Rebeldes – La Gran Aldea

1. Las dos caras de la rebeldía

La rebeldía es un término que encierra significados profundos e importantes. Ser rebelde implica, ante todo, alzarse frente a alguien, ya sea uno o muchos, cuando estos cruzan un límite que no tienen derecho a traspasar. Esta frontera, en esencia, tiene carácter moral. El rebelde defiende algo que considera valioso, tanto así que está dispuesto a dar incluso su vida por ello. ¿Existe entonces algo más valioso que la vida para el rebelde? Sí, una vida digna. En este sentido, el rebelde no solo dice “no” a la humillación; también, en el mismo acto de insumisión, está diciendo “sí” a la dignidad.

El rebelde actúa con coraje, no porque haya dejado de sentir miedo ante quienes le oprimen (pues quien no tiene miedo es un demente), sino porque encuentra dentro de sí, y tal vez junto a otros, la fortaleza para actuar. Comunica firmemente, a través de sus acciones y palabras, su decisión de querer vivir en una condición en la que la voluntad de otros no le sea impuesta. Rechaza especialmente el irrespeto y la iniquidad de las instituciones, o más precisamente, de aquellos que ejercen el poder desde esas instituciones.

2. No al socialismo y a la dictadura

Estos días de infamia y heroismo deben ser comprendidos, ante todo, desde una perspectiva histórica. En este sentido, los eventos que protagonizamos hoy cobran pleno sentido cuando los interpretamos en el contexto de las estructuras dentro de las cuales actuamos.

Nuestra sociedad ha atravesado diversos y significativos cambios estructurales. Entre ellos, destaco la dramática transformación en la estructura demográfica debido a la emigración masiva; la erosión de la institucionalidad estatal, que ha servido a una minoría dominante; el surgimiento de un sector cívico y militar que ha saqueado tanto recursos públicos como privados, llevando la tolerancia social ante la desigualdad al límite; la devastación del capital productivo y la infraestructura de servicios públicos; y el desmantelamiento de los sistemas de educación, salud y seguridad social. Estos cambios han afectado profundamente y de manera negativa a la mayoría de los venezolanos.

Con el transcurso del tiempo, ha ido creciendo un profundo sentimiento de justa indignación hacia aquellos que lideraron y promovieron el proyecto chavista y, posteriormente, el madurista. Inicialmente presentado como una revolución socialista democrática, este proyecto terminó transformándose, como suele ocurrir en este tipo de movimientos, en una autocracia cívico-militar con inclinaciones totalitarias.

El rechazo masivo al régimen finalmente emergió con fuerza en la actual coyuntura histórica, tanto en las urnas electorales y protestas en todos los estratos sociales, como en acciones simbólicas tan poderosas como la destrucción de numerosas estatuas de Chávez. La indignación no ha hecho sino aumentar hasta niveles críticos ante el grotesco fraude electoral y la criminal represión mediante los cuales la dictadura pretende perpetuarse en el poder.

Desde una perspectiva histórica, podemos afirmar entonces que el chavismo como proyecto político ha llegado al final de su vigencia temporal. Aunque esto no significa, debo aclarar, que la salida del dictador y sus cómplices será cosa de pocos días ni que unos cuantos chavistas – que pretenden establecer una engañosa diferencia ente “chavismo” y “madurismo” – desaparecerán por completo de la escena política.

3. Sí a la libertad y a la dignidad

Lo que hemos vivido los venezolanos a lo largo de más de dos décadas no se reduce únicamente a una historia de destrucción. El socialismo del siglo XXI, a pesar de sí mismo, ha contribuido a generar cambios en la mentalidad colectiva y en diversas prácticas sociales. Su fracaso rotundo como sistema fuertemente estatista ha llevado a la paradoja de que una parte de los venezolanos, difícilmente cuantificable pero ciertamente existente, ha ido modificando su visión de la economía, del Estado y, sobre todo, de sí mismos en el contexto de la sociedad.

Valores como la libertad individual, la resistencia ante quienes concentran y abusan del poder estatal, la defensa de la propiedad privada, la valoración positiva de la función empresarial, el respeto a la libertad de expresión y de asociación, entre otros, son componentes básicos de una visión liberal que pareciera estar ganando solidez entre nosotros. Ello, además, no está ocurriendo en detrimento de otros valores culturalmente arraigados, como la solidaridad, que también se han fortalecido en esta era de penurias. 

Parece estar en marcha entonces un cambio estructural, en el ámbito de los valores colectivos, que podría servir como base para la reconstrucción y transformación económica, política y social de nuestra sociedad. En este contexto, es posible considerar un liberalismo que, al mismo tiempo, respete la dignidad de cada ser humano al reconocer su libertad individual (siempre y cuando no afecte los derechos de los demás) y garantice a cada uno el apoyo solidario para que cada uno pueda asumir la responsabilidad sobre su vida o, en situaciones extremas, para pueda vivir en condiciones socialmente aceptables. Este enfoque representaría un liberalismo auténticamente popular y de orientación centrista, cuyo momento podría haber llegado.

4. María Corina, a la altura

María Corina Machado se ha convertido en un fenómeno político. Ha logrado establecer una conexión profunda con los valores y necesidades de millones de personas, sin importar a qué estrato socioeconómico pertenezcan. Mi interpretación de este asombroso fenómeno está implícita en los párrafos anteriores.

En efecto, la actitud rebelde que María Corina ha mantenido ante el régimen constituye un caso ejemplar. Fue una de las primeras en calificar abiertamente primero a Chávez y luego a Maduro como dictadores. De manera consistente y con gran valor, ha sostenido esta postura, esencialmente moral, durante muchos años, a pesar de los altos costos y riesgos personales. La gesta que ha liderado durante los meses recientes ha tenido un carácter verdaderamente heroico, demostrando su capacidad para actuar de manera creativa y eficaz en cada circunstancia que ha debido enfrentar, en pos del ideal estratégico que la orienta. Su espíritu rebelde, su coherencia y sus capacidades son, sin duda, rasgos admirables.

Por otra parte, María Corina ha sido una persistente adversaria del socialismo. Siempre ha acusado a este sistema de cercenar la libertad, fortalecer a quienes gobiernan y empobrecer y someter a los ciudadanos. Los hechos han confirmado sus argumentos. Pero hay más: una de las secuelas más aciagas del paso del socialismo por nuestro país ha sido la disgregación de nuestras familias y amistades. María Corina, como madre, también ha vivido esa dolorosa experiencia. Ha surgido así una inédita comunión de sentimientos entre ella y una enorme cantidad de venezolanos.

Por último, María Corina ha defendido, también con claridad y perseverancia, la idea de establecer una economía de mercado abierta y competitiva, un Estado democrático realmente centrado en el interés general y no capturado por intereses particulares, y una sociedad civil plural y autónoma del Estado. No es casual entonces que los venezolanos, víctimas de la revolución socialista, dirijan su atención al mensaje de María Corina al imaginar una realidad diferente y mejor, en la que existan oportunidades para todos y privilegios para nadie. 

¿Quién, entonces, puede personificar hoy la esperanza de liberación, reunificación y transformación que la mayoría de los venezolanos siente? María Corina, con su espíritu rebelde, su capacidad política, su firme oposición al socialismo estatista y su defensa apasionada de la dignidad, la libertad y la solidaridad, está sin duda a la altura del desafío que enfrenta Venezuela en estos tiempos difíciles. 

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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