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Desbloqueando el futuro de Venezuela: Claves sobre la transición y el papel de la fuerza en el cambio político.

Miguel Ángel Martínez Meucci es venezolano. Nació, creció y se formó en Caracas. En 1999, cuando Hugo Chávez llegó a Miraflores, estudiaba Ciencia Política en la Universidad Central de Venezuela.

Advirtió tempranamente la deriva autoritaria del chavismo y, poco después, partió a Madrid para realizar estudios de doctorado en la Universidad Complutense, donde se especializó en procesos de negociación y resolución de conflictos.

Tras doctorarse regresó a Venezuela. Volvió a un país que comenzaba a acostumbrarse más a despedir que a recibir. Se incorporó a la vida académica de la Universidad Simón Bolívar, donde fue director del Departamento de Ciencia Política y profesor en los programas de Maestría y Doctorado.

Por aquellas fechas publicó Apaciguamiento: El Referéndum Revocatorio y la consolidación de la Revolución Bolivariana. En sus páginas describe con particular agudeza la instrumentalización política de los espacios de negociación. Más que un texto académico, el libro funciona como un manual para comprender las prácticas autoritarias contemporáneas.

En 2016 emigró. Como tantos profesores universitarios, se vio obligado a buscar oportunidades en otras latitudes. El chavismo descerebró nuestras casas de estudio: una tragedia silenciosa, de la que se habla poco, pero que ocurrió.

La destrucción del país que lo vio nacer lo empujó a participar en política. Hoy dedica buena parte de sus días a la lucha democrática, tras convertirse también en asesor político. Acompaña a Vente Venezuela, María Corina Machado y Edmundo González, y ha jugado un papel relevante en el proceso de liberación que se inició con la elección primaria de 2023.

Habla pausado, no se irrita y conserva su acento caraqueño. Es cuidadoso en el uso de la palabra, evita los superlativos y ajusta sus énfasis a la realidad. Moderado en sus modos y en sus juicios, no se reconoce en el oficio del político, aunque haya venido haciendo política en los últimos tiempos.

En esta conversación profundizamos en la extracción de Nicolás Maduro, el complejo proceso que está en marcha y el porvenir que se abre ante Venezuela.

El 3 de enero: una acción de fuerza

Para comenzar, vayamos a lo esencial: ¿qué ocurrió exactamente el 3 de enero?

Fue la extracción de un individuo. Es una acción de fuerza que sin duda se constituye como un punto de inflexión y que abre la posibilidad de una transición.

Esa acción de Estados Unidos abrió una fuerte polémica internacional.

Sí, hay una enorme polémica acerca de su carácter violatorio del Derecho internacional. Pero, ¿cuándo comenzó a violarse el Derecho internacional en Venezuela? ¿Qué hizo el Derecho internacional cuando el régimen violó derechos humanos y destruyó el país? El 3 de enero se evidenció que estamos en medio de una disputa geopolítica internacional pura y dura.

Desde tu lectura, ¿cómo se inscribe esta operación dentro de la política exterior estadounidense?

Estados Unidos, dentro del nuevo enfoque de seguridad nacional y de la nueva política exterior, tiene como tema relevante propiciar un cambio en Venezuela, piedra angular para consolidar su control hemisférico. Por eso creo que lo que ocurrió el 3 de enero no fue una acción improvisada. Hubo mucha planificación y todo esto responde a una visión a largo plazo.

Parte del debate ha sido cómo nombrar y caracterizar lo ocurrido. ¿Por qué es tan difícil hacerlo?

Parte de la dificultad en la caracterización de lo que ocurrió el 3 de enero estriba en la propia complejidad del régimen chavista. La dictadura chavista no es una autocracia convencional. No es una autocracia militar. Es un régimen que combina elementos totalitarios y cleptocráticos.

Entonces, ¿estamos ante un proceso excepcional incluso para los estándares de las transiciones políticas?

El 3 de enero y el proceso que estamos viviendo es tan sui generis como la dictadura que se propone deponer.

Cambiar el régimen sin colapsar el Estado

Has señalado que la naturaleza del régimen chavista es particularmente compleja. En esa realidad destaca la consustanciación entre el régimen y el Estado ¿qué previene que el desmantelamiento del chavismo no derive en una mayor debilidad estatal?

