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El Periodismo y la Plenitud de Preguntar: Responsabilidad y Desafíos ante la Ausencia Institucional en Venezuela

Hay una parte de cubrir una catástrofe que casi nunca aparece en las historias sobre la catástrofe. No ocurre debajo de los escombros ni frente a una cámara. Ocurre en un teléfono, a veces durante horas, cuando un periodista intenta localizar a alguien que reportó a un familiar como fallecido y, después de revisar nombres, números, bases de datos y contactos compartidos entre organizaciones y medios, finalmente consigue que alguien conteste.

Entonces viene la pregunta: ¿quién es usted?

Hay que explicar quiénes somos, para qué llamamos, de dónde salió el número y qué queremos saber. Hay que hacerlo con cuidado porque del otro lado puede estar alguien que acaba de perder a su madre, a un hijo, a un hermano o a cualquier otra persona que no volverá a casa.

Y a veces la respuesta no es una historia.

Es un reclamo.

“Ustedes no trabajan bien.”

“No sirven.”

“¿Por qué llaman ahora?”

“¿Dónde estaban antes?”

Me ha pasado cubriendo el doble terremoto del 24 de junio. Y no escribo esto para pedirle a nadie que tenga consideración con el periodista. Sería bastante miserable poner el dolor de una familia a competir con nuestra incomodidad. Una persona que acaba de perder a alguien tiene derecho a estar furiosa, a no querer hablar, a desconfiar y hasta a pensar que la ayuda llegó tarde.

Pero también hay una pregunta que deberíamos hacernos quienes estamos mirando esta tragedia desde el periodismo: ¿por qué estamos llegando nosotros a preguntar por cosas que deberían estar suficientemente documentadas y explicadas por quienes tienen la obligación de responder?

Porque una parte de lo que se le exige hoy al periodismo independiente venezolano consiste, en la práctica, en intentar tapar con reportajes agujeros que no abrimos nosotros.

Nos piden saber quién murió, quién desapareció, quién fue trasladado, quién perdió su vivienda, quién necesita ayuda y qué ocurrió después del desastre. Nos piden hacerlo rápido, con precisión, con sensibilidad, sin equivocarnos y, preferiblemente, sin molestar demasiado a nadie.

Y cuando no llegamos a tiempo, alguien dice que no servimos.

El problema es que el periodismo no trabaja con una central de emergencias propia.

No tenemos una lista nacional perfecta de víctimas que se actualice en tiempo real. No tenemos un funcionario asignado para entregarnos cada dato. No tenemos acceso automático a cada hospital, morgue, refugio o familia afectada. Muchas veces tenemos una base de datos que alguien compartió, un número telefónico conseguido por otra persona, un contacto de una organización, un mensaje reenviado y la obligación de comprobar si aquello que tenemos delante es cierto.

Trabajamos con las uñas.

No porque eso tenga algo de romántico, sino porque es así.

Y mientras hacemos todo esto, el Estado puede desaparecer de la conversación sin desaparecer de la responsabilidad.

Después de un desastre, el periodismo puede convertirse en una especie de mesa improvisada donde terminan llegando las preguntas que nadie más está contestando. Pero una mesa de redacción no es un centro de operaciones de emergencia. Un periodista no debería tener que reconstruir por su cuenta el registro de una tragedia que las instituciones dejaron de contar.

Y, sin embargo, eso es lo que ocurre.

Ya ni siquiera se cuentan con claridad todos los desaparecidos.

Entonces uno vuelve a llamar. Busca. Cruza nombres. Pregunta. Verifica.

Y después alguien nos dice que estamos abusando del dolor.

En medio de esta cobertura, desde un consorcio de medios en el que hemos trabajado conjuntamente, incluso nos han llamado “abusadores del dolor” a nosotros y a otros medios.

La acusación duele.

No porque el periodismo sea intocable ni porque debamos asumir que todo lo que hacemos está bien. Hay medios que han cometido abusos. Hay periodistas que han tratado mal a fuentes. Hay publicaciones irresponsables. Hay titulares que convierten una tragedia en espectáculo. Negarlo sería absurdo y, además, contraproducente.

Pero también hay medios y medios.

No todo lo que aparece bajo la etiqueta de periodismo merece el mismo nivel de confianza. No todo el que publica una información verifica. No todo el que se presenta como “verificador” sabe necesariamente qué está leyendo, qué fuente tiene delante o qué significa contrastar una información. Y decirlo no es defender una corporación: es reconocer que la calidad periodística también importa.

