Hay semanas en que la historia se mueve en varias direcciones al mismo tiempo y los periodistas, en el afán del minuto a minuto, a veces perdemos el hilo. Esta fue una de esas semanas. Y nosotros cometimos un error.
En una nota publicada hace unos días sobre el viaje del presidente Gustavo Petro a Estados Unidos, dimos a entender que Verónica Alcocer lo había acompañado en el avión presidencial hasta Chicago. La afirmación no era exacta. La transmisión de televisión del funeral registró al mandatario colombiano solo en una de las bancas de la iglesia House of Hope, y el lugar que hubiera podido ocupar la primera dama fue tomado por la directora del DAPRE, Nora Mondragón. La reaparición pública de Alcocer ocurrió en Colombia: el domingo 8 de marzo, la primera dama llegó a la Plaza de Bolívar en Bogotá acompañada de su familia para ejercer su derecho al voto, en la apertura de la jornada electoral legislativa. Son dos hechos distintos que en nuestra nota quedaron fundidos. Va la corrección, sin eufemismos.
Pero hay una historia mucho más grande detrás de ese viaje a Chicago, y esa merece ser contada con la dimensión que tiene.
Empecemos por el reverendo, el sueño americano y el hombre que llegó del sur, pues para entender lo que ocurrió el 6 de marzo de 2026 en el South Side de Chicago, hay que retroceder en el tiempo.
Jesse Louis Jackson nació en 1941 en Greenville, Carolina del Sur, en la América que todavía tenía bebederos separados para blancos y negros. Fue colaborador directo de Martin Luther King Jr. y estuvo a su lado cuando el líder fue asesinado en Memphis en 1968. Continuó la obra de King desde la Rainbow PUSH Coalition, organizó millones de afroamericanos para votar, se postuló dos veces a la presidencia de Estados Unidos en 1984 y 1988 y ganó primarias en varios estados, demostrando que un hombre negro podía aspirar a la Casa Blanca dos décadas antes de que Barack Obama lo lograra. Fue el precursor. El que abrió la puerta.
Su fallecimiento se produjo el 17 de febrero de 2026, a los 84 años, tras padecer una enfermedad neurodegenerativa. Sus honras fúnebres se desarrollaron durante varios días con actos públicos organizados por su familia y por la Rainbow PUSH Coalition.
Y el 6 de marzo, en la iglesia House of Hope del barrio Pullman ese barrio obrero de Chicago donde Jackson forjó buena parte de su activismo, el funeral reunió a los expresidentes Bill Clinton, Joe Biden y Barack Obama, así como a la exvicepresidenta Kamala Harris. Era, en la práctica, la reunión del alma demócrata de Estados Unidos. La América que construyó los derechos civiles, que luchó contra la segregación, que creyó que la democracia podía ser más grande que sus propias contradicciones.
Y entre esa élite política histórica, con micrófono en mano, estaba el presidente de Colombia.Un latinoamericano entre los gigantes
Petro tomó la palabra después de Barack Obama, el reverendo Al Sharpton y James Zogby, y antes de Bill Clinton, Kamala Harris y Joe Biden. No era un invitado de protocolo al fondo del recinto. Era un orador en el programa oficial, en uno de los actos políticos y simbólicos más cargados de historia reciente en Estados Unidos.
Petro fue el único líder extranjero que tomó la palabra durante todo el homenaje.
Su discurso no fue uno de esos saludos diplomáticos vacíos. El mandatario destacó el legado de Jackson como símbolo de la lucha por la libertad de los pueblos de origen africano que llegaron a las Américas a Colombia, a Haití, a toda la Gran Colombia y convocó a «unirnos alrededor de Jackson para hacer realidad un pacto por la paz de la humanidad».
Trazó una línea histórica que pocos en ese recinto hubieran imaginado: la lucha de los esclavizados africanos en el Caribe y en el Pacífico colombiano no era distinta, en su esencia, de la lucha de los afroamericanos en el South Side de Chicago. Relacionó esa historia con la figura del almirante José Prudencio Padilla, hijo de un esclavo negro y de una madre indígena wayúu, fundador de la Armada Nacional colombiana y héroe de la independencia un nombre que ninguno de los presentes conocía, pero que en ese momento quedó grabado en la memoria colectiva de la iglesia House of Hope.
«Esta lucha por la libertad tiene una base que se llama diversidad humana. No se puede ser libre sin la diversidad humana», dijo Petro. Y en el mismo discurso le envió un mensaje directo al presidente Trump: «Separarse de Netanyahu es necesario. Separarse de quien lanza misiles contra niños y niñas en el planeta Tierra».
Sí, también es cierto que el mandatario habló más de 17 minutos en español con traducción simultánea, extendiendo el programa más de lo previsto, y los organizadores tuvieron que pedirle que concluyera. Sus críticos lo convirtieron en el titular. Pero el titular real era otro: por primera vez en memoria reciente, un presidente latinoamericano era orador en el funeral de un líder histórico estadounidense, codeándose con expresidentes y figuras que definen la historia de la democracia norteamericana. Eso no tiene antecedente.
