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La conmovedora relación entre Teresa de la Parra y Lydia Cabrera: Amistad, enfermedad y recuerdos

La perrita se llama Rattie. Después de su dueña, Lydia Cabrera (La Habana 1899 – Miami 1991), fue ella quien acompañó durante más tiempo a Teresa de la Parra durante su enfermedad. También estaba, por cierto, en el apartamento de Madrid donde moriría la escritora caraqueña, quien días antes de fallecer escribió en una carta que Rattie era un incordio, orinando por todos lados.

Las dos mujeres son Lydia Cabrera, etnóloga y narradora cubana, y la propia Teresa, en una de sus múltiples correrías. Grandes viajeras y amigas, visitaron juntas muchos lugares de Europa y cuando la tuberculosis impuso a la autora de Ifigenia largas temporadas en sanatorios, Lydia se detuvo también para acompañarla donde fuera menester.

El libro de entrevistas de la investigadora cubana Rosario Hiriart, “Más cerca de Teresa de la Parra – Diálogos con Lydia Cabrera (Monte Ávila Editores, 1992)” indaga en profundidad en las evocaciones de la cubana respecto de su amiga muerta. “Teresa habla escasamente de ella en sus cartas, mas no así en su Diario en el cual, sobre todo en los meses finales de su existencia, le dedica párrafos impregnados de admiración y ternura”, dice Hiriart.

Se conocieron en La Habana, en 1925, en un barco, el Manuel Arnús, donde ella iba rumbo a Venezuela. Alguien invitó a Lydia a un almuerzo a bordo. “De sobremesa me mostraron a Teresa, -contó a Hiriart- que estaba sentada sola, no lejos de nosotros. Vestía de luto. Nos presentaron y conversamos un rato en la cubierta. Le conté que trabajaba para independizarme, tener fortuna propia e irme a París a pintar y estudiar. Me animó a realizar mis proyectos y me dio su tarjeta para que la buscase en cuanto llegase a París.”

Volvieron a encontrarse en la capital francesa en 1927. “Yo estaba comiendo con mi madre en el Hotel Vernet y me dice de pronto: -Mira, Lydia, qué muchacha tan bonita está ahí en esa mesa. Reconocí enseguida a la viajera del Manuel Arnús. A los postres me levanté y fui a saludarla. Teresa vivía en un hotel a dos cuadras del Vernet y venía a comer a éste todas las noches. Me llevó a su hotel, hablamos de libros, de mil cosas y me mostró, para sorpresa mía, la tarjeta que le había dado años antes en La Habana y que decía «favor de no olvidarme”.

Desde ese día no se separaron. Lydia la acompañó en su deambular por médicos y sanatorios. Aparte de su madre y sus hermanas, fue ella quien estuvo más cerca y con mayor persistencia. “El primer síntoma que tuvo Teresa”, le contó Lydia a Hiriart, “fueron como unas manchas rojas, pequeñas verrugitas, que aparecieron en sus manos. Como era muy presumida y tenía lindas manos, fue a ver al especialista de la piel, quien que vio en aquellas manchas una típica

manifestación tuberculosa y la dirigió al médico.”

El médico la auscultó, le hizo radiografías… y cinco días después ya la paciente, diagnosticada de tuberculosis, iba en tre camino del sanatorio de Leysin en Suiza. Poco después Lydia la alcanzó en aquellas montañas. “Me dieron una habitación junto a la suya.[…] La acompañé, unos tres años, porque nada mejor podía hacer. ¿No había sido muy buena conmigo? […] No me moví de su lado los últimos años de su vida. Un hermano mío, Juvenal, murió de tuberculosis siendo yo una niña pequeña.

Durante años, aún en mi adolescencia, creía que me moriría muy joven, como Juvenal. Una vez, muchos años después, le confié a Teresa esa especie de premonición que tenía con la tuberculosis, Teresa me contestó que si alguna vez yo me enfermaba ella iría a acompañarme y ya ves, sucedió, sólo que a la inversa, fui yo quien le hice compañía.”

