Nunca antes vi una ceremonia de la academia cinematográfica estadounidense más anodina, menos emocionante, tan inofensiva, ausente de polémica, carente de reto, aplanada en su filo y huérfana de mordiente.
Uno podría pensar que el séptimo arte vive una crisis de lenguaje, en tanto que las plataformas y las series han ganado un terreno inconmensurable y las nuevas generaciones ven microformatos de duraciones minúsculas en sus teléfonos.
También que Connan O’Brien tiene un humor muy de nicho y el presentador es mucho en esa ceremonia.
Pero hay algo en mí como ciudadano que me hace sospechar una causa más preocupante.
El miedo llegó a Hollywood.
Levantarse en contra del establishment en Estados Unidos en estos días tiene costo. Siempre lo tuvo en cualquier parte del mundo. Pero acá el poder en estos tiempos no anda con disimulo: amenaza públicamente, judicializa, hace pagar millonadas, pone en juego las licencias de los medios.
Estadios Unidos es un país en el que el primer mandatario maltrata sin ninguna educación a cualquier periodista que le haga una pregunta incómoda sin importarle que esté en vivo o siendo grabado. Es el mismo presidente que trató de robarse unas elecciones sin costo alguno. Por el contrario.
En su segundo mandato ha hecho retroceder a los medios liberales. Ahora que tienen menos poder económico y saben que un juicio como el que les podría esperar es multimillonario. Así que editan programas de investigación que fueron legendarios por sus denuncias. Despiden conductores de late night shows. Moderan su lenguaje.
El comunicador y creador público entiende la seña: si eso hacen los poderosos, ¿por qué estaría yo vacunado?
En la ceremonia de los Oscar vivimos en un mundo en el que la guerra es apenas una mención. El equilibrio de los poderes no parece estar en peligro. No hay mayor racismo, chauvinismo ni sexismo.
Vimos celebrar una industria sumida en una función de matiné, censurada para menores de edad. Que nadie se meta con nadie.
Exceptuando a la hermosísima Jessie Buckley, a Javier Bardem y al siempre fuera de serie Billy Crystal, NADIE salió de su límite, nadie aprovechó que millones lo veían para decir lo que a veces es incómodo pero alguien tiene que decir.
Fue el Oscar de los felices, del entretenimiento anodino, de la diversión pasajera.
Los venezolanos lo sabemos muy bien: cuando el poder se impone y se establece el miedo como interlocutor entre la sociedad y el mundo, todo se vuelve irrelevante. Algunos osados hablan en código. Los más, decimos palabras inofensivas, realidades obvias, hablamos de mundos aéreos. Miramos pal’ techo, para decirlo en buen venezolano.
Pero eso nos ha hecho saber algo aún más importante. Por una parte, el miedo nos cuida, nos enseña a escoger batallas, nos hace sobrevivir. Pero por la otra, sabemos que sólo el día que vencemos el miedo podemos revertir el curso de la historia.
Ojalá y mis sospechas sean desacertadas.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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