El martes 3 de febrero se cumplió un mes de la madrugada en que cayeron misiles en Caracas. Desde entonces, el país se ha movido a un ritmo distinto. Un usuario de la red social X lanzó una pregunta: “¿…A cuál pedacito de la sociedad quisieran ayudar a reconstruir?”, y encendió la chispa de la esperanza. Hay muchas manos dispuestas a aportar, a sumar, a crear
Héctor Torres
Vislumbrar significa, literalmente, iluminar apenas. Ver tenue o confusamente algo que, por ausencia de luz o exceso de distancia, no se ve con claridad. Algo así como ver antes de ver. El ser humano tiene la facultad de vislumbrar, gracias a una cualidad singular, que puede significar su salvación o su condena: la capacidad de imaginar.
“Cree lo que aún no puedes ver para merecer ver lo que crees”, dijo san Agustín para recordarnos que las cosas toman forma primero dentro de nosotros antes que afuera. Que el mundo no es solo lo que vemos sino lo que podemos vislumbrar.
Y cuando se vislumbra desde la confianza de que sucederá lo que se desea, la imaginación asoma la salvación de un presente que no es amable. Desde que intuimos que la vida no está condenada a ser lo que se ve, que puede ser algo mejor, comienza a nacer un futuro distinto del presente que nos agobia.
Porque la vida sin esperanza es tierra yerma.
Después de las elecciones del 28 de julio de 2024, y de la represión que se desató a continuación, el ánimo nacional quedó aplastado. La palabra futuro, suspendida. La esperanza, un ejercicio absurdo. A ese estado anímico se sumó, los últimos meses de 2025, una tensión producida por un poder que, viéndose amenazado, trasladaba a la población esa sensación de peligro.
Videos de hombres armados, amenazas de violencia desde espacios públicos, mensajes apocalípticos. En la calle, la gente se mantenía en silencio, tratando de leer señales que no terminaba de descifrar.
Así llegamos a fin de año. Y así amanecimos el nuevo año. Viendo pasar los días.
Pero de pronto, como en la historia de Pedro y el lobo, luego de días en los que aviones y drones estadounidenses ingresaban al espacio aéreo venezolano, la madrugada del 3 de enero unas explosiones resquebrajaron el silencio de la oscuridad caraqueña.
Primero fue el desconcierto, luego la confusión. Comenzaron a circular alucinantes videos en redes sociales en los que se veía hileras de helicópteros sobrevolando el cielo. Sobre las 4:00 de la madrugada, Donald Trump anunció: “Estados Unidos de América ha llevado a cabo con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, quien, junto con su esposa, ha sido capturado y trasladado fuera del país”.
En cuanto esos inéditos hechos se fueron asentando, la grieta en el muro de una realidad que parecía inamovible comenzó a dejar colar una tenue luz que, aunque nadie podía precisar hacia dónde desembocaría, sacudió una inercia que suspendía toda posibilidad de pensar la realidad en términos distintos a ese incesante horizonte aplanado en que estaba sumido el país.
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El venezolano no tenía incidencia sobre los acontecimientos históricos que estaba presenciando, pero sabía que daban pie a algo imposible unos días antes: la certeza de que el futuro, por impredecible, siempre valdrá la pena imaginarlo.
En el alud de noticias y opiniones que abarrotaban las redes sociales, un post puso en palabras algo que estaba ahí aunque pocos terminaban de expresar. Desde una pequeña ciudad del estado de Nueva Jersey, un venezolano con el usuario @tomas17 de la red social X, con poco más de 1 mil seguidores, de seguro sin tener idea de la dimensión de las reacciones que despertaría, lanzó una pregunta:
¿Qué trabajo quieren ustedes en la Venezuela democrática? No digo uno que pague bien, eso es obvio, me refiero a cuál pedacito de la sociedad quisieran ayudar a reconstruir.
Ejemplo, yo me ofrezco a poner en alto al museo de los niños (Con sedes en varias partes del país)
El planteamiento contenía dos ideas que, al juntarlas, desbocaron la imaginación de más de 500 usuarios que en pocos días viralizaron lo que terminó siendo un foro colectivo improvisado: pensar en una “Venezuela democrática”, por una parte; y la acción concreta de “ayudar a reconstruirla”, por la otra. Es decir, la pregunta animaba a llenar dos vacíos significativos para el momento: sugería una forma a los acontecimientos y animaba a la gente a “verse” en esa hipotética situación. Una invitación a ser parte activa, siquiera desde el fértil terreno de la imaginación.
¿Cómo te sueñas haciendo tu parte de ese futuro?, se leía en la pregunta.
Ese ejercicio, ya de por sí estimulante, se acentuó con un elemento significativo: el término “pedacito”. En un país con tendencia a lo épico, no se invitaba a pensar en grandes marcos de acción, sino en aportes modestos. El pedacito que cada quien pudieses sumar. Era una forma de comprometer a quienes lo leyeran, no solo a soñar un país, sino a comprometerse de forma activa con ese sueño en el que, además, tenían cabida otros pedacitos.
Soñarse a ser parte de algo mayor.
No era un llamado a demoler lo existente (que, visto lo visto, no tiene mayor mérito) sino a construir lo inexistente. Ser parte de la reconstrucción allí donde todo está por hacerse. Un pequeño post que captó el espíritu del momento y congregó la energía de un anhelo común.