Esa es justamente otra de las particularidades de este caso. Por ejemplo, en Venezuela (1958), España (1978) y Chile (1988) había Estados de capacidades relativamente altas. En esos tres casos, el régimen autocrático cedió el control de un Estado con capacidades significativas.

En el caso venezolano actual estamos hablando de instituciones estatales profundamente corroídas, debilitadas y permeadas por lógicas delictivas. Además, existe un intento deliberado de crear organizaciones paraestatales.

Una evidencia de esto es la clara diferenciación que hay entre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y la estructura represiva de los colectivos paraestatales. La creación de las Misiones sociales en paralelo al sistema de la administración pública estatal convencional respondía a ese objetivo.

La gobernanza chavista -por decirlo de alguna manera- genera una corrupción enorme en el Estado. Por eso, no se trata de un mero traspaso de esas instituciones estatales a los demócratas; se trata de acometer su reconstrucción democrática.

Desde la perspectiva de Estados Unidos, ¿cuál es el principal riesgo que se busca evitar en este proceso?

La principal preocupación de la administración Trump es prevenir el caos. Y ante la ausencia de un bando moderado dentro del chavismo que se prestara para abrir la puerta, decidieron usar la presión directa para abrir dicha posibillidad.

Cuando hablas de presión, ¿te refieres al uso directo de la fuerza militar?

Sí, el uso de la fuerza. Esto se está haciendo bajo presión. Usted coopera porque coopera. Y punto. Lo que se ha querido es tener a alguien que abra la puerta desde adentro, por usar una expresión que vengo mencionando en estos días. Estados Unidos quería a alguien que abriera la puerta por dentro, en vez de tumbarlo todo. Y apareció Delcy Rodríguez, alguien que estaba dispuesta a hacerlo.

A partir de eso, surge una pregunta inevitable: desde tu lectura, ¿podría considerarse a Delcy Rodríguez una reformadora?

Delcy está haciendo la tarea encomendada con mayor o menor voluntariedad. Ciertamente la está haciendo de manera incompleta, con muchas dudas. Pero ahí va. Falta ver hasta dónde sería capaz de llegar, dado su pasado y las responsabilidades derivadas del éste.

Si el motor del cambio es la fuerza y no una convicción democrática, ¿qué garantías existen de que ese proceso avance realmente hacia la democracia?

Este proceso de entregar el Estado de forma relativamente ordenada está sujeto a una presión externa muy fuerte, significativa y personalizada. Y creo que eso puede tener un nivel de efectividad importante. La presión específica sobre las cabezas del régimen puede ser eficaz para que entreguen lo que hay.

Ahora, lo que se nos viene no será sencillo. Es un reto gigantesco. No veo que, para levantar al país, sea factible sencillamente recibir y administrar lo que hay. El nivel de destrucción obliga a rehacer las cosas. Y eso no es fácil. No hay un libro de instrucciones para ello. Lo que sí hay es ideas muy claras en el liderazgo democrático acerca del nuevo orden que cabría establecer.

Volviendo a Delcy Rodríguez, la figura que hoy “abre la puerta”: ¿qué la diferencia de casos históricos como Adolfo Suárez o Mijaíl Gorbachov?

La primera diferencia entre el caso venezolano y el caso español es que Franco se murió en la cama; ninguna fuerza extranjera se lo llevó. Nadie se llevó tampoco a Gorbachov en una operación comando.

En ambos casos -Suárez y Gorbachov- hubo algún tipo de reflexión personal sobre la necesidad de las reformas políticas. Por eso, ambos líderes las dirigieron y las asumieron. Fueron decisiones políticas esencialmente voluntarias y meditadas.

En el caso de Delcy Rodríguez, lo que hemos visto hasta ahora es que abre la puerta desde adentro bajo coacción. Por eso, las dudas acerca del grado real de voluntariedad de quienes ejecutan el plan de desmantelamiento de la dictadura tienen fundamento en la realidad.

¿Existen precedentes comparables a este tipo de proceso en otros países o momentos históricos?

