Leandro Palmar y Belises Cubillán, trabajadores de LUZ Radio, fueron detenidos por guardias nacionales el 9 de enero de 2025, mientras hacían una cobertura en una plaza de Maracaibo, estado Zulia. Al tiempo los llevaron a Tocorón. Tuvo que pasar un año y cinco días para que volvieran a casa
Bryan Granado | La Hora de Venezuela
Fotografías: Álbum familiar
Apenas salió de Tocorón, la luz del día le golpeó la cara. Encandilado por la claridad, el periodista Leandro Palmar sintió que el mundo era más grande de lo que recordaba. Ese 14 de enero llevaba un año y cinco días detenido. Lo habían encarcelado junto a Belises Cubillán, su camarógrafo, mientras juntos hacían una cobertura en Maracaibo.
Ahora que estaban afuera, los hicieron subir a una camioneta. A través de las ventanas veían los árboles, el cielo, el resplandor del sol. Al llegar al terminal de pasajeros de Maracay, llamaron a familiares para que los fueran a buscar. Pero entre Maracay y Maracaibo hay más de siete horas por carretera. Ni que salieran en ese instante iban a llegar pronto. Así que un amigo de la familia de Leandro fue por ellos. Los llevó a su casa, en la vecina ciudad de Valencia, estado Carabobo. Ahí estuvieron hasta que al día siguiente llegaron la mamá de Belises y otros amigos, con quienes se fueron a Maracaibo.
—Pensé que no volvería a verte —dijo Delia, la madre de Leandro, al verlo.
Desde la mañana en que salió a hacer aquella cobertura y no volvió, no lo había vuelto a ver. Nunca, mientras estuvo preso, se lo permitieron. Belises los observaba mientras revisaba el teléfono que le habían prestado, ya que que los suyos no se los habían devuelto tras la salida del penal. En ese momento, se enteró de una noticia vieja de la que nunca se enteraron por el encierro:
—Leandro, en junio de 2025 te otorgaron el botón de honor al mérito gremial de la seccional Zulia del Colegio Nacional de Periodistas —le informó Belises.
—¿Desde hace tanto tiempo y nadie me dijo?
—¡Sí! —sonrió Belises—. Lo acabo de ver. Alguien supo que salimos y me acaba de decir. Créeme, lo mereces más que nadie.
Leandro asintió y, sin decir palabra, subió a su habitación.
Estaba contento, sí, pero también agotado.
Cerró la puerta. Se dejó caer sobre la cama. El colchón cedió bajo su peso. Por un instante, su espalda volvió a tensarse y recordó la oscuridad del calabozo.
*Lea también: Alcedo Mora y los hermanos Vergel no están incluidos en la Ley de Amnistía
Cuando a Leandro se lo llevaron preso, tenía 3 días de haber cumplido 48 años. Era reportero de LUZ Radio, un medio de la Universidad del Zulia. Fue el 9 de enero de 2025. Había ido a la Plaza de la República de Maracaibo a cubrir una concentración: en Caracas, Nicolás Maduro estaba tomando posesión para un tercer período presidencial —luego de las elecciones del 28 de julio de 2024, cuyos resultados el Consejo Nacional Electoral nunca terminó de publicar—, y había manifestaciones opositoras en distintos espacios públicos del país.
Unos guardias aparecieron de repente y rodearon a Belises. Leandro intentó intervenir, explicar quiénes eran, cuál era su labor. Pero no los escucharon y se los llevaron.
—Tranquilo, Belises, solo camina —susurró Leandro mientras los empujaban hacia una camioneta—. Haz lo que te dicen, después lo contamos todo.
El vehículo en el que los hicieron subir olía a sudor, metal y caucho. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el ruido constante del motor.
Cuando llegaron al Destacamento 111 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), los llevaron a un espacio diminuto. Ahí los dejaron.
Y el tiempo comenzó a pasar.
Dentro del destacamento había casi 100 personas detenidas que compartían un solo baño. A ellos los encerraron en una celda que, según les dijeron quienes llevaban más tiempo presos, medía apenas 5,6 metros cuadrados. Los custodios les entregaban 5 litros de agua al día a cada uno, que debían administrar entre el aseo personal y la sed.
Leandro y Belises se integraron a un grupo de 12 personas —11 hombres y una mujer— que se convirtió en su red de apoyo. Compartían lo que tenían, alertaban sobre problemas y se cuidaban entre sí. Cada día comenzaba con la organización: decidían quién hacía sus necesidades primero, quién se encargaba de administrar el poco alimento que recibía: a veces, era solo un poco de arroz sin sal con lentejas o arepas pequeñas que debían dividir entre varios.
Leandro respiraba hondo para tratar de no alterarse. El calor y la cercanía de tanta gente le resultaba asfixiante. A veces, sentía que se le iba a subir la tensión (desde 2020, es hipertenso), pero sus compañeros se aseguraban de que tuviera un espacio donde descansar. Algunos le recordaban que no estaba solo.
Tanto Leandro como Belises fueron acusados de terrorismo, incitación al odio, asociación para delinquir y alteración del orden público. El 11 de enero de 2025, cuando ya tenían dos días presos, el tribunal ordenó la privativa de libertad para ambos. Les impusieron una defensa pública, a la que, según le decían, no le dejaban ver el expediente.
Nunca les permitieron las visitas de sus familiares.
Leandro estaba angustiado por su madre: Delia, de 84 años, vivía sola en una urbanización de Maracaibo desde que años atrás murió su esposo, Walmore Palmar, el padre de Leandro. Ella dependía de su hijo para todo. Hacer el mercado, ir a las consultas médicas, pagar el servicio de agua cuando dejaba de llegar por tubería. Leandro se preguntaba si le habrían avisado que estaba preso, si tenía suficiente comida, si había podido comprar sus medicinas, si alguien la estaba ayudando.