Y si bien la invitación era abierta a los venezolanos, en general, tuvo una resonancia particular en la diáspora. Era como una propuesta a reconectarse, más allá de los afectos personales, con la Casa toda. Convertir la vieja herida de la separación en enriquecimiento del patrimonio nacional. Lo inverso a lo que tuvieron que hacer muchos, cuando gestaron hogar en terreno ajeno para hacerlo más confortable.
Más de 550 respuestas, 568 reposteos y 301 mil visualizaciones, en medio del océano de información, opiniones y análisis que en esos días llenaban las redes. En términos tangibles, no era mucho lo que había cambiado en el país entre el 3 y el 11 de enero. No era el entusiasmo a partir de lo que se veía sino de lo que se vislumbraba.
La activación de la capacidad de soñar a partir de la percepción de un cambio y una eventual mejora de las condiciones del país. Invitar a la gente a permitirse soñar con ese cambio para empujarlo desde una nueva visión colectiva, a comprometerse con hacerlo posible, y con una noción desterrada del discurso oficial: el talento de la gente. La idea de que cada quien tiene aportes específicos que ofrecer, en atención a su área de conocimiento y su experiencia adquirida.
Pasar del anhelo abstracto al aporte concreto.
Un inventario de las propuestas muestra el universo activado en ese ejercicio colectivo. La mayoría giraba en torno a la importancia de atender la formación, educativa y cultural: “Volvería a dar clases de inglés y quisiera poder abrir un colegio con mi hermano. Los dos somos docentes”, “Yo regresaría al Ateneo de Caracas, a coordinar de nuevo Proyecto Escuela, dirigido a los escolares desde kínder a 5to año de bachillerato”, “Me encantaría fundar una escuela de oficios pero de exelencia”.
Un grupo importante se enfocó en la salud (física y mental), así como en la atención psicológica de niños y adolescentes. “Me gustaría crear una institución que se haga cargo de la salud mental del venezolano”. Otros formulaban ideas para la agilización de trámites burocráticos. “Yo quiero reconstruir los sitios web y aplicaciones del gobierno para hacerle la vida más fácil a la gente”. “Crear una buena plataforma digital para el país. Todos los trámites legales digitalizados, identidad digital e integración. Algo digno para la diáspora”.
Incluso, ciudadanos extranjeros, desde sus países, se sintieron convidados: “Soy argentino y tengo Discoverywinemendoza. Me ofrezco a instalar Discovery Free Venezuela y traer turistas de todo el mundo”. “Soy colombiana pero me gustaría trabajar para realizar series infantiles para enseñarles valores básicos como el respeto, la empatía”.
Ideas, propuestas, ofertas pensando en lo común, en el otro. Educación, salud, cultura, turismo, tecnología. Un aire de optimismo que dejaba claro que todos podemos ofrecer algo en eso de reconstruir el país “por pedacitos”.
Este ejercicio colectivo no vino de la nada. El aporte concreto, pequeño, modesto, pero enormemente útil, lo ha ejercido el venezolano todos estos años. Múltiples experiencias dieron forma a la certeza de que los problemas de la sociedad pueden tener soluciones con los aportes de todos. Una práctica cultivada desde pequeños gestos coyunturales. Eran los cascos verdes que acompañaban a las protestas para ofrecer auxilio a los heridos. La gente que tenía asegurado el plato en su mesa y hacía comidas para los que no lo tenían. Los que compartieron el agua con quienes no la tenían. Y los que compraban medicamentos fuera del país y los mandaban a redes de apoyo en los hospitales venezolanos. Era que quien perdía un hijo en un hospital o en la cárcel no se encerraba en su dolor, sino que lo sanaba entregándose a mitigar el de otras madres.
Una sociedad que se reconoció en el dolor del otro. Un espíritu de solidaridad desde el más profundo sentimiento de entender que esto que nos pasó nos pasó a todos y que todos podemos hacer algo.
Es el espíritu de una vieja sabiduría africana conocido como Ubuntú, que asevera: “Yo soy porque nosotros somos”. Es resiliencia y compasión, dos palabras que en otras realidades se vaciaron de sentido, y que en la nuestra adquirieron su más ardorosa concepción. Es, también, recuperar el sentido y el peso real del lenguaje. De saber que cada palabra supone una experiencia tangible: dolor, dignidad, honradez, acompañamiento, libertad, sufrimiento, alivio, todos, nuestro.
Como lo señaló nuestro poeta Rafael Cadenas: “Que cada palabra lleve lo que dice / Que sea como el temblor que la sostiene”.
Y recuperar el sentido de las palabras es recuperar el compromiso con la vida.
¿Cómo nos vemos como país? ¿Cuál es ese espacio, fuera de mi vida privada, en el que formo parte de algo que va más allá de mí? ¿Cuáles son las condiciones que debe tener ese afuera para que yo me sienta parte y contribuye a ello sintiendo que no solo no contradice sino que potencia mi propio sentido personal?
Ese post no solo avivó la capacidad de soñar. Activó una certeza sentida aunque no siempre verbalizada, de que el daño nos ha afectado a todos como sociedad, indistintamente del grado en que nos ha tocado padecerlo.
Y que, si la herida es colectiva, la sanación también lo será.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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