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Davos y Múnich 2026: Diferencias y Similitudes en la Visión del Orden Internacional Actual

Davos y Múnich 2026: Diferencias y Similitudes en la Visión del Orden Internacional Actual

Múnich: Valores compartidos, intereses y alivio. 

“Sr. Secretario, no estoy seguró de si ha oído el suspiro de alivio que se ha producido en esta sala cuando acabamos de escuchar lo que yo interpretaría como un mensaje de tranquilidad, de colaboración.” Eso fue lo que dijo el presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich, Wolfgang Ischinger, al secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, al terminar este último su discurso hace apenas unos días en esa Conferencia. 

No era para menos. En 2025, el vicepresidente norteamericano J.D. Vance, había protagonizado en ese mismo escenario, uno de los momentos más incómodos y descriptivos del estado actual de la llamada Alianza Transatlántica; esa que, otrora, fuera la arquitecta del orden liberal mundial. Pocos días después de la intervención de Vance en Múnich, se daba en la Oficina Oval de la Casa Blanca el penoso episodio entre los presidentes Donald Trump y Volodimir Zelenski. Definitivamente, era un muy mal momento para esta alianza y para las bases del orden internacional construido durante décadas. 

Para provocar ese alivio, Rubio echó mano de la historia, de esa misma que les he narrado yo en la primera parte de este artículo: “Hoy nos reunimos aquí como miembros de una alianza histórica, una alianza que salvó y cambió el mundo”, dijo para comenzar lo que sería su intervención y agregó, “nuestro destino está y siempre estará entrelazado con el suyo (el de los europeos), porque sabemos que el destino de Europa nunca será irrelevante para el nuestro.”

Sin embargo, como hizo Mark Carney en Davos, Marco Rubio puso el foco en temas tan gruesos como incómodos, y que deben ser abordados: “Naciones Unidas sigue teniendo un enorme potencial para ser una herramienta de bien en el mundo. Pero no podemos ignorar que hoy en día, en los asuntos más urgentes que se nos plantean, no tiene respuestas y prácticamente no ha desempeñado ningún rol”, dijo. 

Un debate clásico en las Relaciones Internacionales 

Mark Carney tiene razón en cuanto a que hay muchos indicios que apuntan a que el orden mundial que teníamos no aguanta más. No estoy tan seguro, sin embargo, que su propuesta de crear una alianza de potencias medias, entre las que estaría Canadá, sea suficiente y satisfactoria para hacer frente a esta situación, dada la profunda divergencia de valores e intereses entre muchas de estas potencias medias. Pensemos, nada más, en las brechas estratégicas que existen entre los miembros de grupos como los BRICS. La experiencia histórica reciente nos dice que, de cara a la creación de modelos estables, influyentes, atractivos y con capacidades de dar forma a un orden con vocación internacional, hace falta detrás la voluntad política de alguna potencia que respalde la iniciativa y, sobre todo, la sostenga cuando haga falta. El drama que se vive hoy es consecuencia, precisamente, de que la potencia que históricamente había sostenido el orden, parece no estar tan interesada en seguir haciéndolo. Sobre si China está dispuesta o no a sustituir a los Estados Unidos en su rol en la provisión de bienes públicos de carácter global, hay dudas; ni qué decir sobre si tiene las capacidades para hacerlo. 

Por su parte, Marco Rubio también tiene mucha razón en cuanto a las probadas incapacidades de las Naciones Unidas para hacer cumplir las normas del orden y las obligaciones de los Estados. Es la conocida anarquía en las relaciones internacionales, caracterizada no por el caos o el desorden, sino por la ausencia de un poder supranacional con capacidades materiales que le permitan modelar efectivamente la conducta de los actores internacionales. No obstante, no convence del todo que aquello a lo que él le da un carácter de alianza civilizacional, pueda ser, en el mundo actual, suficiente para sostener el orden construido a partir de la segunda mitad del siglo pasado; mucho menos, para edificar uno nuevo. En el mejor de los casos, se estaría construyendo uno de los polos entre varios existentes. Además, su apelación constante a la fuerza, recuerda a la lógica que sirve de base a ese diálogo que mencioné antes, entre atenienses y melios, y pareciera tener poco que ver con los valores liberales. 

Es verdad que ambos discursos están construidos desde miradas muy distintas, que debaten, como lo han hecho históricamente, por un lado, las escuelas liberales (también llamadas idealistas e, incluso, utopistas) y, por el otro, las escuelas realistas de las relaciones internacionales. Yo creo, sin embargo, que, en la práctica, las posiciones que respaldan a estas escuelas suelen matizarse. 

