilateral.
Por lo pronto, el Escudo de las Américas ya muestra su cara militar en la región. Primero, el 6 de marzo, efectivos ecuatorianos y estadounidenses realizaron un bombardeo de bases narcotraficantes en la provincia de Sucumbíos, fronteriza con Colombia. En un comunicado, el Comando Sur afirmó que esas operaciones «son un ejemplo poderoso del compromiso de los socios en América Latina y el Caribe para combatir la lacra del narcoterrorismo». Y el 16, el presidente de ese país, Gustavo Petro, denunció otro en el lado colombiano. El mandatario dijo que investigarán el hecho antes de tomar cualquier decisión. «Nosotros no queremos ir a una guerra. Me enorgullezco de habr sacado a Colombia del peligro de misiles. Es una época de misiles, de muerte a la humanidad, amenazas tras amenazas. No tenemos por qué ser bombardeados. La soberanía nacional se respeta», dijo Petro.
Su contraparte de Ecuador, Daniel Noboa, uno de los firmantes de la Declaración de Doral, ya había iniciado una ofensiva de aranceles contra Colombia, curiosamente poco después de coincidir con Trump en la reunión anual de Davos, Suiza. Y en una entrevista justo después de la cumbre presidencial, Noboa evitó decir que México, Colombia y Brasil no fueron invitados y, en cambio, señaló que si no acudieron fue «porque no quieren resolver el problema por alguna razón (…) No veo una intención real de acabar con estos grupos narcoterroristas».
Para el experto de WOLA, Estados Unidos busca tener «muchas más operaciones conjuntas, que no sean simplemente programas de dotación de equipos y entrenamiento. Quieren estar en el terreno al lado, asesorando a los militares de toda la región mientras combaten a esos grupos, y el modelo que estamos viendo en Ecuador es lo que quieren replicar en cualquier país donde hay lo que ellos llaman narcoterrorismo».
No son las únicas operaciones del Comando Sur en la región. Desde finales del año pasado han bombardeado presuntas narcolanchas en el Caribe y el Pacífico Oriental, en ataques en los que han muerto más de 150 personas. También, desde el 3 de enero, cuando capturaron a Nicolás Maduro en Venezuela, ese comando ha publicado en sus redes sociales los ejercicios militares que lleva a cabo a pocos kilómetros de las costas venezolanas. Y hace pocos días se conoció que la Marina estadounidense desplegará el portaaviones USS Nimitz al sur del continente y, en su tránsito por aguas argentinas, realizará ejercicios con la de ese país.
Late on Feb. 16, at the direction of #SOUTHCOM commander Gen. Francis L. Donovan, Joint Task Force Southern Spear conducted three lethal kinetic strikes on three vessels operated by Designated Terrorist Organizations. Intelligence confirmed the vessels were transiting along known… pic.twitter.com/mib9XtptSB
— U.S. Southern Command (@Southcom) February 17, 2026
Como resaltó Ellis, la de Estados Unidos «es una disposición de usar fuerzas militares y desplegarlas en forma más amplia en la región, ya no solo guardacostas y la DEA, sino también utilizando fuerza letal mayormente en el Caribe, pero también en el Pacífico. Y, en cierta forma, podría interpretar que también los presidentes que estuvieron presentes en la reunión (con Trump) tienen esa disposición».
Se trata de un escenario inedito: la cooperación en seguridad ya no se articula desde la diplomacia o el multilateralismo, sino a partir de coaliciones que operan bajo una ideología afín y con criterios de aplicación ambiguos. Como advirtió Isacson, en el gobierno de Trump, un sector busca crear «un bloque MAGA en América Latina», una alianza por cercanía política, más que por sus capacidades reales para enfrentar las amenazas.
En este nuevo mapa hemisférico, la seguridad ya no es un proyecto compartido sino un instrumento de poder que Washington quiere utilizar. Para la muestra, Hegseth dijo lo siguiente durante la cumbre de ministros de Defensa: «Estados Unidos está preparado para enfrentar estas amenazas y pasar a la ofensiva solo, si es necesario. Sin embargo, preferimos que, en beneficio de este hemisferio, lo hagamos todos juntos; con ustedes, con nuestros vecinos y con nuestros aliados que están dispuestos, deseosos y capacitados para hacerlo».
Queda por responder si esta nueva arquitectura de defensa, que parece construirse a toda velocidad y sin contrapesos, terminará por empujar a la región hacia un ciclo de tensiones que apenas comienzan a asomar en el horizonte.
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