No hay demasiados precedentes de algo de estas características. Es algo muy particular. Y es interesante porque las características del régimen chavista también son muy particulares.

Entonces, si bien a primera vista no se ven rasgos reformistas en Delcy Rodríguez, es difícil afirmar que no existan o que, por ejemplo, esta crisis no pueda permitir que surjan reformistas.

Lo que está ocurriendo está siendo forzado, pero quién quita que pase el tiempo y resulte que aparezca una persona que, de alguna manera, sí quería esto y mientras Maduro estaba en el poder no tenía la oportunidad de plantearlo así. No lo veo como algo probable a estas alturas, pero tampoco sabemos lo que va a ocurrir.

En ese sentido, ¿podría decirse que la coacción puede, eventualmente, parir a un reformador?

En política no hay imposibles. Por eso, suelo pensar con base en probabilidades, más que en posibilidades. Y aunque no es probable que Delcy Rodríguez esté haciendo esto motu proprio, la presión puede dar resultados inesperados.

De eso se tratan las transiciones: son procesos en los que la gente se ve obligada a modificar sus puntos de vista, sus actitudes psicológicas. Nos obligan a todos a recalibrar expectativas, sentimientos y actitudes. De esa manera, se restablece la convivencia.

Entiendo la lógica de la coacción como detonante, pero mirando a largo plazo: ¿cuál es el límite de la fuerza como motor del cambio político?

La fuerza es el detonante. Ahora, si las razones que movilizan a lo que queda del chavismo para el cambio se reducen solo a la amenaza del uso de la fuerza, se tratará de un proceso político sumamente precario. Lo ideal sería que surjan actores chavistas con voluntad política real de cambio, pero hasta ahora eso está por verse.

¿Y si esos actores no aparecen?

Todo será precario. Por eso me preocupa el tema de los tiempos. Los hermanos Rodríguez han demostrado que son hábiles para ganar tiempo. Han sido los operadores políticos de Maduro encargados de ejercer presión sobre actores sociales e internacionales de diversa índole para ganar tiempo.

Hay un horizonte temporal importante en el caso de la administración Trump. Me refiero a las elecciones de medio término en Estados Unidos este año y, después, a las elecciones presidenciales.

Las democracias no tienen mucho tiempo. Los demócratas responden al interés general, tienen que ofrecer resultados y están sometidos al escrutinio popular. Pero los autócratas no. Los autócratas suelen disponer de tiempo. Se atornillan en el poder y ganan tiempo.

Para mí, ese horizonte temporal es clave. Si la administración Trump no deja concretada la transición o, por lo menos, amarradas las condiciones para asegurar que esa transición ocurra, entraremos en un terreno muy peligroso.

Podríamos estar en un momento en el que dicha administración pierda margen de maniobra y todo el proceso entre en riesgo.

Junto a este riesgo real, identifico oportunidades importantes. Los actores involucrados -fundamentalmente el presidente Trump y Marco Rubio- se están jugando mucho en el éxito de esta iniciativa. Por eso pienso que deben estar barajando todo lo necesario para que, en el lapso de este año, el proceso quede “atado y bien atado”.

Abrir la puerta desde adentro

Hasta ahora hemos hablado de Estados Unidos y de Delcy Rodríguez. Me gustaría que pasemos ahora a analizar el sistema autoritario que está en el centro de este proceso.

Cuando se habla de un “desmantelamiento por la vía de las reformas”, la duda es inevitable: ¿puede este sistema resistir ese camino sin desmoronarse, como ocurrió en la Unión Soviética?

La Unión Soviética era rígida. Era un régimen autocrático que funcionaba bajo parámetros del siglo pasado. La autocracia chavista ejerce la dominación de forma más fluida. No es una estructura jerárquica convencional.

Es, más bien, una conjunción de dinámicas de control y de expolio que muta de forma continua. Entonces, en ese sentido, creo que la presión directa sobre los cabecillas puede -posiblemente- ser una forma eficaz de inducir mecánicas de cambio relativamente aceleradas.

También es importante comprender que la economía juega y es una variable relevante. En el caso ruso, los monopolios estatales del petróleo se quedaron con el aparato de inteligencia. En el caso venezolano, pareciera que no será así.

