La tiranía “interina” de Delcy Rodríguez anunció que “remodelará” El Helicoide para transformarlo en un “centro social”. El eufemismo es perfecto: cambiar la fachada para maquillar el crimen. Pintura sobre la tortura. Concreto nuevo sobre gritos viejos y actuales. El lenguaje es quirúgico: remodelar. Transformar. Centro social. Como si bastara una capa de pintura para cubrir años de descargas eléctricas. Como si el concreto pudiera absorber los gritos.
El Helicoide es hoy el mayor símbolo físico de la degradación del Estado venezolano bajo la barbarie chavista. No el único. El mayor.
Ese edificio en espiral —concebido como promesa de modernidad— terminó convertido en laboratorio de sometimiento. Celdas sin ventilación, aislamiento prolongado, golpes sistemáticos, asfixias, posiciones forzadas, humillaciones sexuales, amenazas contra familiares. Todo eso está documentado. Todo eso tiene patrones. Todo eso tiene responsables.
Durante años se intentó presentar la tortura como exceso, como desviación de algún funcionario descontrolado. Los informes internacionales demostraron algo mucho más grave: método, repetición, coordinación. La tortura como mecanismo de disciplinamiento político. La violencia como pedagogía del miedo. La propaganda del chavismo (rojo y azul) intentó tapar esas atrocidades con montañas de dinero destinadas a la mentira y el encubrimiento. No lo logró. El dolor ha sido tan grande y tan profundo que nada puede ocultarlo ni callarlo.
Eso es El Helicoide. Y eso no se borra con arhitectura.
El país carcelario
El problema es que El Helicoide no está solo. En Venezuela hay más de 90 centros de tortura identificados por estado. Más de noventa. En prácticamente todo el territorio nacional.
En Miranda, los Rodeo I, II y III; Yare; Ramo Verde; la DGCIM en Boleíta; Zona 7.
En Distrito Capital, sedes de la PNB, GAES Quinta Crespo, el Hospital Militar.
En Bolívar, Carabobo, Zulia, Táchira, Guárico, Portuguesa, Yaracuy… la lista sigue. Comandos de la GNB. Sedes del CICPC. Centros penitenciarios convertidos en espacios de castigo político. Incluso hospitales utilizados como extensión del control.
Cuando la tortura aparece distribuida geográficamente y sostenida por múltiples organismos, queda al descubierto la estructura. Una red. Un sistema.
Eso es lo que duele reconocer. Hablamos de un Estado que hizo de la coerción su columna vertebral. Hablamos de una burocracia que gestionó el miedo como política pública informal. Hablamos de miles de inocentes que han pasado por esos lugares. Cientos siguen allí. Decenas han muerto en esa oscuridad.
El Helicoide concentra el símbolo. El país entero sufrió la práctica.
Vigilia permanente
Si uno va frente a El Helicoide cualquier noche, va a encontrar a las madres y los padres, los hermanos y las hermanas, los hijos y las hijas de personas que continúan tras las rejas. Llevan semanas, más de 40 noches en vigilia, reclamando libertad inmediata, plena y sin condiciones para cada preso político, dentro y fuera de El Helicoide y en todos los centros de tortura del país. Nadie quiere un “perdón” pues no tienen nada por lo que ser perdonados. Nadie negocia justicia con culpabilidad. Lo que exigen es libertad, porque todos los detenidos en estos espacios son inocentes de cualquier crimen político, más allá de cualquier trámite legal vergonzoso en tribunales controlados por el poder. Por eso una “amnistía” no es necesaria para que salgan de esos lugares convertidos en auténticos campos de concentración. Solo necesitan la voluntad política de quienes hoy administran un poder que no les pertenece.
Cuando una madre camina frente a una verja atestada de policías, cuando canta consignas, cuando entona el himno, cuando muestra la foto de su hijo o su hija, lo que está diciendo con el cuerpo es que la memoria no puede ser secuestrada por un decreto ni por un programa de rehabilitación urbana.
El intento de borrar
La declaración pública de la ONG Justicia, Encuentro y Perdón es certera: transformar El Helicoide sin una preservación previa, sin inspección independiente, sin reconocimiento de los crímenes perpetrados ahí, equivale a borrar evidencia forense y simbólica. Las paredes, las celdas, las marquesinas, los pasillos, los huecos, son testimonios de violencia.
Pretender cubrirlo con colores cálidos, canchas de deporte o ferias culturales es intentar enterrar el sufrimiento bajo un barniz de conveniencia política. Se trata de censura histórica.
Esa arquitectura está impregnada de dolor, de gritos, de humillaciones, de incomunicación, de amenazas, de noches sin luz. Está impregnada de gente que siguió viva dentro de esos muros mientras el Estado la convertía en objeto de tortura.
Lo que ya es irreversible
Sin embargo, hay algo que el poder no termina de entender: la memoria colectiva no depende del concreto.
Aunque El Helicoide dejara de funcionar mañana mismo; aunque se clausure su uso como prisión, el lugar seguirá siendo una herida abierta. Porque no es solamente un símbolo. Es parte de una red de violaciones sistemáticas. El Helicoide ya está inscrito en nuestra historia. Está en testimonios grabados. En expedientes. En informes. En proyectos como los que lidera Víctor Navarro con Realidad Helicoide. Está en artículos, en documentales, en conversaciones privadas, en susurros que cruzaron fronteras.
Memoria, verdad y justicia como ética pública
Cerrar cada uno de los más de 90 centros de tortura es indispensable. Pero no es suficiente si no hay verdad y justicia sobre lo que allí ocurrió y sigue ocurriendo. Si no se desmonta todo el aparato de terror. Si no rescatamos aquello por lo que han luchado quienes han sido secuestrados por la tiranía chavista: libertad y democracia.
No podemos limitar la memoria a una frase bonita o a una placa en una pared. La memoria exige reparación, reconocimiento y pedagogía pública. Sin memoria, no hay justicia. Y sin justicia, la paz es una ilusión.
Hace décadas, el filósofo alemán Theodor Adorno dijo que “la exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación”. Esa frase me ha acompañado desde que la escuché por primera vez hace muchos años. Hoy, quiero tomarla y usarla para nuestra Venezuela: la exigencia de que El Helicoide no se repita debe ser la primera de todas en la educación de un país libre, que volveremos a tener porque así lo hemos decidido.
Porque la memoria no se negocia. Porque no resignamos la verdad. Porque la justicia se exigirá hasta que cada uno de ellos sea libre.
No olvidaremos. No permitiremos que maquillen la verdad. No aceptaremos que se blanquee el horror.
Venezuela sabrá recordar.
Y sabrá enseñar a las generaciones que vienen que allí, en esos muros, se cometió un crimen contra la humanidad, y que eso no puede repetirse jamás. Nunca más.
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