La inteligencia artificial promete cambiarnos la vida o quitárnosla, depende de a quién le preguntes. Entre racionalistas que creen que la AGI es inminente y va a arrasar con la humanidad, y los techies que ya están vendiendo acciones para comprarse bunkers con filtros HEPA, la escena parece más un episodio de Black Mirror que un mercado financiero serio.
El dato no es solo la paranoia existencial: es la velocidad con la que la expectativa de “la próxima revolución productiva” se ha convertido en una mezcla de pitches de startups, retiros espirituales y, sí, fiestas raras. Y detrás de todo esto, miles de millones en juego: capital, talento y decisiones económicas que afectan mucho más allá del Valle.
Silicon Valley en modo prepper. Algunos investigadores y fundadores están convencidos de que la AGI (inteligencia artificial general) llegará en cuestión de años y que podría representar un riesgo existencial. Algunos ya están destinando parte de sus ingresos a proyectos de “IA segura” y construyendo bunkers caseros con sistemas de filtración y provisiones de comida y agua por tres años. La narrativa: mejor prevenir que llorar cuando el chatbot se vuelva Skynet. Del smart-to-hot al survival mode. Para otro grupo, la lógica es diferente: si la inteligencia ya no es ventaja porque ChatGPT hace el trabajo intelectual, entonces la apuesta está en ser más hot y social. Desde rupturas amorosas y divorcios por diferencias sobre cómo enfrentar el riesgo, hasta un “pivot” cultural hacia lo social y lo físico: muchos techies creen que la inteligencia dejará de ser ventaja competitiva frente a las máquinas, lo que impulsa un cambio de estilo de vida hacia lo estético, lo atlético y lo comunitario. La industria detrás del drama. El miedo (o hype) por la AGI no solo genera ansiedad existencial, también mueve dinero. VCs financian tanto laboratorios de seguridad como startups que prometen aprovechar la ola. Protestas anti-AI ganan tracción en San Francisco, mientras algunos académicos y fundadores abandonan trabajos estables para meterse de lleno en esta “innovación”.
La nueva realidad también asusta. Todo esto representa un choque entre capital, ética y supervivencia que reconfigura dónde se invierte y cómo se vive.
La AGI todavía no existe, pero ya está moldeando decisiones financieras, personales y políticas. El verdadero dato es que el miedo y la expectativa tienen un impacto económico real, reconfigurando Silicon Valley y, por extensión, los mercados globales. En este juego, la narrativa vale casi tanto como la tecnología.
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