Mientras tanto en Miami se veía la otra cara del espejo pues un día después, el 7 de marzo, mientras Petro volaba de regreso a Colombia para votar, en el club de golf Trump National Doral, en las afueras de Miami, se inauguraba otro evento. Trump presentó el «Escudo de las Américas», una alianza militar para combatir el narcotráfico que reunió a 12 presidentes de derecha de la región: el argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele, el ecuatoriano Daniel Noboa, entre otros.
Colombia no estaba. Tampoco México. Tampoco Brasil. Es decir, los tres países con mayor peso demográfico, económico y geopolítico de América Latina fueron excluidos de una alianza diseñada, supuestamente, para combatir el narcotráfico.
La coalición no fue diseñada para reunir a los países más importantes de la región, sino a los más afines ideológicamente: gobiernos que han abrazado la agenda de Trump, cooperado en deportaciones y tomado distancia de China.
Entonces llegó la primera contradicción de la Casa Blanca. Trump, al ser consultado por periodistas, afirmó: «Creo que sí fueron invitados, no vinieron. Me llevo muy bien con esos países.» Una declaración tranquila, casi despreocupada.
Pero su propia portavoz, Karoline Leavitt, había dicho exactamente lo contrario: «No creo que estemos viendo el nivel de cooperación que aún queremos ver por parte del gobierno colombiano para invitarlos al Escudo de las Américas.»
¿Entonces fue invitado o no? Trump decía que sí. Su portavoz decía que no. Petro respondió con una frase que se volvió célebre: «Creo que hay otra vez un teléfono roto. Ni a Brasil ni a México ni a Colombia, claves en una lucha contra el narcotráfico, nos invitaron, y no fue por voluntad del presidente Trump.» El presidente colombiano prefirió no confrontar a Trump directamente, sino señalar a quienes en el aparato de Washington tomaron la decisión sin que el inquilino de la Casa Blanca pareciera siquiera saberlo.
Dos semanas después vino el segundo episodio de confusión institucional desde Washington. El New York Times publicó un reportaje citando a tres fuentes con conocimiento del caso, informando que las fiscalías de Manhattan y Brooklyn habían abierto investigaciones preliminares contra Petro por presuntos vínculos con narcotraficantes, con participación de la DEA y el Servicio de Investigaciones de Seguridad Nacional. El bombazo cayó como una piedra en un estanque. En Colombia, las comparaciones con la operación que meses antes había culminado con la captura de Nicolás Maduro llenaron las redes sociales. ¿Sería Petro el próximo?
Pero apenas días después, el mismo New York Times publicó una segunda historia que matizaba todo lo anterior. Funcionarios estadounidenses le informaron al Gobierno colombiano que el presidente Gustavo Petro no enfrenta cargos penales relacionados con las investigaciones que adelantan fiscales federales de Nueva York. Y el diario aclaró algo fundamental: el reportaje no encontró indicios de que la Casa Blanca haya tenido algún papel en el inicio de las investigaciones contra el mandatario colombiano.
La Casa Blanca remitió las solicitudes de comentarios al Departamento de Justicia, que se negó a pronunciarse. El Departamento de Estado también declinó hacerlo. El silencio institucional fue total.
En Colombia, muchos percibieron el reportaje inicial como un intento de interferencia política y señalaron que, históricamente, la popularidad de Petro ha aumentado cada vez que los colombianos han sentido que Trump lo atacaHagamos el balance de esos días extraordinarios de principios de marzo:
Un presidente latinoamericano viajó a Chicago y fue el único mandatario extranjero en hablar en el funeral de uno de los grandes líderes de los derechos civiles de Estados Unidos, compartiendo programa con Obama, Biden, Clinton y Harris. Al mismo tiempo, la Casa Blanca de Trump lo excluía de una cumbre de seguridad, luego Trump decía que sí había sido invitado, luego su portavoz decía que no, luego filtraban a la prensa que lo investigaban fiscales federales, y luego el mismo medio aclaraba que no había cargos y que la Casa Blanca no había intervenido.
En Chicago, una comunidad afroamericana abrió sus puertas y su historia a un presidente de América del Sur, reconociendo en la lucha de los pueblos negros del Caribe y del Pacífico colombiano el mismo espíritu que animó a Jesse Jackson. En Miami, un club de golf sirvió de escenario para una alianza militar que excluyó a los países que más saben de narcotráfico en el continente.
Petro lo dijo desde Viena, con una claridad que resulta difícil rebatir: «Con 17 países pequeños, débiles y sin experiencia para enfrentar la cocaína, no se puede hacer un escudo del sur, lo van a agujerear.»
La historia juzgará cuál de los dos eventos tuvo más peso: si el micrófono que se abrió en el South Side de Chicago o la silla vacía en el club de Trump en Miami.
Nosotros, por nuestra parte, debemos hacer lo mínimo: corregir lo que dijimos mal, y contar bien lo que vale la pena contar.
Las2Orillas corrige la información publicada sobre la composición de la delegación presidencial al funeral de Jesse Jackson y ofrece esta aclaración a sus lectores.
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