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Amnistía y Desmontaje del Régimen: Claves para una Transición Democrática en Venezuela

La amnistía general para todos los presos políticos es, sin duda, una señal poderosa para pensar con más optimismo en la transición en la que estamos. Marca un punto de inflexión psicológico y político después de años de persecución sistemática y del uso del miedo como política de Estado. Es legítimo leerla con optimismo. Es humaro hacerlo.

Sin embargo, la historia reciente de Venezuela nos obliga a una advertencia básica: el chavismo ha anunciado muchas cosas que nunca ocurrieron en la realidad, sobre todo en lo que a represión se refiere. Listas incompletas, personas que forman parte de los esquemas de prisión política y que no salen de las cárceles por cualquier escusa que se le ocurra al poder. Por eso, la amnistía, por sí sola, no es suficiente.

Primero, este proceso debe concretarse materialmente. La amnistía real se mide con la imagen de los centros de reclusión abriendo sus puertas a los cientos de presos políticos que permanecían allí detenidos, para reencontrarse con sus familias y recuperar su vida cívica sin amenazas ni condiciones. Todo lo demás es retórica.

Segundo, la amnistía debe venir acompañada del fin definitivo de la puerta giratoria y del desmontaje del aparato represivo como política de Estado. No hay transición posible si la persecución selectiva sigue siendo una herramienta disponible para el poder.

Habiendo hecho este balance, creo que es importante mirar hacia adelante. Para ello, nos toca voltear la mirada hacia el régimen. Todo funcionario que hasta hoy ha cumplido labores de represión —desde el SEBIN y la DGCIM hasta cuerpos policiales y entes de censura como CONATEL— tiene que estar haciéndose la misma pregunta: ¿seguirán cumpliendo órdenes de atentar contra venezolanos, sabiendo que ahora están bajo vigilancia internacional y, en particular, estadounidense?

Si la respuesta es negativa, entonces no estamos solo ante un anuncio político, sino ante el desmontaje de facto del aparato represivo. En este caso, el desmontaje no ocurre por decreto, sino porque quienes ejecutan la represión dejan de hacerlo, porque el costo cambió y porque el miedo cambió de bando.

Para ello, hay hechos que deben comenzar a materializarse. Ya vimos el primero, con la aparición de algunas figuras como Andrés Velásquez, Delsa Solórzano o Alfredo Ramos, que abandonaron la clandestinidad política a la que los obligó la ilegalización de facto que sufrieron las fuerzas democráticas después del 28 de julio.

Pero hay otro hecho fundamental que estimo comenzaremos a ver en los próximos días: el retorno de los exiliados que tuvieron que huir por las fronteras del país debido a esta misma persecución.

Cuando dirigentes, activistas, periodistas, sindicalistas y ciudadanos comunes puedan volver a organizarse, reunirse, opinar y movilizarse sin temor a ser detenidos, podremos hablar con propiedad de una transición democratizadora que avanza sin una oposición efectiva que pueda ejercer el régimen.

Este nuevo escenario abre también, entonces, una responsabilidad que no puede eludirse: la del liderazgo venezolano.

Es momento de plantear opciones, de leer con claridad la nueva correlación de fuerzas y de actuar en consecuencia. El chavismo tiene una meta clara: llegar vivo a las elecciones estadounidenses de medio término y aspirar a que una nueva correlación de fuerzas le permita tomar aire, al ya no tener la pistola estadounidense en la sien.

El liderazgo democrático tiene, entonces, el deber de, en sinergia con la administración nortemaericana, ofrecer rutas, organizar expectativas y convertir esta apertura inicial en una que avance hacia cambios irreversibles, y no en una pausa conveniente para quienes han gobernado a punta de miedo.

No quiero dejar de mencionar que esta responsabilidad también alcanza a quienes hoy asumen tareas en los medios de comunicación. Así como lo ha comenzado a hacer Venevisión, la tarea es empezar a abrir los micrófonos que fueron cerrados por años, comenzar a nombrar lo que antes estaba prohibido y romper así el cerco del silencio que sostuvo a la dictadura incluso cuando ya estaba debilitada. Cada programa que vuelve, cada tema que se discute sin autocensura y cada verdad que circula es un ladrillo menos en el muro autoritario.

Las dictaduras no caen solo cuando pierden el poder formalmente. Caen cuando pierden el control del miedo, del relato y de la vida cotidiana. La amnistía es un paso importante, sí. Pero la transición no se decreta: se construye. Y se construye desmontando, pieza por pieza, el andamiaje que hizo posible la represión.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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