Estados Unidos está controlando las dos fuentes de financiamiento del sistema. Por un lado, el petróleo. Y por el otro, contiene el tráfico de drogas. Es una estrategia para arrancar el sistema desde su raíz económica y acabar con su funcionalidad. Al cambiar la economía política del régimen se lo está obligando a cambiar.

Entonces, más que una reforma, ¿estamos ante un proceso de desmantelamiento sistémico orientado a dar paso a una nueva estructura estatal democrática?

Sí, y es muy complejo. Esto no se trata de entregar las llaves de un ministerio y sustituir al personal. Será un proceso exigente que tomará tiempo y me parece que el diseño de la ruta de cambio político propuesta por Estados Unidos responde a esa realidad.

La voz que precedió al 3 de enero

Quiero que ahora hablemos sobre los venezolanos. Me parece que ha habido un déficit democrático en el proceso político que se inició el 3 de enero. Pareciera que la voz de los venezolanos aún no está presente y quería conocer tu opinión sobre esta idea.

Tú hablabas del momento en que se inició el proceso y de la falta de voz popular. Si hablamos de la coyuntura del 3 de enero, quizás pudiera estar de acuerdo con tu apreciación. Pero creo que la foto es más amplia y este camino comenzó antes. Y, justamente, comenzó con un enorme protagonismo popular.

Creo que es muy importante verlo así. Esto comenzó con la participación de los venezolanos. Comenzó cuando la gente encontró un mecanismo para que su voz realmente pudiera ser escuchada. El régimen había sido muy hábil para que esa voz no se escuchara.

No me refiero solo a la censura y al miedo, sino también a esta idea de generar un tejido comunicacional, un tejido político que le era funcional. Esa oposición funcional, mejor conocida como “alacrana”, ha sido uno de los elementos fundamentales para la estabilidad del régimen durante tanto tiempo.

Solo cuando los ciudadanos encontraron una forma de organizarse y un liderazgo que dijo: “Vamos a unas elecciones, pero para que realmente se cuenten los votos”, fue entonces cuando la gente entendió y dijo: “Así sí vale la pena participar”.

Sin esta decisión ciudadana no hubiéramos tenido un 3 de enero. Estados Unidos no entra en un país con un presidente legítimo. La voluntad popular y soberana fue esencial para que esto ocurriera.

Dicho esto, debo decir que, después del mecanismo de fuerza, debemos ver el regreso de la participación ciudadana, de las fuerzas políticas organizadas, de la sociedad civil, del tejido social. Por eso, la participación ciudadana es una obligación.

Venezuela solo se puede levantar como consecuencia de la libre iniciativa de los ciudadanos organizados. En la sociedad civil organizada está lo que se necesita para avanzar. Creo que vamos hacia una reconfiguración del Estado: un Estado mucho más pequeño, más ligero.

En este sentido, el programa de María Corina Machado y de Edmundo González procura un Estado subsidiario. Un Estado en el que todo aquello que los ciudadanos puedan hacer, lo deben hacer, y que brinde apoyo allí donde se necesite asistencia.

Concuerdo con la importancia de la participación ciudadana. Por eso, quiero que hablemos ahora sobre los partidos políticos.

Venezuela tiene una cultura partidista que aún es fuerte. Más de dos décadas de dictadura no han logrado desaparecerla. Pero los partidos no son lo que eran antes y atraviesan una crisis de representación. Quizás el oxígeno que traerá este proceso nos ayude a recuperarnos… quizás no. ¿Qué rol crees que jugarán los partidos políticos en este período?

Toda política se sustenta en una economía política. En el siglo XX, Venezuela fue un petroestado y el sistema democrático creció muy vinculado al manejo de la renta petrolera. Por eso, los partidos en Venezuela nacieron de arriba hacia abajo.

Funcionaba así: alguien llegaba a ocupar un cargo importante dentro del Estado y generaba una estructura que se convertía en partido político. Pero la historia de los partidos políticos en otras sociedades es la contraria: son formas de organización de abajo hacia arriba.

