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A más de 100 días del terremoto en La Guaira: La lucha de organizaciones civiles ante el desvanecimiento de ayudas humanitarias

Han transcurrido más de 100 días desde que el doble terremoto devastó gran parte del estado Vargas. Las calles que durante las primeras semanas estuvieron abarrotadas de civiles voluntarios provenientes de todo el país, carpas hospitalarias internacionales o camiones con ayuda, hoy lucen desiertas.

La progresiva remoción de los escombros no ha traído consigo la normalización, sino que ha acentuado la desolación y la ausencia de asitencia.

En las esquinas donde antes el personal sanitario repartía tapabocas para proteger a los transeúntes del polvillo constante que emanaban las ruinas colapsadas, hoy queda muy poca gente, lugareños o voluntarios. Por las avenidas circulan autobuses y vehículos particulares en una cotidianidad a la fuerza, como si la vida avanzara por inercia entre las pérdidas.

Ya no hay puestos de hidratación o entrega de electrolitos e insumos para los afectados. La escena confirma lo que hace mes y medio registraban los testimonios recogidos por TalCual en la zona: un clamor ciudadano que imploraba «no se olviden de La Guaira».

Afectados por el terremoto que se encuentran refugiados en la escuela Miguel Suniaga en Pariata, afirman que «estamos feos con las ayudas». Alondra, quien se encuentra en el lugar, dice que necesitan agua, además de kits de higiene y ayuda médica. En el Licenciado Aranda, un liceo que queda en la parroquia Maiquetía y en el que se refugian personas de Playa Grande, aseguran que la desinformación ha imperado. «Cada vez nos llegan menos cosas», dice una refugiada del lugar.

Civiles organizados

Ante la contracción del auxilio institucional y gubernamental, la respuesta ha emergido de los liderazgos que nacieron en las ruinas. En el sector Caribe, la brigada Máquinas de Hierro – Topos de Venezuela encarna la transformación del dolor en organización popular.

El grupo está liderado por Javier Navarro, un habitante de la zona que en la Torre I de la OPP 26 perdió a 11 miembros de su familia directa —su mamá, su abuela, su hija, su nieto, su hermana con sus tres hijos, su padrastro y dos mascotas—, además de cinco familiares de su cuñado, sumando 18 pérdidas en su círculo íntimo.

«Nos conformamos una vez que pasamos bastante trabajo buscando a la familia los primeros días. No teníamos máquinas, no teníamos martillos, no teníamos nada. Compré una plantica en $400, una bombona grande con oxicorte, mi hermana trajo un martillo y allí iniciamos. Terminamos tumbando torres hasta con mecates, jalando. Nosotros fuimos la esperanza para que la gente se devolviera a buscar a sus seres queridos porque ya en realidad se habían ido. Perdí mi familia, sí, pero aquí seguimos. Con las gracias que me da la gente cuando le entregamos un cuerpo, me siento tranquilo. Dios me tiene para ayudar a esta comunidad», cuenta Navarro.

Junto a Javier trabaja en la coordinación logística Omarlyn Arrioja, quien no es habitante de La Guaira ni perdió su vivienda, pues reside en Caracas. Omarlyn bajó al litoral tras el terremoto, golpeada por la trágica pérdida de su mejor amiga. Aunque su plan inicial era puntual, al constatar el nivel de devastación decidió quedarse indefinidamente para ayudar.

«Yo no perdí casa, vivo en Caracas, pero perdí a mi mejor amiga aquí. Bajé por ese punto, pero vi tanta necesidad que decidí asumirlo. Al principio no me sentía capacitada para tanta responsabilidad, pero nos convertimos en un equipo maravilloso que ha traspasado barreras. Nos escriben de todas partes e incluso recibimos ayuda internacional», detalla Arrioja.

El colectivo cuenta con 25 integrantes núcleo, entre topos, médicos, cocineras y personal logístico y una red de aliados que eleva la fuerza a más de 62 personas.

Afirman que hay brigadas que se han ido retirando por falta de agua y alimento. Máquinas de Hierro habilitó un centro de acopio improvisado en la OPP 26 y avanza en la instalación de una cocina comunitaria en lo que quedó de Residencias Caribe.