El 1ro de noviembre de 2025, Leandro, Belises y otros detenidos en las protestas de enero fueron trasladados al Centro Penitenciario de Aragua, en Tocorón. La orden, según les informaron, respondía a una “reubicación por razones de seguridad”: las autoridades buscaban concentrar en un mismo recinto a quienes consideraban “casos de interés político”. Eso les dijeron.
Leandro ahora estaría todavía más lejos de su madre.
Al llegar a Tocorón, un custodio les advirtió que ese día no podrían salir al patio y que solo dispondrían de una hora y media diaria para hacerlo a partir del día siguiente.
También les insistieron que estaban allí por ser “mercenarios de la comunicación”, y que no tolerarían ninguna falta. Leandro entendió que cualquier gesto, cualquier palabra podría interpretarse en su contra. Belises murmuró que no entendía qué significaba aquello. Leandro respondió que lo único que podían controlar era su conducta y el apoyo mutuo.
Nada más.
Ellos y el resto de detenidos que habían trasladado a Tocorón se acomodaban como podían entre los catres. Tenían poco espacio para moverse. La primera noche, cuando el calor ya era insoportable, uno de ellos decidió hablar:
—¿Y ahora qué hacemos?
—Contar anécdotas —propuso Leandro—. Comparten algo que los haga sentir vivos. Historias —insistió—, nada de quejas.
Él, por ejemplo, contó que desde muy pequeño la música había sido su refugio: nacido el 6 de enero de 1977 en el municipio Mara, estado Zulia, comenzó a tocar cuatro a los 7 años, guitarra a los 9 y órgano a los 12. Participó en festivales escolares de música. Y más tarde, ya en el Liceo Hugo Montiel Moreno, descubrió su afinidad por las ciencias. Comenzó a estudiar educación en la universidad, pero descubrió que su pasión era otra, y se cambió de carrera: así llegó a comunicación social. Leandro quería ser periodista.
Pero la música siempre siguió siendo ese refugio. Ahora, en prision, la música era una forma de recordar quién era, de dónde venía y, por supuesto, a su madre.
—No puedo evitar pensar en ella, sola allá en Maracaibo —volvía a comentarle a Belises.
A finales de 2025, algo cambió: comenzaron a escuchar rumores que permitían que en ellos volviera a anidarse la esperanza. Supuestamente muchos iban a salir en libertad. Los custodios decían que había una lista de presos que serían liberados. Una lista que, según, estaba siendo revisada por las autoridades del penal. Además, les empezaron a pasar llamadas de sus familiares, cosa que no había ocurrido antes. Fue así como Leandro volvió a escuchar la voz de su mamá. Y supo que estaba bien, aunque triste y muy preocupada.
Pensaban que las excarcelaciones serían fechas en las que se suelen anunciar medidas de gracia o revisiones extraordinarias de casos —el 24, 25, 30 y 31 de diciembre de 2025—. Pero no pasó.
Hasta que, finalmente, llegó el 14 de enero. Les anunciaron que se iban, que se alistaran rápido. Apenas les dio tiempo de despedirse de los compañeros:
—¡Cuídense, porque la libertad no es solo un concepto! —respondió Leandro, antes de salir.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus recuerdos.
—Leandro… —lo llamó Delia—. Sé que apenas estás saliendo de todo esto, pero quería verte, hablar un rato.
Él levantó la cabeza
—Mamá…
Ella entró, lo abrazó con cuidado y lo sostuvo un instante.
—Fue la madre de Belises quien estuvo pendiente de mí todo este tiempo —le contó —. No dejó que me faltara nada, aunque no siempre viniera a verme. Decía que tenía que rendirle honor a la amistad que tú y él tienen. Ahora nosotras también somos amigas.
Todavía abrazado a ella, Leandro cerró los ojos. Por un momento, el calor y el miedo desaparecieron. Y por fin sintió que todo mejoraría.
Al rato, se levantó. Quería caminar, respirar, sentir otra vez el sol, que la gente se acercara a saludarlo.
Después regresó, un poco abrumado.
Al día siguiente, IPYS Venezuela emitió un comunicado informando que 19 periodistas y trabajadores de la prensa habían sido excarcelados (en la lista aparecían Leandro y Belises), pero también advertía que, de acuerdo con Foro Penal, todavía quedaban 800 presos políticos en el país.
Leandro sentía que no sería fácil reponerse y que estaba en riesgo; no sabía si podría volver a ejercer de inmediato. Pero a las semanas, después de que las emociones se asentaron un poco, regresó a la redacción. Ahí sigue, retomando notas, haciendo coberturas. Dice que se mantiene en el oficio porque para él el periodismo es el hilo que une su pasado y su presente. Que desde allí avanza al futuro. Lo hace con cuidado, determinación y valentía, como un equilibrista que trata de no caerse al vacío.
Epílogo
El 23 de febrero de 2026, a las 3:00 de la tarde, Leandro y Belises recibieron la noticia de que ambos tenían libertad plena.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
Vistas del Post: 58
Los colombianos envían al país 13 mil millones en remesas al año, pero poco participan…
La televisión es un medio joven. Ni siquiera han pasado ochenta años desde que la…
Los esposos Vanegas Toro abrieron el camino y ahora son 50 familias a las que…
Israel y Estados Unidos iniciaron una operación militar contra Irán este sábado 28 de febrero,…
Las autoridades reportan 8.110 solicitudes de amnistía y 4.757 libertades plenas, pero en el Palacio…
(AP Photo/Fernando Llano) El Ministerio de Petróleo de Venezuela ha suspendido 19 contratos de producción…