Quienes hacemos periodismo serio tenemos que asumir esa diferencia con más rigor, no con soberbia.

Porque precisamente los medios que intentan verificar, contextualizar, preguntar, contrastar y sacar los trapitos al sol suelen ser los menos rentables.

No es una casualidad.

El periodismo complaciente puede ser más cómodo. No incomoda demasiado a quien paga publicidad. No obliga a demasiadas instituciones a responder. No genera tantos enemigos. No siempre exige meses de investigación ni llamadas que nadie quiere contestar.

El periodismo que pregunta demasiado cuesta.

Y cuesta más cuando se hace en un país donde los ingresos de los periodistas son precarios, las redacciones son pequeñas y los medios independientes sobreviven con recursos limitados.

Por eso necesitamos sostener la toalla entre más manos.

Un consorcio de medios no debería entenderse únicamente como una alianza para repartir una cobertura. Es, en contextos como este, una manera de hacer posible un trabajo que individualmente puede ser demasiado pesado. Compartir contactos, bases de datos, verificaciones y hallazgos no elimina la competencia ni borra las diferencias editoriales. Simplemente reconoce una realidad elemental: no damos abasto solos.

Una llamada que ya hizo otro periodista puede evitar que otro reportero vuelva a abrir la misma herida sin necesidad. Un contacto compartido puede permitir que una familia sea escuchada por alguien que sí tiene las condiciones para contar su historia. Una base de datos puede ayudar a reconstruir una lista que nadie está actualizando oficialmente. Una verificación compartida puede evitar que cinco medios reproduzcan el mismo error.

Eso también es periodismo.

Y hay personas que lo entienden.

También me he encontrado con quienes, aun en medio de la desconfianza, responden. Personas que saben que, cuando ocurre una tragedia, quizá necesiten de los medios para que una denuncia sea escuchada, para que una institución responda o para que alguien conozca lo que está pasando. Algunas colaboran como pueden, incluso cuando no tienen ninguna obligación de hacerlo.

Quizá porque entienden algo sencillo: hoy puedes necesitar al periodista y mañana puedes necesitar que el periodista pregunte por ti.

Por eso también habría que ponerse en nuestros zapatos.

No para perdonarnos los errores.

Para entender las condiciones.

La persona que recibe una llamada puede estar atravesando el peor día de su vida. Pero el periodista que llama tampoco es una máquina. Puede llevar días buscando ese contacto. Puede haber hablado con otras familias. Puede haber recibido información contradictoria. Puede estar trabajando desde un teléfono, sin una red institucional detrás, mientras intenta hacer algo que, en condiciones normales, debería tener mecanismos oficiales mucho más sólidos.

Dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo: una familia puede estar cansada de que la llamen y un periodista puede estar haciendo correctamente su trabajo.

Reconocer una no obliga a negar la otra.

Eso debería enseñarse en las escuelas de Comunicación Social de Venezuela.

No basta con formar periodistas capaces de escribir una noticia en condiciones ideales. Las universidades deberían enseñar cómo se cubre una emergencia cuando las condiciones ideales no existen. Cómo acercarse a una familia en duelo. Cómo verificar una lista de fallecidos. Cómo trabajar con bases de datos colaborativas. Cómo proteger información sensible. Cómo hacer entrevistas sin revictimizar. Cómo reconocer cuándo una persona necesita asistencia y cuándo el periodista no tiene las herramientas para proporcionarla.

Y deberían enseñar algo todavía más importante: cómo no convertirse en el sustituto de una institución ausente.

Porque ayudar no significa hacerse responsable de todo.

Un periodista puede documentar una denuncia, pero no necesariamente puede resolverla. Puede conectar a una persona con una organización, pero no convertirse en trabajador social. Puede investigar una falla institucional, pero no reparar la institución. Puede hacer visible una necesidad, pero no tiene por qué cargar sobre sus hombros la obligación de satisfacerla.

Cuando la buena voluntad del periodista se convierte en sustituto de los servicios que debería prestar el Estado, la sociedad no está fortaleciendo al periodismo.

Está normalizando la ausencia institucional.

Y eso es peligrosísimo.

También deberíamos dejar de exigirle al periodismo una objetividad que nadie puede practicar como si fuera una sustancia química.

Ningún periodista llega a una historia sin mirada. Elegir qué investigar ya es una decisión. Elegir a quién llamar también. Decidir qué dato merece ser contrastado tres veces y cuál no puede dejarse pasar implica criterio.