La iniciativa busca frenar el impacto del desempleo masivo desencadenado por la destrucción del tejido comercial costero. Según explica Omarlyn Arrioja, la demanda principal de la población derivó del rescate a la supervivencia básica: agua potable, medicamentos para enfermos crónicos o con cáncer, y alimentos secos.

«Hay personas a las que no se les cayó el apartamento completo, pero el lugar donde trabajaban no existe. Quedaron desempleadas y de repente hay un solo familiar trabajando en Caracas que debe abastecer hasta a 10 personas. Vienen a pedir comida porque no tienen dinero ni para agua potable. Nos dimos cuenta hace mes y medio de que a las 3:00 o 4:00 de la tarde la gente no había almorzado. Ya nos donaron reverberos, planchas para arepas y congeladores desde Valencia. Vamos a arrancar haciendo 120 arepas diarias con la meta de llegar a 500 raciones y almuerzos. No queremos que se queden ahí comiendo porque es una zona de riesgo, sino que traigan su envase, se les sirva y continúen», explica a este medio.

Los ciudadanos coinciden en que el repliegue del voluntariado comenzó a acentuarse hace aproximadamente mes y medio. Por ello, hacen un llamado a la sociedad civil y a la empresa privada a concentrar aportes en proteínas, granos y medicinas.

«La gente piensa que porque no se ve el caos de los primeros días la emergencia acabó. Quienes dicen ‘no tengo gasolina’ o ‘no sé a dónde acudir’, les pedimos que vengan, visualicen el trabajo y no se olviden de La Guaira. El problema apenas está comenzando en las barriadas y nosotros no nos vamos a ir hasta ayudar a la última familia», exclama la mujer.

El mapa del repliegue

La caída de la atención de emergencia, al menos en las calles, se constata a lo largo de toda la cinta costera del litoral central.

En el campo de golf, en Tanaguarena, entre hileras que superan las 60 carpas, se mantiene erigido un campamento base bajo la coordinación de la OIM y el Equipo Humanitario de País. En la entrada, una cartelera oficial condensa la nómina de organizaciones que intentan contener el colapso.

La Cruz Roja Venezolana ofrece llamadas satelitales y puntos de recarga de batería. Agencias como el Consejo Danés para Refugiados (DRC), IsraAID y World Vision brindan contención psicosocial y apoyo legal para tramitar documentos ante el Saime, mientras un engranaje de salud integrado por Project HOPE, el IVSS, el Ministerio de Salud y la Sanidad Militar despliega desde vacunación hasta medicina general, traumatología y odontología.

World Central Kitchen y REMAR garantizan aún la distribución de raciones diarias de comida. Sin embargo, la sofisticación de este mapa operativo contrasta con la realidad inmediata de quienes viven bajo la lona: una rutina marcada por la incertidumbre de no saber cuándo se levantará ese campamento.

La brecha se acentúa apenas se deja atrás el campo de golf y se avanza hacia el centro del litoral. En el estadio de béisbol de La Guaira, las carpas de Samaritan’s Purse —que en las primeras semanas distribuían comida y kits de higiene a destajo— hoy muestran una dinámica disminuida.

Aunque el hospital de campaña mantiene sus consultas operativas en traumatología, medicina general y atención psicológica, la afluencia de pacientes ha decaído.

Habitantes de comunidades populares cercanas, como Mare, comentan a TalCual que la ayuda humanitaria desescalar. Suman semanas sin recibir cajas de alimentos o insumos básicos, aunque reconocen que la Fuerza Armada tienen un comedor y un hospital en la zona también cuentan con el apoyo de Acción Contra el Hambre.

En Catia La Mar, las grandes carpas hospitalarias y los puestos de socorro que una vez tomaron las aceras han sido desmontados. La remoción de ruinas dejó las vías despejadas pero desprotegidas, forzando a familias enteras a emprender un éxodo silencioso hacia otros municipios o a resguardarse en el hacinamiento de viviendas de familiares, ante una asistencia oficial que se fue evaporando a medida que se apagaron los focos de las cámaras.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Periodistas

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