El que a hierro mata, a hierro muere

En marzo de 2020, tras las acusaciones por narcotráfico presentadas por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos contra Nicolás Maduro, Vladimir Padrino López, Diosdado Cabello y otros jerarcas del gobierno de Venezuela, se fijaron recompensas millonarias por su captura. Estas recompensas no sólo reflejaron la gravedad de sus crímenes, sino que marcaron un punto de no retorno en la lucha contra la dictadura de Nicolás Maduro. En las negociaciones directas entre la administración de Joe Biden y el régimen venezolano, la eliminación de estas recompensas fue una de las principales exigencias de Jorge Rodríguez, funcionario que representaba a Maduro en sus diálogos con Washington. Sin embargo, incluso un equipo tan inexperto y complaciente como el de Biden jamás consideró ceder en este punto. Cuando pregunté en Washington por qué no estaban dispuestos a eliminarlas, la respuesta fue contundente: “No solo no vamos a quitarlas; deberíamos aumentarlas a $50 millones en el caso de Maduro”. Aunque no se llegó a esa cifra, la semana pasada las recompensas se elevaron a $25 millones para Maduro y Cabello, y $15 millones para Padrino, el eterno vigilante del narcoestado.

Para ponerlo en perspectiva, $25 millones fue la recompensa ofrecida por la cabeza de Osama bin Laden y Ayman Al-Zawahiri, los cerebros detrás del 11 de septiembre de 2001. Ambos fueron eliminados años después en espectaculares operaciones de inteligencia y fuerza ejecutadas por la CIA y el Pentagono ¿Qué representan estas recompensas? Primero, confirman que incluso una administración errática en su manejo de Venezuela no pudo ignorar la magnitud de los crímenes cometidos por estos tres individuos. Segundo, son una muestra del coraje del pueblo venezolano, que desafió al régimen al votar masivamente contra Maduro y su cártel. Y finalmente, dejan claro que la dificultad de forzar la salida del régimen se debe a que estamos enfrentando a criminales de alto calibre, dispuestos a cualquier atrocidad para mantener su impunidad y perpetuarse en el poder.

Si algo se ha probado hasta la saciedad, bajo distintos formatos y mediadores, es que el diálogo no funciona frente a criminales. Reconocer esta realidad fue lo que llevó a la administración Biden a aumentar las recompensas a niveles históricos.  Durante años, he insistido en que el peor remedio es un diagnóstico equivocado. Sin embargo, 26 años después del inicio del deslave chavista, parece increíble que aún haya quienes dentro y fuera de Venezuela sigan insistiendo en buscar una salida dialogada. Cada intento ha servido únicamente para fortalecer al régimen de Maduro, dándole tiempo para reorganizarse, dividir a la oposición y mejorar su narrativa internacional, mientras sigue oprimiendo, saqueando y narcotraficando sin escrúpulos. Este es solo el comienzo. Las dictaduras criminales no caen con ingenuidad, concesiones unilaterales o fantasías de apaciguamiento. Caen con presión real, consistente y estratégica, tanto interna como externa. Esa presión no puede diluirse con cobardía, colaboracionismo y sueños de convivencia pacífica con quienes han destruido a Venezuela. Hoy, más que nunca, debemos apoyar al liderazgo claro, comprometido y estratégico que tenemos. El pueblo venezolano ya hizo su parte, enfrentando al régimen de Maduro en las urnas con valentía y sacrificio. Quienes están dispuestos a rendirse deberían callar y asumir su fracaso. Ahora le toca a la comunidad internacional estar a la altura de la tenacidad y el coraje de Edmundo Gonzalez U., Maria Corina Machado y de los millones de venezolanos que nos sentimos representados por ellos y no estamos dispuestos a entregar el país a una banda hoy bastante acorralada. Las recompensas no son solo símbolos; son recordatorios de que la justicia internacional no olvida. Los crímenes no prescriben, y quienes han optado por el camino del crimen y la represión, tarde o temprano pagarán. Como dice el proverbio: “El que a hierro mata, a hierro muere.” La historia no perdona a los tiranos, y los días de esta narco-dictadura están contados.

Pedro Mario Burelli en X @pburelli

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