Condoleezza Rice, secretaria de Estado durante la presidencia de George W. Bush, dijo en un discurso en el que comentaba la Estrategia de Seguridad Nacional de su país en 2002, algo que sirve tremendamente para pensar en esto que acabo de decir: “Existe una vieja discusión entre la llamada escuela ‘realista’ de asuntos exteriores y la escuela ‘idealista’. Para simplificar, los realistas minimizan la importancia de los valores y las estructuras internas de los Estados, enfatizando en cambio el equilibrio de poder como clave para la estabilidad y la paz. Los idealistas enfatizan la primacía de valores como la libertad, la democracia y los derechos humanos para garantizar un orden político justo. Como profesora, reconozco que este debate ha dado la titularidad y ha sostenido las carreras de muchas generaciones de académicos. Como responsable de políticas públicas, puedo decirles que estas categorías oscurecen la realidad. En la vida real, el poder y los valores están completamente entrelazados.”

De hecho, Mark Carney hizo mención indirecta a este punto en su discurso en Davos: “Nuestra nueva estrategia se basa en lo que Alexander Stubb (presidente de Finlandia) ha denominado ‘realismo basado en valores’, es decir, nuestro objetivo es combinar principios y pragmatismo.” Lo propio hizo Marco Rubio, cuando pedía a sus aliados europeos ser fuertes y que puedan defenderse a sí mismos, al tiempo que basaba esta alianza en valores comunes y, no solamente, en intereses políticos. 

Algunas ideas para seguir pensando 

De estas líneas que he compartido con ustedes, quisiera formular algunas ideas sobre las cuales se pueda seguir reflexionando. La primera de ellas, es que contrario a lo que algunos pudieran pensar, los valores y los modelos políticos domésticos son tremendamente relevantes para definir la proyección internacional de los Estados. Difícilmente un Estado iliberal, no democrático o que ignore los derechos humanos de sus propios ciudadanos, podría contribuir en la construcción de un orden internacional en el que los derechos humanos y la democracia sean relevantes. La segunda, es que una nación democrática se verá beneficiada a través de la existencia de otras democracias y de instituciones internacionales robustas. Así lo entendió perfectamente el presidente norteamericano Wilson, cuando en 1917 dijo ante el Congreso de su país que era necesario hacer del mundo un sitio seguro para la democracia. Una tercera idea es que un orden internacional no solamente debe proveer bienes públicos, sino que debe ser atractivo para propios y extraños. El secretario de Estado en las Administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, Henry Kissinger, comentó que, en 1961, al inicio de su carrera académica, visitó al presidente Truman y le preguntó sobre lo que más le enorgullecía de su mandato, entre 1945 – 1953. Truman le respondió: “Que derrotamos por completo a nuestros enemigos y luego los trajimos de vuelta a la comunidad de las naciones.” Atraer a las naciones a una comunidad de Estados democráticos debe ser la aspiración de un orden internacional basado en consensos mínimos, aunque suficientes, que permitan la participación de todos, y no solo de algunos con los que se comparta el pasado.

Muchos académicos describen el momento actual como posliberal y algunos incluso lo llaman posoccidental. Yo creo que pos / post es un recurso muy útil a usar cuando no sabemos muy bien dónde estamos, pero queremos hacer contrastes y analogías con períodos que podemos definir relativamente bien. Lo más probable es que no hayamos estado nunca, ni vayamos a estarlo, en un mundo que se guíe por tipos ideales o categorías puras, sino que el orden internacional seguirá siendo la consecuencia de tensiones constantes, que respondan a distintos ejes, los cuales, de paso, no son solo internacionales, teniendo lo doméstico, como vimos, mucho por decir.

Estados Unidos seguirá siendo un actor con el peso suficiente como para poder generar y fortalecer modelos que aspiren a una suerte de gobernanza global, pero hay muchos indicios que permiten sospechar que no podrá hacerlo solo. Ya no. La naturaleza de las amenazas y desafíos que enfrentan los Estados hoy en día, sobrepasan largamente las capacidades de actores solitarios. La multipolaridad encontrará díficilmente respuestas integradoras y alguna forma de multilateralismo será siempre necesaria.

Mientras tanto, debemos seguir intentando encontrar líneas que conecten las ideas y preocupaciones de actores como Carney y Rubio que, cada vez más, nos seguirán diciendo cosas como las que expresaron en Davos y Múnich.

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