Categorías: Política

Comunidad y Poder: Claves para Entender la Transición Venezolana desde una Perspectiva Sociocultural

Hemos presentado en el artículo anterior, Claves silenciosas de la transición venezolana, la constatación de un país que no se quebró. Por ello, la pregunta ya no es solo por qué resiste, sino qué consecuencias políticas se derivan de esa resistencia.

Este desplazamiento —de la resistencia a la razón que la produce— es fundamental: implica reconocer el colapso sin quedarnos en él, para entrar en una lectura política donde la transición no es solo resultado de un quiebre institucional, sino una lucha permanente desde la identidad popular frente al poder establecido.

En estas condiciones, la transición aparece como un proceso complejo que incluye tanto el reconocimiento de cambios jurídico-políticos esenciales —como el poder legítimo derivado de las elecciones del 28 de julio— o la eventual realización de nuevas elecciones, como también los múltiples procesos transicionales que ya ocurren en las bases comunitarias.

En consecuencia, la transición no puede reducirse a un hecho electoral ni a un acuerdo institucional aislado. Es un proceso simultáneo donde lo formal y lo vivido deben encontrarse: la legitimidad jurídico-política solo será sostenible si se articula con la dinámica real de las comunidades. Ignorarla implicaría construir un cambio sin sociedad; incorporarla permite que la transición se sostenga en el tiempo.

De la resistencia vital a la consecuencia política

Durante años se intentó explicar la dinámica venezolana desde categorías clásicas: poder estatal, oposición partidista, presión interna. Sin embargo, estas resultaron insuficientes para comprender un hecho clave: la sociedad/comunidad no fue desarticulada. No pudieron eliminar el sentido cultural que nos define.

Las Claves silenciosas evidencian que el núcleo de la resistencia no fue ideológico ni institucional, sino relacional matricentrado, en palabras del padre Alejandro Moreno. El país se sostuvo en una trama afectiva y convivencial que operó como límite al poder. De allí una consecuencia decisiva: si el vínculo impidió el quiebre, es también condición de posibilidad de la transición.

No hay cambio sin esa base. Esto nos sitúa en una transición como desplazamiento real del poder, orientado hacia la sustitución de las estructuras establecidas. No es un momento puntual ni un resultado lineal, sino un proceso de desalojo progresivo que ya está en marcha desde abajo.

El poder formal entra en crisis: pierde control, se fragmenta y se subordina a dinámicas externas. A la par, emerge una dimensión política subestimada: la acción comunitaria, la sociabilidad cotidiana y la organización desde la vida y la identidad cultural.

Lo que aparece no es un nuevo orden consolidado, sino un terreno en disputa. Desde las comunidades, la transición se describe como “una desintoxicación lenta”, “una sanación lenta”, o “un punto azul que se expande para borrar el rojo del pasado”.

El desmontaje: condición necesaria, pero no suficiente

El momento actual está marcado por un “desmontaje” del sistema: un proceso lento de desarticulación de estructuras, actores y lógicas de dominación.

Pero desmontar no es reconstruir. Sin embargo, sin desmontar no puede continuar lo iniciado. Las narrativas comunitarias lo expresan con metáforas del renacimiento: “Venezuela está naciendo de nuevo”, “se está comenzando a criar”. El renacer se instala como sentido popular de la transición.

Existe el riesgo de confundir la caída de un sistema con la emergencia automática de otro. Entre ambos hay un intervalo incierto donde todo puede reconfigurarse o perderse. Desde las percepciones comunitarias, vivimos una incertidumbre transicional.

Así, la transición no es el desmontaje en sí, sino lo que se construye a partir de él. De allí la importancia de reconocer los signos del cambio en curso.

La externalización del poder y sus límites

Otro rasgo de esta etapa es la percepción de desplazamiento del poder hacia actores internacionales, lo que introduce una doble condición: proceso interno y dinámica condicionada desde afuera.

Pero esta externalización tiene límites estructurales. Ningún actor externo puede sustituir el tejido relacional que sostiene la vida social. El cambio puede acelerarse desde afuera, pero solo puede sostenerse desde adentro.

Ignorar esto conduce a errores estratégicos: construir una transición sin sociedad. Las comunidades lo expresan claramente: “quien manda es Estados Unidos” o “la transición está marcada por incertidumbre e intervención externa”.

La transición como proceso abierto

La transición no es simplemente el paso de un régimen a otro. Es la posibilidad —en disputa— de reconfigurar la relación entre poder y sociedad.

En este punto, el papel de María Corina Machado emerge como decisivo, no solo en términos de conducción política, sino como articulación entre la sociedad que resistió y la posibilidad de ordenar la transición. Desde las bases se le reconoce ese rol: “sería la líder de transición… hacia dónde quiere ir el país”.

Esta expectativa implica que la transición requiere dirección, horizonte y capacidad de reconstrucción: “no es solo derrocar, es gobernar”. Su liderazgo se ubica así en una zona compleja: símbolo de ruptura y exigencia de orden, portadora de legitimidad social en un escenario atravesado por tensiones internas y externas.

Esta centralidad se da en medio de una disputa por la conducción del proceso. Aunque el contexto geopolítico condiciona su margen de acción, su dirección se mantiene: una transición “ordenada y pacífica”.

En este cruce entre legitimidad popular, presión internacional y necesidad de reconstrucción, se define su papel: no como figura decorativa, sino como actor llamado a traducir la fuerza social en forma política. Allí radica su carácter determinante: en su capacidad —aún en tensión— de convertir la resistencia en gobierno y la esperanza en institucionalidad.

rpoleoZeta

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