Las autoridades interinas están atrapadas en unos dilemas realmente intrincados. Por ejemplo, nada menos que este: su permanencia depende de que vayan debilitando progresivamente sus propias bases de poder.
La esencia de la llamada fase de estabilización consiste en que las autoridades interinas desmonten las estructuras que, mediante el ejercicio de la violencia fuera de control —o la amenaza de ella—, mantenían a raya todo ejercicio democrático real, en la calle, en los medios y en las instituciones. Ahora bien, todos los pasos que se den en esa dirección significan un debilitamiento de las autoridades interinas para llevar a cabo el proyecto de permanecer en el poder, cosa que, dadas las circunstancias, es inviable sin contar con un aparato de represión discrecional bien formado. Ese desmontaje significa abrir la llave al aumento de la presión colectiva y popular para que se marche en firme hacia una transición democrática, presión que en ese caso se podría exercer con cada vez menos temor.
Que tal proceso de desmontaje esté ocurriendo, el que, por ejemplo, los nuevos mandos militares de los que se habla tengan un menor grado de compromiso con el entramado de poder que se fue tejiendo mientras Maduro estaba en el país y estén más inclinados a una vuelta a la imagen y al rol institucional de las Fuerzas Armadas, tal como lo establece la Constitución, es una cuestión de hecho sobre la cual no tengo elementos suficientes para pronunciarme. Se supone, para seguir con el ejemplo y la conjetura, que tal proceso de remociones va en esa dirección y que de ello se asegura el poder externo que está supervisando el actual proceso político venezolano. Lo que sí me parece claro es que solo si las cosas ocurren de ese modo, el famoso diseño de las tres fases tendrá sentido.
Por lo demás, solo si las autoridades interinas tienen —como se supone que lo hacen— el proyecto de alargar su permanencia en el poder por largo tiempo, o de manera indefinida, su situación se convierte en un verdadero callejón del que es complicadísimo salir. Si tienen tal plan, la necesidad de seguir las instrucciones del país del Norte y la necesidad de mantener sus bases de poder interno chocan de manera directa. Siempre hay margen para seguir las instrucciones arrastrando los pies, pero tal maniobra tiene sus límites y llega, al poco andar, un momento en que no puede mantenerse.
Si, en cambio, las autoridades interinas están dispuestas a dejar el poder, ya sea de buen grado o de mala manera, luego de haber cumplido el papel que se les asignó —en especial el de desmontar el aparato de violencia—, no hay ni callejón sin salida ni cuadratura de círculos. Todo marcha, con los trompicones reglamentarios, pero marcha.
Creo que dentro de esos parámetros transcurre el proceso que estamos viendo y viviendo. Aún no ha llegado a momentos críticos, porque el desmontaje del aparato de violencia todavía no ha tocado los puntos más sensibles, o por lo menos eso no es lso visible. Y también creo que hay que dejar que ese proceso continúe y que el interinato llegue a sus puntos verdaderamente dilemáticos.
Siempre es bueno recordar que los venezolanos no estamos esperando que los problemas económicos y sociales se solucionen para exigir el regreso de la democracia. No compartimos esa idea estática de la llamada estabilización y recuperación. Como sociedad, estaríamos dispuestos —pienso yo— a cargar con nuestra responsabilidad en reconstruir la economía y las políticas sociales, siempre que ello lo pudiéramos hacer en democracia. Según sea el estado en el que las encontremos cuando vuelva la democracia, veremos cuál es el tamaño de la tarea pendiente. Que la colectividad acepte esa responsabilidad es tarea del liderazgo político y social, y creo que contamos con uno que tiene esa capacidad y que lo sabe.
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