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El arte de elegir entre ignorancia y conocimiento: la libertad de saber en la búsqueda de la verdad

Sólo se es plenamente libre en el saber, y la génesis del saber es el reconocimiento de la propia ignorancia. «Sócrates era el más sabio de los hombres porque sabía que solo Dios es sabio», me dijo un filósofo hace unos meses. Es una bella paradoja aquella que repetimos los que hemos entendido eso: mientras más sabes, más te das cuenta de todo lo que ignoras.

En ese momento choca la piedra de la ignorancia con la piedra de ese primer saber fundamental: la humildad intelectual. Salta una chispa que ha de encender un fuego: el deseo de conocer. Es un fuego que nos alumbra interiormente, que nos ayuda a despejar la sombra en nuestra senda y la de otros peregrinos de este bosque terrenal. Tenemos el honorable deber de custodiarlo, de mantenerlo encendido, de protegerlo del vendaval que trae el invierno de la razón y la agonía de la pasión. Ahí entra nuestra libertad; pero… ¡qué compleja es la libertad humana!

Reflexionar sobre esta cuestión es tarea de todo buzo de la existencia, de quien quiera sumergirse hacia lo más abisal de lo humano. El tema tiene un fondo casi inextricable, pero algunas consideraciones fundamentales nos pueden poner en situación.

En primer lugar, miraremos alrededor y nos daremos cuenta de toda la ignorancia que no se reconoce a sí misma. ¿Cuánta gente habla de lo que no tiene ni idea? —Y luego hay personas preocupadas por «el qué dirán» esas mismas gentes ignorantes. Poniéndolo así, ¿no es una tonteria?— Pero, además, esto tiene una incidencia política imposible de pasar por alto: ¿cómo puede funcionar alguna democracia en ese clima de ignorancia? Tengo la intuición de que en esa democracia no se puede recoger sino una mala cosecha. Isaac Asimov pensaba lo mismo en su crítica al «antiintelectualismo» estadounidense:

En Estados Unidos hay un culto a la ignorancia, y siempre lo ha habido. El antiintelectualismo ha sido esa constante que ha ido permeando nuestra vida política y cultural, amparado por la falsa premisa de que democracia quiere decir que «mi ignorancia vale tanto como tu saber».

Y como hemos postulado que el saber y la libertad son amigos inseparables, es otra falsa premisa la que clama: “¡yo soy libre de ser ignorante!” Bien lo dijo Ortega y Gasset al alertar de que «el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad» —me pregunto si no será eso lo que nos ocurrió a nosotros…

El escritor Arturo Pérez-Reverte ha dicho repetidamente que «lo peor son los tontos» y no los malvados, situando a la ignorancia en una gravedad superior a la propia maldad: «Juntas 100 mil tontos y 1 malvado y tienes a 101 mil malvados». Veremos, entonces, que al malvado le conviene el ignorante, porque éste es el que caerá redondo en sus bribonadas retóricas y llegará a pensar, enceguecido por la luz artificiosa de la manipulación del lenguaje, que el malo es bueno.

Qué contradicción, pues, decirse libre de ser ignorante, y qué infame estratagema la de muchos hombres viles de hacer volcar el carruaje de la ética y lograr que todos —o casi todos— pasen por la carretera sin reparar en el accidente. Aquel triunfo de la vulgaridad que ya alarmaba a Ortega, aquel culto a la ignorancia que denunciaba Asimov, ¡cuánta pleitesía se le rinde en Venezuela! El eufemismo de “cultura popular” se ha vuelto, en muchos casos, una burla a la acepción clásica de cultura en tanto cultivo del ser, para pasar a nombrar costumbres sociales bochornosas.

¿Pero es la ignorancia un mal en sí mismo? Porque he dicho que el sabio se sabe ignorante… ¿cómo es la cosa entonces?

Pienso que puede haber dos ignorancias: una es la de aquella piedra que sirve para crear la chispa del saber, como un punto de partida ineludible para todo amante de la verdad. La otra es una almohada en la cual descansa el sueño de la razón —que, sabemos, produce monstruos (Goya dixit)—; es la imposibilidad del ignorante de llevar a cabo un proceso metacognitivo en el que se dé cuenta de su no-saber; o, de poder hacerlo, es la pereza de la inteligencia y su potencia desaprovechada —“Sé que ignoro, y me doy cuenta de ello, pero me quedo aquí porque es más cómodo”.

Esa decisión, si bien forma parte del libre albedrío, no saca a relucir la libertad. Gran contradicción la de elegir ser esclavo de la ignorancia, ¿no? Pero así somos muchas veces los humanos… harto contradictorios. Un arte de elegir buscará superar esas contradicciones, desprenderse de la almohada, tomar esas dos piedras, encender el fuego y custodiarlo con el corazón. Y si se llega a apagar, ¡lo volverá a encender cuantas veces haga falta!

Para terminar, cabe mencionar que esa distinción entre el malo y el ignorante no es del todo correcta. ¿No es el malo un ignorante del bien? ¿No ignora que hacer el bien le hace bien a sí mismo? Dice San Agustín, en una magistral demostración de la unión entre inteligencia y bondad:

Si, pues, toda inteligencia es buena, y nadie aprende sin entender, síguese que todo aquel que aprende obra bien. (…) Desiste, pues, de preguntar por no sé qué mal maestro, porque, si es malo, no es maestro, y si es maestro, no es malo.

Un arte de elegir, conforme a la plenitud de la libertad, no tiene mejor resumen que la simple máxima de José Gregorio Hernández: «Haz el bien». Y el bien ha de hacerse repetidamente. Ha de ser un hábito. Y si el saber es un bien, habituémonos a saber, despreciando también cualquier amparo a la ignorancia, tanto en otros como en nosotros mismos. Le estaremos haciendo un gran favor incluso a aquellos a quienes criticamos, aprendiendo algo del gran error del siglo XX, el cual Ortega supo dilucidar:

…de puro mostrarse abiertos mundo y vida al hombre mediocre, se le ha cerrado a éste el alma.

rpoleoZeta

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