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Educación Transformadora: Cómo No Agachar la Cabeza en la Escuela y Fomentar la Paz

Hace un tiempo no muy lejos, se podía alzar la mano y no la voz. Desde la más tierna infancia, el sistema educativo los preparo para obedecer las campanas, los himnos y las fórmulas, sin cuestionar ninguna de ellas.

No se trataba de aprender, sino de encajar. El aula era un ensayo de ciudadanía domesticada: filas, silencio, uniforme, jerarquía. En lugar de formar sujetos críticos, se entrenaban cuerpos dóciles. Una pedagogía de puño cerrado, donde el golpe nunca llegaba, pero siempre estaba latente.

Lo dijo Paulo Freire con palabras más dulces en Pedagogía del oprimido(1974), pero la idea era la misma: la educación como acto político. No hay neutralidad posible cuando se educa. O se educa para la libertad, o se educa para la obediencia. Y en América Latina, la educación pública ha sido más disciplinaria que liberadora. El maestro, en muchos casos, no ha sido guía, sino gendarme del aula. No por maldad, sino por inercia institucional. Por miedo. Por sobrevivir. Y de esto, países como Venezuela, Cuba y México son cátedra contemporanea.

Ocurre que la paz no es compatible con la sumisión. Si queremos una cultura de paz verdadera —no esa paz postiza que premia al alumno que no protesta—, necesitamos otra pedagogía. Una que incomode al poder. Una que escuche antes de dictar. Una que enseñe que el conflicto no es fracaso, sino oportunidad de transformación. Educación para la paz no es alzar el dedo índice y medio en una foto: es cuestionar por qué hay niños que no llegan al aula, o por qué la escuela castiga al que grita, pero no pregunta por qué grita.

Educar para la paz es, también, educar para la rebeldía. Para decir que no. Para identificar la injusticia aunque venga vestida de autoridad. Para entender que la ternura también puede ser rebelde, y que un maestro sensible es mucho más subversivo que un juez autoritario. La pedagogía del puño cerrado ya mostró sus limites. Hoy hace falta una educación que abra los brazos, no para abrazar cualquier cosa, sino para levantar —de una vez por todas— una escuela que no enseñe a agachar la cabeza.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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