Gestionar nuestros residuos orgánicos no es una moda verde, ni un gesto de buena concienca individual, ni una práctica doméstica aislada del mundo. Es, en esencia, un acto político. Lo es porque interpela directamente al Estado que no gestiona, al mercado que produce sin asumir consecuencias y a una ciudadanía que ha sido entrenada para consumir, botar y olvidar.
En Ecuador, un país atravesado por crisis institucionales, violencia, corrupción y despojo territorial, hablar de residuos puede parecer un tema menor. No lo es. La basura es uno de los espejos más honestos del poder: muestra quién decide, quién se beneficia y quién carga con los costos invisibles del sistema.
Esta nota propone cinco ejes para entender por qué gestionar nuestros residuos orgánicos es una forma concreta de hacer política desde casa, a partir de una conversación profunda con Boris Cruz, fundador y director de La Movida Verde, una iniciativa ecuatoriana que hoy articula a más de 200 familias y empresas en Guayaquil, Quito y Cuenca, recuperando toneladas de residuos orgánicos cada semana y transformándolos en suelo fértil, huertos urbanos, educación ambiental y comunidad.
“Qué más político que tratar tus propios residuos orgánicos”, dice Boris Cruz.
“El manejo de nuestros residuos habla mucho de cómo funcionamos como sociedad, de a qué le llamamos basura y cuál es nuestro nivel de consciencia”, explica Cruz.
Nada desaparece cuando lo botamos. Solo se desplaza. Los residuos orgánicos, cuando entran al sistema convencional de recolección, terminan en botaderos o rellenos sanitarios colapsados, produciendo lixiviados que contaminan suelos y fuentes de agua, y metano, uno de los gases de efecto invernadero más potentes.
Pero el problema no es solo ambiental. Es profundamente social y político. ¿Dónde están los botaderos? ¿Quién vive cerca? ¿Quién respira el humo cuando hay incendios? ¿Quién recoge la basura sin derechos laborales ni protección?
En Ecuador, como en buena parte de América Latina, la gestión de residuos se ha construido sobre una lógica de externalización del daño: la comodidad urbana se sostiene sobre territorios sacrificados. Decidir gestionar los residuos orgánicos fuera de ese circuito es romper con la normalización del daño.
La Movida Verde nace desde esa incomodidad. Desde la pregunta básica que muchas personas se hacen al separar residuos en casa: ¿y luego qué?
Separar residuos orgánicos suele convertirse en un acto frustrante cuando el camión recolector mezcla todo. “Es lo mismo que nada”, relata Cruz, recordando una experiencia compartida por miles de hogares.
Aquí aparece una verdad incómoda: el Estado ecuatoriano no ha construido un sistema integral y eficiente de gestión de residuos. Existen normativas, planes, discursos. Pero en la práctica, el problema se esconde, literalmente, bajo la alfombra.
“Entiendo que pagar por este servicio no es lo que debería pasar, porque ya pagamos impuestos”, afirma Cruz. “Pero presto mi tiempo porque vi un sueño que podía materializarse”.
La Movida Verde no reemplaza al Estado, pero sí lo interpela. Funciona como una evidencia viva de que otra gestión es posible y, al mismo tiempo, desnuda la negligencia institucional. Gestionar residuos desde casa no exime a las autoridades de su responsabilidad: la vuelve más visible.
Aquí la política no se hace en el discurso, sino en la práctica cotidiana. En asumir que, mientras el sistema no funcione, la ciudadanía organizada puede construir alternativas reales.
Más del 50% de los residuos domiciliarios en ciudades ecuatorianas son orgánicos. Sin embargo, el modelo dominante los trata como basura sin valor.
La propuesta de La Movida Verde es tan sencilla como disruptiva: cerrar el ciclo. Lo que sale de la tierra debe volver a la tierra.
Los residuos orgánicos recolectados se transforman en compost, que luego regresa a las familias en forma de abono, plantas, hortalizas y huertos urbanos. No es caridad ni marketing verde: es economía circular en acción.
“Familia que se alimenta bien, genera más orgánicos”, observa Cruz. “Y eso también nos dice algo sobre hábitos alimenticios, salud y territorio”.
Aquí la política se cruza directamente con lo que comemos. Una dieta basada en ultraprocesados, empaques plásticos y conservantes no solo afecta al cuerpo: reproduce un sistema extractivo que rompe ciclos naturales y sociales.
Gestionar residuos orgánicos obliga a mirar el plato, el mercado, la cadena de producción. Es una pedagogía radical que incomoda porque rompe la fantasia del consumidor inocente.
Un dato revelador: el 95% de las personas que sostienen el servicio de recolección son mujeres.
“Eso nos dice que las mujeres están más empoderadas con el cuidado de la tierra”, señala Cruz. Pero también revela una carga histórica: el trabajo ambiental, comunitario y de cuidado sigue recayendo mayoritariamente en ellas.
La Movida Verde no funciona desde la imposición. Funciona con quienes deciden participar. “Los barrios a los que se les regala una compostera no siempre sostienen el proceso. En cambio, cuando la gente lo solicita, el cambio perdura,” explica.
Aquí aparece una idea clave: la política que transforma no es la que se impone, sino la que se apropia. Gestionar residuos en red construye tejido social, genera conversaciones entre vecinas, conecta hogares con empresas y rompe el aislamiento urbano.
Es micropolítica con efecto macro: pequeños actos cotidianos que, acumulados, modifican cultura, hábitos y expectativas.