La objetividad absoluta no existe.

El rigor sí.

La verificación sí.

La posibilidad de que alguien revise nuestro trabajo y encuentre las fuentes que sostienen lo que afirmamos también.

Eso debería bastarnos para exigir un periodismo responsable sin obligarlo a fingir que no tiene ojos.

Porque, además, el periodismo no existe para complacer.

Y esta parte conviene decirla con toda claridad: no necesitamos que el público esté siempre contento con nosotros.

Necesitamos que pueda exigirnos. Que nos cuestione. Que nos corrija cuando nos equivocamos. Pero también que entienda que una cosa es exigir responsabilidad y otra muy distinta es exigir que el periodista resuelva lo que el Estado no resolvió.

Cuando una familia pregunta por qué llegamos tarde, hay que escucharla. Cuando un lector pregunta por qué no publicamos algo, hay que explicar, cuando sea posible. Cuando un periodista se equivoca, debe corregir.

Pero cuando una institución deja de contar desaparecidos, cuando la información oficial es insuficiente o cuando nadie responde, la solución no puede ser exigirle al periodista que sea omnipresente.

No tenemos esa capacidad.

No somos rescatistas.

No somos médicos.

No somos ingenieros.

No somos funcionarios.

No somos el Estado.

Somos periodistas.

Y a veces ni siquiera somos eso a tiempo completo porque necesitamos otro trabajo para pagar las cuentas.

Eso también forma parte de la historia.

La precariedad laboral no desaparece porque haya una emergencia. La ansiedad tampoco. El cansancio tampoco. Hay periodistas que trabajan con equipos propios, conexiones deficientes, salarios insuficientes, contratos inestables y jornadas interminables. Y después de pasar horas intentando reconstruir una historia tienen que sentarse a pensar cómo van a pagar el mes.

No hay épica en eso.

Hay precariedad.

Y, aun así, seguimos llamando.

Mientras tanto, desde fuera del país se puede decir que Venezuela está feliz.

Una frase política puede resumir un país entero en una declaración.

La realidad no funciona así.

La realidad está en una familia que perdió su casa. Está en alguien que sigue esperando información sobre un familiar. Está en quienes todavía cargan las consecuencias de un terremoto cuando las cámaras ya se fueron.

Y está en un periodista que continúa buscando un nombre cuando la tragedia dejó de ser tendencia.

La gente puede satanizar al periodismo. Puede desconfiar de nosotros. Puede decir que abusamos, que llegamos tarde, que no servimos. Algunas de esas críticas serán injustas. Otras serán necesarias. Algunas nos harán mejorar.

Lo que no deberíamos hacer es fingir que todos los medios son iguales.

Porque cuando el periodismo serio desaparece, no desaparecen las noticias.

Desaparece algo más importante: la posibilidad de comprobarlas.

Desaparece quien pregunta por qué una cifra no coincide. Desaparece quien vuelve a llamar cuando una versión oficial no alcanza. Desaparece quien pregunta por los desaparecidos cuando ya nadie los está contando. Desaparece quien se atreve a sacar los trapitos al sol aun sabiendo que probablemente eso no lo hará más rentable.

Y entonces quizá descubramos demasiado tarde que el problema nunca fue que hubiera periodistas preguntando demasiado.

El problema será que dejamos de tener periodistas a quienes les quedara algo que perder por preguntar.

No hacemos milagros.

No podemos reconstruir una casa.

No podemos devolver a un muerto.

No podemos sustituir al Estado.

Tampoco podemos garantizar que jamás nos equivoquemos.

Podemos hacer algo más modesto: verificar, preguntar, incomodar, documentar y dejar memoria.

Y para hacerlo necesitamos más manos sosteniendo la toalla, no menos.

Porque cuando ocurre una tragedia, todos recuerdan que necesitan a los medios.

Lo que algunos olvidan es que también necesitan que existan medios cuando ya no hay terremoto, cuando ya no hay cámaras, cuando ya no hay tendencia y cuando preguntar vuelve a ser incómodo.

Así que quizá la pregunta no sea qué harían los periodistas sin la gente.

La pregunta más incómoda es otra:

¿Qué haría la gente sin periodistas dispuestos a preguntar cuando a nadie más le conviene responder?

Y, como tantas veces, tendría que conformarse con la versión de los hechos que alguien más decidió contarle. Allí sí estaríamos realmente solos.

rpoleoZeta

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