Entonces, creo que, de alguna manera, al reconfigurarse el Estado, se deben reconfigurar también las instituciones públicas. Y los partidos políticos se verán obligados a reconfigurar sus lógicas de funcionamiento. Vamos a necesitar partidos que sean mucho más articuladores de demandas populares y menos gestores de una renta.

Ese cambio lo estamos viendo. Es lo que pasó en la elección primaria del 22 de octubre de 2023 y en la presidencial del 28 de julio de 2024: movimientos de gente altamente motivada que, sin estar vinculada a partidos políticos, desempeñaron un papel fundamental en esos momentos. Y eso nos habla de la conciencia ciudadana.

El sistema de partidos tendrá que adaptarse a las nuevas coyunturas. La lógica de reparto llegó a su fin porque se acabó el Estado que facilitaba esa posibilidad.

Ansiedad y esperanza: las emociones de la transición

Corresponde cerrar esta conversación y es inevitable mirar hacia adelante. A la luz de los desafíos que hemos identificado, ¿cómo ves el porvenir?

Veo, al mismo tiempo, ansiedad y esperanza. Ansiedad, porque toda transición es un camino incierto entre dos situaciones de cierta certeza. Es pasar de un sistema de normas a otro, pero el proceso se caracteriza por no estar normado.

Entonces, esa falta de normas claras genera ansiedad y preocupación. Es lo normal. Son procesos complejos. De ahí la necesidad de que sean transitados con aplomo y con un gran respaldo popular.

Creo que es muy importante que cada paso que demos abra compuertas a la participación de la gente. Eso es lo que va a ir pavimentando el camino: saber que lo que vaya a suceder está respaldado por la gente.

No puede ser una negociación de grupos pequeños. No puede haber un acuerdo de espaldas al país. Hay que dar entrada a la gente para que esto tenga legitimidad, asiento y arraigo.

Creo que eso es algo que no podemos perder de vista. La gente sintió que ganó el 28 de julio. Los venezolanos nos organizamos, corrimos riesgos, trabajamos de forma prácticamente clandestina y funcionó.

Esa experiencia de triunfo a través de la organización popular es algo que no podemos dejar en el olvido ni pretender que no ocurrió. Para mí, la transición empezó en ese momento y no con la extracción de Maduro.

Por eso, la esperanza viene acompañada de ansiedad, pero también se sostiene en el camino recorrido. Todo lo que hemos logrado es muy importante y es motivo para la esperanza.

La autoestima ciudadana es fundamental. Es la conciencia de que los venezolanos queremos otra cosa. Nosotros abrimos este proceso para que suceda y somos quienes lo vamos a culminar.

En ese futuro que describes, habrá que procesar lo vivido. ¿Qué nos han dejado estos años de sufrimiento y de lucha democrática? ¿Qué hemos aprendido?

Todos estos años tan duros han generado grandes traumas personales y colectivos que deberán ser atendidos, pero también han sembrado una actitud que yo valoro muchísimo: una sapiencia que nace de la experiencia más dura; un aprendizaje, un revalorizar la libertad, la solidaridad, el orden, la seriedad, la verdad, la responsabilidad, y el coraje para defender todo lo anterior.

Hemos ido constatando en la piel cómo estas cosas no son accesorias, sino la médula de toda sociedad que realmente quiere prosperar. Por eso creo que es admirable ver a jóvenes que nunca han vivido en democracia, pero están trabajando para alcanzarla y tienen sueños de libertad.

Entonces, ¿podríamos decir que tenemos por delante una gran oportunidad?

Sí. Tenemos una oportunidad extraordinaria para cambiar el modelo de Estado. Podremos hacerlo funcional, pequeño, ágil y fuerte. Puede ser tremendamente eficiente, muy eficaz y un modelo a nivel global. Si no nos marcamos estos retos de esta manera, la tragedia será solo tragedia.

La tragedia no puede ser un sufrimiento inútil; tiene que ser la causa del aprendizaje y de la mejora. Tenemos que encontrarle sentido a lo vivido. Y el sentido es poder decir, con madurez: “esto nos ha hecho mejores, esto nos hace más fuertes”.

A partir de ahora creo que estaremos en posición de valorar mucho más lo que de verdad importa y tendremos una gran oportunidad para hacer las cosas muy bien.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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