El compostaje no es un fin en sí mismo. Es una puerta de entrada a algo más profundo: la soberanía alimentaria.
“Todo residuo tiene que retornar al suelo del que salió. Estamos perdiendo suelos porque sacamos cosechas y devolvemos basura,” advierte Cruz.
En ciudades como Guayaquil, donde los suelos arcillosos dificultan el cultivo, el compost se convierte en una herramienta de transformación. No solo mejora la tierra: devuelve conocimiento.
La Movida Verde impulsa huertos urbanos, conservación de semillas nativas y espacios de aprendizaje intergeneracional. “Conecta abuelos, niños, saberes ancestrales y nuevas generaciones,” dice Cruz.
Un niño en un huerto cambia su relación con el mundo. “El miedo a los insectos es miedo heredado por la desconexión con la tierra,” reflexiona. Trabajar con infancias es, en este sentido, una inversión política a largo plazo.
El modelo es simple, replicable y escalable:
Servicio por suscripción para hogares y empresas.
Recolección de residuos orgánicos semanal, quincenal o mensual, según hábitos alimenticios.
Operación en Guayaquil, Quito y Cuenca.
Más de 200 familias activas.
Entre 4 y 5 toneladas semanales de residuos orgánicos recuperados solo en Guayaquil.
“El proyecto hoy es independiente. Aunque yo no esté físicamente, sigue funcionando,” afirma Cruz. La iniciativa se sostiene gracias a una red de personas que creen que la basura no es el final, sino el inicio de otro ciclo.
Hablar de residuos no es hablar de basura. Es hablar de cómo habitamos el territorio y de qué tipo de sociedad estamos produciendo y desechando todos los días.
Los residuos son el rastro material de un modelo económico que separó artificialmente al ser humano de la naturaleza. En ellos convergen el consumo, la producción, el uso del agua, la degradación del suelo, la energía que se extrae y se pierde. Pero también aquello que preferimos no nombrar: las excretas humanas, las aguas residuales, lo que expulsamos del cuerpo y del sistema como si no nos perteneciera.
“El ser humano es el único animal que hace sus necesidades en el agua que toma,” recuerda Boris Cruz. La frase, tan simple como brutal, desnuda una lógica profundamente irracional: usamos agua potable, un bien cada vez más escaso, para deshacernos de lo que el propio cuerpo produce, contaminando ríos, quebradas y acuíferos, y trasladando el problema aguas abajo, hacia otras comunidades, otros territorios, otras vidas.
Este sistema no es un error técnico. Es una decisión política histórica. La de ocultar los desechos, externalizar los costos y sostener una ilusión de limpieza urbana a costa de la contaminación rural y periférica.
Mientras la agenda pública se consume en escándalos coyunturales, el territorio se sigue concesionando, los ríos se siguen usando como cloacas, los suelos fértiles se sellan con cemento o se envenenan con químicos. La crisis ambiental no es una amenaza futura: es una realidad cotidiana que ocurre sin titulares, sin cámaras y sin responsables visibles.
Gestionar residuos desde casa no soluciona el problema estructural. Pero tampoco es un gesto menor. Es un acto pedagógico y político: construir conciencia sobre los límites del modelo, recuperar la relación entre cuerpo, territorio y desecho, y empezar a ejercer poder colectivo desde lo cotidiano.
La cocina es uno de los espacios más políticos de la vida diaria, aunque rara vez se la nombre así. Allí se decide qué se come, de dónde viene, quién lo produce, cuánto se desperdicia y qué vuelve —o no— a la tierra.
Hacerse cargo de los residuos orgánicos es aprender a hacerse cargo de las consecuencias. De lo que se consume, de lo que se compra, de lo que se vota, de lo que se tolera. No es una práctica doméstica neutra: es una toma de posición frente al sistema agroindustrial, al extractivismo alimentario y a la lógica del descarte.
“Separar residuos no es un gesto ambientalista romántico; es una forma de reapropiarse de los ciclos de la vida,” insiste Boris Cruz. Cuando los restos orgánicos vuelven a la tierra a través del compostaje, de la lombricultura, del abono comunitario, dejan de ser basura y se transforman en nutriente, memoria y futuro.
La alimentación, en ese sentido, es un acto profundamente político. Sembrar, cocinar, compartir, compostar son prácticas que disputan poder al sistema que nos quiere consumidores pasivos, dependientes de cadenas largas, opacas y violentas. Cada huerto urbano, cada olla común, cada feria agroecológica es una fisura en el modelo.
Sembrar no es solo producir alimentos. Es recuperar soberanía. Es volver a tocar la tierra, reconocer los tiempos de la naturaleza, aceptar la espera, el error y el cuidado. Tejer en comunidad, intercambiar semillas, saberes, residuos, trabajo, es reconstruir vínculos que el mercado se empeñó en romper.
“Cuando rompemos el ciclo de los residuos, rompemos también la lógica de la dominación,” dice Cruz. Porque el sistema necesita que no veamos: ni de dónde viene lo que comemos, ni a dónde va lo que desechamos.
La política no empieza en las urnas. Empieza cuando dejamos de mirar a otro lado. Cuando entendemos que no hay neutralidad en lo cotidiano, que cada decisión mínima, qué compramos, qué botamos, qué devolvemos a la tierra, es parte de una disputa mayor por el sentido del desarrollo y del futuro.
Aprender a no botar los residuos orgánicos al sistema es, también, aprender a no botar el país. A no desechar el terriotrio. A no renunciar a la comunidad. A no aceptar que lo vivo sea tratado como basura.
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