La apertura a la inversión internacional de Venezuela forzada por la intervención de Trump es un gran momento que el empresariado colombiano no puede perder.
Mientras Colombia enfrenta un horizonte de apenas 7 años de reservas probadas de petróleo y menos de 6 de gas, Venezuela guarda bajo tierra casi una quinta parte de todo el crudo del planeta y concentra cerca del 80% de las reservas probadas de gas de Latinoamérica. La apertura del sector venezolano a la inversión internacional es, para el empresariado colombiano, la mayor oportunidad energética de la última generación.
Hace casi 30 años, en 1998, Venezuela era uno de los mayores exportadores del planeta: alcanzó a producir 3,5 millones de barriles diarios, mientras que hoy solo alcanza los 1,1 millones diarios: menos de un tercio de su pico histórico.
La paradoja es contundente: Venezuela posee el mayor “almacén” de crudo del mundo, pero aporta menos del 1% del petróleo que llega diariamente al mercado global. Es tanto el petróleo que tiene Venezuela que a su ritmo actual de explotación, tardaría casi dos siglos en agotar sus reservas probadas de petróleo. El crudo pesado, un petróleo clave en la economía colombiana y mundial de que poco se habla.
La mayor parte de ese tesoro se concentra en la Faja Petrolífera del Orinoco, con unos 279.000 millones de barriles estimados de crudo pesado y extrapesado.
En las cuencas de Maracaibo y Monagas hay petróleo convencional, aunque en volúmenes menores frente a la Faja; aun así, se estiman 24.000 millones de barriles de reservas probadas de crudo, más de 20 veces todo lo que tiene Colombia.
En gas natural, la situación es similar: un potencial enorme y subutilizado. Venezuela tiene 195.240 gigapies cúbicos de reservas probadas, casi 95 veces las reservas de Colombia, pero durante décadas las aprovechó muy poco e incluso lo ha desperdiciado.
El cambio político en Venezuela desde enero de 2026 abrió una ventana que muchos consideran difícil de repetir. A finales de ese mes, la Asamblea Nacional aprobó una nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos que quiebra dos décadas de nacionalización rígida: permite a las empresas internacionales tener mayor control sobre las exportaciones, da más autonomía a las compañías privadas en las empresas mixtas y habilita contratos de producción compartida.
Delcy Rodríguez recorriendo instalaciones petroleras venezolanas en febrero 14 en compañía del Secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright
Los resultados llegaron rápido. Las exportaciones de crudo venezolano a Estados Unidos crecieron 32% en febrero de 2026, hasta cerca de 375.000 barriles diarios. Exxon Mobil, expropiada en 2007, envió equipos técnicos para evaluar su regreso, y firmas como Halliburton, Chevron, Repsol, Trafigura y Vito ampliaron posiciones. En un escenario realista, la producción venezolana podría llegar a 2 millones de barriles diarios hacia 2030.
Colombia lleva acumulando décadas de experiencia en perforación horizontal, manejo de campos maduros, servicios de ingeniería y mantenimiento de infraestructura, precisamente lo que Venezuela requiere con urgencia. La Cámara colombiana de bienes y servicios de petroleo, energía y gas Campetrol en cabeza de Nelson Castañeda ya ha señalado la reactivación de campos venezolanos y la rehabilitación de infraestructura como las principales puertas de entrada para empresas colombianas. Campetrol tiene la lupa puesta en la nueva dinámica venezolana.
El tema del gas es estratégico para el país. Ecopetrol ya inició conversaciones formales para reanudar la importación desde Venezuela, y su presidente encargado, Juan Carlos Hurtado, ha sido claro: “Venezuela es una oportunidad porque tenemos el conocimiento técnico y operativo para aportar a la reactivación de su industria petrolera”. Ante el déficit de gas que proyectan los analistas para Colombia, contar con un vecino proveedor con reservas para casi un siglo de consumo regional cambia el tablero energético de manera estructural.
La energía eléctrica. Ecopetrol, como accionista mayoritario de ISA —uno de los principales actores de transmisión eléctrica del continente—, tiene restricciones para comercializar energía dentro de Colombia, pero no en Venezuela. Con los proyectos renovables que viene desarrollando, esto abre un nuevo vector de expansión regional.
El nuevo escenario venezolano abre una ventana muy atractiva, pero con condiciones. Frank Pearl, presidente de la Asociación Colombiana de Petróleo y Gas (ACP), lo resume bien: “No se prevé una recuperación rápida ni automática del sector. Cualquier avance relevante dependerá de cambios estructurales profundos y sostenidos en el tiempo”. Dicho de otro modo, la oportunidad existe, pero requiere más paciencia y estrategia que entusiasmo coyuntural.
Tres frentes concentran los principales obstáculos, todos superables, pero que hay que tener muy en cuenta. Primero, las sanciones de Estados Unidos: aunque la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) ha otorgado licencias específicas, el levantamiento total aún no llega, lo que limita financiamiento y participación de algunos actores. Segundo, la institucionalidad venezolana, todavía en proceso de consolidación, que obliga a estructurar inversiones escalonadas y con alto rigor jurídico. Tercero, el desgaste operativo: años de desinversión han dejado infraestructura y capacidades técnicas que requieren tiempo y capital para recuperarse.
Para Colombia, esto no cierra la ventana, pero sí define cómo cruzarla. Las empresas que quieran posicionarse como socias de la reactivación venezolana deberán combinar ambición con prudencia: fortalecer sus sistemas de cumplimiento, diseñar proyectos por etapas y asumir que los retornos, aunque potencialmente altos, llegarán en horizontes de mediano plazo.
A pesar de estas advertencias, el horizonte de mediano y largo plazo es genuinamente prometedor para Colombia. El exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, fórmula vicepresidencial de Abelardo de la Espriella, estima que una Venezuela con instituciones y reglas de mercado claras podría aportar hasta un punto porcentual adicional al crecimiento del PIB colombiano, a través de mayores exportaciones de alimentos, medicamentos, servicios energéticos y bienes industriales. En el frente estrictamente energético, esa integración puede ayudar a cerrar el déficit de gas en Colombia y abrir nuevos frentes para Ecopetrol justo cuando la producción nacional muestra una tendencia estructuralmente descendente.
El argumento final es geográfico, pero también estratégico. Colombia no tiene que cruzar un océano para aprovechar esta ventana: comparte 2.200 kilómetros de frontera con el mayor depósito de hidrocarburos del planeta. La infraestructura básica existe, la experiencia técnica existe, el tejido empresarial existe. Si Venezuela pasó en pocos años de país cerrado a socio energético en potencia, la verdadera pregunta es si Colombia tendrá la visión y la voluntad de ocupar ese lugar preferente antes de que lo hagan otros.
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