Teresa, -sigue Lydia- que siempre tuvo horror de contagiar su enfermedad y que era extraordinariamente escrupulosa, me dio un curso de lo que tenía que hacer para evitar cualquier peligro de contaminación y moverme sin temor entre los enfermos. Teresa estudió a fondo su enfermedad en la biblioteca de Leysin y pienso que en su afán de no preocuparnos ni entristecernos nos mentía piadosamente. Porque un buen amigo nuestro, José Bertrán Musitu, gran abogado de Barcelona y conocido político, que tenía veneración por ella, me contó que Teresa le había confesado que sabía que sus días estaban contados y que esperaba la muerte serenamente.

“Ya no le temo a la muerte”, escribió la propia Teresa en una carta de esa época. “La monotonía de los días, exactos en esta prisión, ha aumentado a mi ojos la velocidad de la vida; tengo la impresión de volar en un tren hacia un punto, al que no puedo tardar mucho en llegar. A veces me pregunto si será algún presentimiento esta sensación de viaje.

En febrero de 1934 la enferma abandonó Leysin a favor de Barcelona, España. Con ella iba Lydia. Pero la ciudad condal les resultó “húmeda y por lo tanto mala para los bronquistos y asmáticos. Teresa pensó que el clima de Madrid a más de 600 metros sobre el nivel del mar y muy seco, de cielos despejados, la mejoraría. Nos fuimos a Madrid”. Tras unos días en un hotel se instalaron en un apartamento en la calle Mario Roso de Luna, junto al paseo Rosales, “que había dejado vacante el poeta Pablo Neruda.”

Cuando las crisis de asma y tos de Teresa arreciaban, se internaba por temporadas en el Sanatorio de Fuenfría, “que era muy triste, diríase que la muerte salía a recibirnos”, recordó Lydia. “Desde su habitación se veía un bonito paisaje, la mía estaba contigua a la de ella; el ambiente, el mobiliario, de hospital.

A veces hacíamos paseos, pero Teresa, muy delicada ya, tenía que estar en cama, hacer reposo. Llevaba la misma vida de siempre, cartas, lecturas… Ni a Teresa ni a mí nos agradaba mucho este sanatorio. Su íntimo estado de ánimo no era bueno, aunque ella siempre trataba de infundir alegría en los demás. La última estadía en el sanatorio de Fuenfría no estaba de buen humor. Sufría mucho físicamente, padecía de continua falta de aire y de fuertes accesos de tos que la fatigaban mucho.

En algún momento y no porque Terea hubiera mejorado, se hartaron y se fueron a Madrid. Encontraron un apartamento en la zona de Cuatro Caminos. Sería su última dirección postal.

En los primeros días de 1936, todo empeoró. “Comprendí que este era el final de la vida de Teresa”, le confió Lydia a su entrevistadora, “y sentí que era un deber llamar ya a la familia, porque sabía que iba a morir. Avisé a María y doña Isabel que estaban en París y vinieron. Se instalaron en el piso nuestro en Cuatro Caminos. Pasaron con nosotras mes y medio. Las últimas semanas, sobre todo, fueron muy tristes porque Teresa se sentía muy mal, dormía poquísimo. Cada vez que la veía ahogarse… sufría mucho, la inyectaba, indicado por su médico, morfina y alcanfor. Fueron días difíciles para todos los que la queríamos. Fue además una primavera muy triste en Madrid. El médico que la atendió durante estos meses era un hombre muy bueno, cariñoso, lástima que no recuerde su nombre, tenía reputación de ser un excelente tisiólogo, se desesperaba por no poder hacer nada por Teresa. Ya en España se sentía en aquellos días rugir la revolución, la guerra. Era como si en el aire de Madrid, el odio hubiese podido cortarse con un cuchillo.”

Ya viene abril. El más triste abril. Teresa no vería el final de ese mes. Rattie, por su parte, fortalecida por los aires de Fuenfría, moriría en el año 49, en La Habana.

rpoleoZeta

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