Casi cuarenta y ocho horas después de que la tierra temblará, una losa de desolación y de inmensa frustración se ha posado sobre Venezuela. Este miércoles 24 de junio, un doble seísmo de una violencia inaudita golpeó el norte del país. Pero lo que viven los venezolanos en este instante trasciende la mera fatalidad geológica. No se enfrentan solo a la destrucción; viven una tragedia dentro de la tragedia, un dolor encajado dentro del dolor. Es una suerte de matrushka perversa: en el corazón de una nación ya exangüe, asfixiada por años de deriva, acaba de insertarse la brutalidad de una catástrofe natural.
Un terremoto es, por naturaleza, incontrolable e inevitable. Las fuerzas tectónicas no obedecen a ningún gobierno. Lo que sí depende de la política, en cambio, lo que constituye la responsabilidad absoluta de un Estado, es su preparación para proteger a su pueblo, su capacidad para responder a la urgencia, su armadura institucional frente a lo peor. Sin embargo, desde hace más de un cuarto de siglo, el régimen chavista —que en sus inicios se proclamaba defensor de valores humanistas— se ha dedicado a destruir metódicamente las instituciones, a dejar pudrir las infraestructuras y a desmantelar los cuerpos de rescate. Al gestionar esta tragedia desde el desprecio y la incompetensia, estos gobernantes nos traicionan una vez más. El resultado está ante nuestros ojos, con una desnudez aterradora: un Estado fallido, incapaz de curar, incapaz de salvar.
Hoy no tenemos la menor idea de la magnitud real que alcanzará esta catástrofe. Y tal vez nunca la tengamos. El régimen ha erigido la opacidad como dogma y se ha graduado como experto en el arte de falsear estadísticas y amordazar la información. La indecencia alcanzó su paroxismo en las pantallas: mientras los minutos contaban, las cadenas de televisión del Estado transmitían concursos y telenovelas. Tuvo que pasar un silencio abismal de tres horas antes de que las autoridades se dignaran finalmente a comparecer. Y cuando Delcy Rodríguez se presentó ante las cámaras, solo fue para balbucear generalidades, incapaz de ofrecer un solo dato concreto sobre el alcance del desastre. En una crisis de esta envergadura, donde la claridad y la inmediatez de la información deciden la vida o la muerte, ese vacío oficial solo sirvió para alimentar el espanto y la incertidumbre. Fue bajo ese mismo impulso de cinismo que el régimen tardó horas en liberar el acceso a las redes sociales; las mismas redes que permitirían a la gente buscar desesperadamente a los suyos.
Bajo la mirada indolente del aparato estatal, los venezolanos empiezan a contemplar como tumbas los edificios completamente arrasados. Las imágenes que nos llegan son de una infinita crueldad. En una acera, dos madres permanecen sentadas, inmóviles, frente al esqueleto del edificio donde se encuentran sus hijos. A su lado, dos hombres extenuados, con los ojos repletos de lágrimas, fijan la mirada en esa misma masa de concreto que mantiene prisioneros —y probablemente ya muertos— a sus hijos, esposas y sobrinas. Familias enteras, vecinos y voluntarios se agotan removiendo escombros a mano limpia, sin equipo ni protocolo, guiados únicamente por la fuerza de una esperanza agonica.
Frente al vacío sideral de un poder ciego, la diáspora venezolana se ha convertido en el verdadero ministerio de emergencias. A miles de kilómetros, las redes arden. Los exiliados hacen circular los rostros de los desaparecidos, comparten listas de pacientes garabateadas a mano en trozos de papel dentro de pasillos de hospitales de fortuna. Leemos nombres, nombres y más nombres, en una letanía de la angustia, para intentar remendar lo que el caos ha roto.
Durante años, vimos a hordas de militares sobreequipados salir en columnas para reprimir la disidencia. Vimos a policías inundar las calles de gases lacrimógenos contra esos mismos ciudadanos que hoy se asfixian bajo las placas de concreto. ¿Dónde están metido hoy? ¿Dónde están los camiones de agua, los blindados, los efectivos plétoricos cuando se trata de levantar piedras en lugar de quebrar vidas? Su ausencia es una confesión. El régimen solo está armado contra su pueblo, no para protegerlo.
En esta noche oscura, solo la reacción de la comunidad internacional aporta una luz de esperanza. La solidaridad mundial se ha desplegado con una rapidez que reconforta el corazón de los venezolanos, y la diáspora expresa su gratitud eterna ante estos esfuerzos. Pero el tiempo apremia de manera dramática. Mientras se escriben estas líneas, bajo los escombros, numerosas voces se apagan ya en silencio, a falta de socorro profesional, sin poder ser salvadas.
Es un drama absoluto dentro del drama permanente de una nación. Venezuela no puede seguir siendo el juguete de geopolíticas lejanas, ni la rehén de las complacencias de confort de Washington u otras potencias que se acomodan con demasiada facilidad a la cohabitación con un régimen criminal bajo el pretexto de gestionar una ilusoria estabilidad. No podemos seguir siendo un pueblo en vilo, suspendido al capricho de intereses extranjeros que retrasan el advenimiento de una transición auténtica.
Venezuela está sin aliento. Tiene una necesidad vital, existencial, de cambio. El país está en el suelo y ya no puede seguir esperando.
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