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Carta de Rómulo Gallegos: Reflexiones sobre la Creación Literaria y el Cambio en Venezuela

Es interesante, y a veces desolador, observar cómo, a través de los años, el oficio de escribir ficción nos va revelando cuánto hemos cambiado. Es como si escribieras un largo cuento que narra dos historias: la que quieres contar y la que revela cuánto has envejecido.

Hubo un tiempo en que mi ignorancia y una angustiosa necesidad de crear me impulsaban a no tener límites ni descanso. Desde hace ya varios años, escribir una novela se me ha tornado una aventura imposible. Ahora vivo entrelazando ensayos que siempre resultan ser más breves y menos profundos de lo que me proponía.

La escritura de la novela Falke, que inicié hace más de un cuarto de siglo, tuvo mucho de insaciable premonición. En aquellos años, lo que imaginaba “podría ser” terminaba “siendo”. Era capaz de urdir ficciones partiendo de hechos reales y luego, a medida que avanzaba, la ficción terminaba dominando lo cierto, y yo era el primero en disfrutar mis fantasías y hasta considerarlas hechos históricos. Crear se convertía en creer.

He pensado en estos cambios gracias a Patricia Van Dalen, quien me escribió contándome que recordaba la primera página de Falke y cómo nunca creyó que podría sucedernos algo igual. Creo que Patricia se refiere a la carta que le manda Rómulo Gallegos a Rafael Vegas, quien fue su alumno, celebrando el final de la dictadura gomecista.

Esa carta la inventé usando un truco muy sencillo: leyendo la correspondencia de Rómulo Gallegos hasta saturarme. En mi versión, Gallegos comienza su carta exclamando: “¡Ha muerto Juan Vicente Gómez!”, y ciertamente se abría entonces una nueva era para Venezuela. ¿Quién podría haber imaginado que Eleazar López Contreras, el ministro de Guerra y Marina, el sucesor de un dictador, llegaría a ser el mejor presidente que ha tenido Venezuela, considerando el país que recibió y el que entregó democráticamente cinco años después?

El mayor elogio que he recibido en mi menguante vida de escritor lo recibí de un hombre que admiraba y me encantaba escuchar: Ramón J. Velásquez, quien vivió profundamente, como protagonista y observador, buena parte de nuestro siglo XX y el trágico inicio del XXI.

El caso es que, en un grato almuerzo, mi héroe me preguntó de dónde había yo sacado la carta de Gallegos. Solo logré decir torpemente:

—Me la inventé.

Creo que el rostro de Velásquez pasó de la incredulidad a la desilusión. Comprendo que más le apasionaba una carta extraviada y milagrosamente hallada que una bautizada con un participio tan pasivo: “inventada”, lo cual enredó un poco la alegría que sentí por su interés.

Ahora que, gracias a Patricia, la frase inicial de mi fantasía epistolar ha vuelto a reaparecer a inicios de 2026 —“Acaso no sabíamos que hasta el más cruel y obstinado presente se convierte en pasado”—, me atrevo a entresacar y ofrecerles de nuevo este inicio de la novela Falke.

Para los interesados, incluyo también la respuesta de Rafael Vegas, también fruto de ese árbol ficticio que se me ha comenzado a secar.

***

Carta de Rómulo Gallegos a Rafael Vegas

Madrid, 20 de diciembre de 1935

Mi estimado Rafael:

Ha muerto Juan Vicente Gómez. ¡Qué ingenuidad asombrarse por el paso del tiempo! ¿Acaso no sabíamos que hasta el más cruel y obstinado presente se convierte en pasado? Me avergüenzo al recordar las veces que concebí a Gómez como algo eterno, inmutable. Cuando todo esto empezó, usted aún no había nacido; ahora que termina, ambos tenemos mucho por hacer.

Llegó la hora de preparar nuestro regreso. En dos días estaré en Barcelona; espero coincidir con alguna de sus estadías en San Baudilio de Llobregat. Luego regresaremos a Madrid para tomar el barco en Santander en los primeros días de febrero. En marzo estaremos en Venezuela. ¿Cuánto puede cambiar un país con la muerte de un solo hombre?

Revisando nuestras pertenencias he llegado a una pequeña caja que usted bien conoce. Me había acostumbrado a tenerla como acompañante en una esquina de mi escritorio. Pero no me pertenece y, antes de nuestra partida, debe regresar a su legítimo dueño. Estamos en tiempos de retornos.

Leí y repasé con creciente interés su contenido y más de una vez he pensé en su generosa oferta. “No se imagina cuánto me hubiese agradado participar en la empresa que usted ha comenzado, colarme en alguno de sus capítulos, pero me temo que en su texto no hay cabida para nadie más. Usted ha volcado con tal entereza esos dos años cruciales de su vida que ya no podrá compartirlos sino a través de la silenciosa relación que establece un escritor con sus lectores. O, dicho de manera más cruda: ‘Cada quien con sus dioses y demonios’”.

