Seiscientos bolívares en una quincena para un profesor asociado. ¿Qué queda, por tanto, para el docente raso o para el empleado administrativo de cualquier universidad pública? Los bonos que se pagan por fuera, desde el Sistema Patria, a los profesores de las entidades públicas del nivel superior resultan discriminatorios, pues dejan por fuera a los jubilados y contratados; son, además, bonificaciones, no parte del sueldo. No acumulan prestaciones.
Y, por cierto, ¿qué es eso del Sistema Patria? ¿Qué significa «patria» hoy para la cúpula desmadurizada que se aferra al organismo vivo del país? ¿Patria para quién: para los torturadores de Gustavo González López o para los motorizados armados de Diosdado Cabello?
¿Qué es lo que produce la Universidad Simón Bolívar hoy en día? Docentes que deserta y se convierten en vendedores de pizzas a domicilio. Anseume, el de los seiscientos bolívares por quincena, es el secretario laboral de la asociación de profesores de la USB. Profesor asociado.
Una profesora jubilada habla de un proceso de desinstitucionaliación. Probablemente esa palabra no baste para imaginar la situación. No es desinstitucionalización, o no solo desinstitucionalización; el chavismo ha destruido a la Universidad Simón Bolívar adrede, con alevosía, sin atenuantes.
Los egresados también son dolientes, desde luego.
En Madrid andan Diego y Enzo, uno de Arquitectura y el otro de Química. Ambos tienen casa propia, familia, bienestar. A cambio, hacen progresar a España, no a Venezuela. Siguen en contacto con una cuerda de compañeros desparramados por el planeta, pero son, sobre todo, ciudadanos de España.
Diego ha visto los vídeos de la USB actuales y se ha echado a llorar. Lo recuerda todo, absolutamente todo, incluyendo levantarse a las seis de la mañana cada día para tomar el autobús en Chacaíto, ahí, frente al McDonald’s, y pasarse el día en la Universidad, con aquellas largas tardes en el Pabellón 5 haciendo las tareas de la asignatura Diseño. Recuerda al profesor que fue su primer empleador. Recuerda el comedor espléndido donde aseguraba desayuno y almuerzo de buena calidad, a precios de gallina flaca.
Enzo, por su parte, estuvo trece años en esa Universidad como estudiante de Química, como docente y haciendo un posgrado, aunque no haya podido terminarlo. Prestaba servicios en GADE o Grupo de Apoyo para el Desarrollo Estudiantil, una organización que dependía de Orientación; orientación al estudiante, por supuesto.
Era la primera década del siglo y la gente comenzaba a deserta, recuerda. Su periplo fue largo, lo alternó con un trabajo en el IVIC. En ambos sitios, Universidad e Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, observó la aparición del fenómeno que califica como polarización. Había que tomar partido; a eso obligaba la corriente. No le gustó.
En algún momento supo que no le serviría de nada terminar y quedarse en un entorno que no le daría oportunidades. «No iba a conseguir algo que fuera realmente acorde a los años invertidos (…); los recursos llegaban a un área más que a otra».
Se fue al sector privado. En 2016 levó anclas y se fue a España con sus bártulos. Allí trabaja actualmente para una compañía de consultoría empresarial. De modo que Enzo es productivo para España, no para su país. Miembro de una familia de clase media en una ciudad del interior criollo, hijo de inmigrante italiano, un profesional trabajador y honorable. ¿Cuántos más habrá como Enzo?
Cada quien lleva su Universidad Simón Bolívar por dentro; muchos porque allí se hicieron profesionales y encontraron su destino como ciudadanos universales, seguros de sus herramientas para defenderse donde les tocara. Otros, como yo, simplemente la visitaron durante un par de semanas haciendo un curso organizado por una federación que antes tenía sentido y hoy seguramente no: la de los cineclubes.
La profesora Ela (o Elzbieta, como la reencuentro ahora en Facebook) Dines lo impartió. Eran días de Foncine, temporada de películas filmadas en Caracas a las que asistía un público que se solazaba viéndose a sí mismo en pantalla grande, reconociendo los recovecos de su ciudad. Público fisgón. Era curioso el efecto espejo y Dines nos lo hacía entender.
Aquel curso era en una zona de la USB donde las aulas estaban directamente frente al estacionamiento, como una hilera de cabañas en una especie de ensenada más bien aislada, según mi memoria. Llovía torrencialmente durante varias de las tardes del curso. Recuerdo haber creído que Sartenejas era así todo el tiempo: una zona acuosa, verde selva, un oasis ajardinado que no dejaba de ser parte de Caracas porque tampoco quedaba tan lejos. Aquello era puro verde mojado intenso, cálido como un regazo, acogedor. Eran los tempranos años noventa. La marabunta chavista quedaba, todavía, lejos.
Todo ha sido lento en la USB, pero más lentas se han puesto las cosas desde que un equipo rectoral interino, elegido a dedo desde las interioridades del régimen, lleva la batuta de su ritmo. La lentitud que, a distancia media, terminará inexorablemente por detener la Universidad si no se hace algo al respecto. De esto habla el rector que ya no está en funciones de rector, Benjamín Scharifker, en entrevista aparte.
En estos días de 2026, mientras el rector de la Universidad Central de Venezuela, Víctor Rego, reafirmaba en un programa de radio que la Zona Rental de Plaza Venezuela —o parte de ella, un poco más de diez hectáreas, según Rego— volvería a ser explotada comercialmente para invertir los fondos generados en investigación universitaria, la Universidad Simón Bolívar, allá en Sartenejas, continuaba desmadejándose lentamente.
La cúpula en el poder ha sido compasiva con la UCV. Acaso los hermanos Rodríguez hayan enterrado sus corazoncitos en Tierra de Nadie por los buenos momentos vividos, antaño, allí. Quién sabe. Es insondable el cerebro de ese par de chicos, tan meloso ahora con la Casa Blanca, tan dispuesto a escuchar a Dinorah Figuera o al melifluo Enrique Márquez.
La destrucción de la USB es inclemente. Alguien dijo que, si se ha reconocido internacionalmente la violación de los derechos humanos en Venezuela, igual debería reconocerse la deuda con los trabajadores del sector educativo. Hay un daño laboral allí que se traduce cada día en daños mayores: en los valores, en la capacidad de la gente para valerse por sí misma y aportar algo a su propio país.
El chavismo, hoy como ayer, fabrica atraso, miseria y trenes de Aragua. El Niño Guerrero habrá desaparecido, pero su estela sigue porque el chavismo la necesita para sobrevivir.
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