Entiendo que he sido su primer lector. Mientras sus cartas, libretas y cuadernos acompañaban mis inciertos días de exilio, fue reapareciendo el alumno que conocí hace unos diez años. A esta imagen tan familiar comenzó a fundirse la de un hombre ignoto y universal que tenía mucho que enseñarme. Estoy orgulloso de haber sido su maestro.

Es cierto que siempre he tenido gran interés por la invasión del Falke. ¡Difícil encontrar en nuestra historia una tragedia más determinante y absurda! Su texto, lejos de inspirarme como usted proponía, me ha dejado plenamente abrumado. Hay una fuerza con un sentido y una dirección que ya nadie podrá modificar. Lo que usted ha escrito nos ayudará en las tareas que nos aguardan en la patria.

Se imaginará los deseos que tengo de participar en el destino de nuestra nación; solo temo que regiones demasiado extensas de mi alma estarán copadas por una ineludible tendencia a observar y relatar. No puedo evitarlo: la lucha política no me intersa; por el contrario, repugna a mi temperamento. Soy un hombre que desea el orden; no soy un vociferante, no soy un energúmeno. Solo comprendo la moderación conciliadora; solo quiero que los venezolanos vivamos felices en nuestra patria. Soy, en definitiva, un escritor a punto de abordar tiempos de grandes acciones en un país que está pasando de la tiranía a una furibunda incertidumbre.

Volvamos a sus textos. En alguna de las introducciones a sus capítulos, usted se plantea varias dudas que podemos llamar literarias. Trataré de esbozar algunas respuestas.

Sobre la posibilidad de entresacar los cuentos y formar con ellos un cuerpo aparte, por supuesto que es posible. Puede reunir anécdotas de Doroteo Flores y ya tendrá un pequeño libro digno y apreciado, pero —y perdone el cinismo de mi amplitud— también podría eliminarlas o dejarlas donde están. Es posible incluso realizar una poda mayor que incluya cartas y resúmenes históricos hasta lograr una novela clásica y, así, con estas mutilaciones, usted podría llegar a la “clásica novela” que todos esperan. El problema es que el propósito de la literatura no es satisfacer necesidades, sino abrir nuevos apetitos. Tenemos, pues, que hay decisiones que nadie puede tomar por uno. Si leer requiere de soledad, ¡imagínese escribir!

En un punto debemos detenernos, y aquí sí creo tener algo que sugerirle. La verdad duele, y buena parte de los protagonistas de su historia aún están vivos. Publicar sus experiencias en este momento de profundas revisiones y oleadas de trapos sucios tiene una significación que va más allá de lo literario. Supongo también que habrá pensamientos y opiniones que le son absolutamente personales y que solo estará dispuesto a compartir con personas de su absoluta confianza. Entiendo lo difícil que le resultaría purgar su propio texto usando como vara a quien ofende o lastima, y más penoso aún si la medida es el pudor. Sé bien que escribió sus diarios con sinceridad y justicia, y desde el momento en que algo ha sido escrito bajo estas leyes tiene derecho a existir, y esta existencia es sagrada. Por lo tanto, solo puedo sugerirle algo que conviene a toda escritura: deje pasar un tiempo antes de comenzar una segunda lectura. Esto siempre es conveniente. No solo se ven terribles errores de sintaxis, sino páginas enteras que parecen escritas por alguien que nos resulta ajeno y hasta ridículo. Revise con calma, sin prisa, sin rencor. Usted me dirá: “Ya han pasado cinco años”; y tiene razón, tanta, que puede esperar cinco años más.

Presiento que en este momento usted exclamará: “¿En qué diablos estará pensando Gallegos? Si fue bajo el juramento de jamás publicar una sola línea, ¿cómo pude soltar las amarras y escribir?”. A tal argumento tengo una sola respuesta: no es usted el primero ni será el último en usar esta estrategia para vencer el miedo.

Una última cosa con respecto a sus preocupaciones por los géneros literarios. Recuerde que el género de una criatura no se conoce al momento de la procreación, sino justo después del parto; antes solo hay adivinanzas y chismes de comadres.

Sobre su proyecto educativo, usted ya conoce mis ideas. La tarea esencial es comprender nuestro carácter, mezcla de servidumbre y prepotencia. Los venezolanos no solo somos rebeldes a toda ley, deber o autoridad, sino también esclavos bajo toda fuerza e instrumento de toda tiranía. Esta dualidad proviene de inculcar en la conciencia infantil una falsa noción de acatamiento basada en la represión. Más daño aún infligen las enseñanzas morales de la Iglesia, afeando con la idea de pecado todo cuanto es hermosa ley de vida e invirtiendo los más preciosos valores humanos.

Sobre estos temas hemos hablado y la mayoría de las veces coincidido. No se atenga, pues, a mis críticas o elogios; no busque seguridad en nadie, solo compromisos y ayuda concreta. Para esta segunda opción, cuente conmigo.

Espero que nos veamos pronto en Venezuela.

Lo abraza muy afectuosamente,

Rómulo Gallegos

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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