Categorías: Política

La Transición Venezolana: Desafíos y Realidades de una Sociedad en Cambio

Una transición se puede entender como el paso de una situación a otra, como el cambio progresivo de una realidad que se le parece hacia una situación nacida de su seno que tiende a ser diferente, o que terminará siendo otra cosa. No es un cambio brusco, por consiguiente, sino el producto de una evolución pausada. Las fuerzas que la mueven no son revolucionarias debido a que no se inclinan por la brusquedad, mientras aquellas que la adversan apuestan por una demora que los debe beneficiar porque son las criaturas principales de la situación que requiere cambios, o sobre las que se presiona para convertirlas en pasado.

No es una mudanza que depende de la urgencia, aunque tal urgencia exista, sino de un negocio que puede ser moroso hasta extremos que pueden parecernos insoportables. Los factores que deben ser reemplazados hacen lo que pueden para demorar su viaje al cementerio, mientras las figuras de reemplazo generalmente ensayan pasos que no se caracterizan por la firmeza. Si hubiera tal firmeza no se hablaría de una transición, sino de una metamorfosis inminente y amenzante. El vocablo amenazante importa mucho ahora, porque no solo puede explicar la estrategia de los candidatos al desplazamiento que pugnan por su sobrevivencia, sino también los movimientos de las fuerzas que apuestan por la novedad sin tener la sartén por el mango, esto es, sin armas útiles de verás para una victoria próxima.

De lo cual se puede deducir la endeblez de los factores que pretenden el cambio en Venezuela. Hay varios asuntos que refieren a su debilidad: el hecho de que fuera un factor externo la causa principal de la mutación que está en el programa (no es su obra, porque la llevó a cabo Donald Trump); la desunión de sus figuras estelares y las trabas que impone el predominio de las fuerzas del establecimiento. Así mismo, por lo tanto, también tenemos varias posibilidades de entender la privanza de los elementos que procuran sobrevivencia en medio de una situación de incertidumbre: la permanencia de sus líderes fundamentales en la cúpula, con la exepción de Maduro y su mujer; el mantenimiento de las fuerzas principales de la represión, algunas en vigorosa actividad, y la ausencia de una cabal libertad de expresión a través de cuya actividad se facilitaría la llegada de futuro porque comunicaría la realidad en forma más verídica o profesional, esto es, porque dotaría de entendimiento masivo o redondo a un proceso que no lo tiene.

Si se toma al pie de la letra el contenido del párrafo anterior llegaríamos a una conclusión lapidaria, o a un entendimiento especialmente digno de atención: la sociedad venezolana no actúa o no está actuando como protagonista de la transición. La situación devenida después del bombardeo imperial ha quedado en manos de los colaboradores del bombardeado, que reinan sin premura excesiva en las alturas, y de un sector político de oposición que pretende sacarlos del juego con más soledad que compañía. Se mueven y reinan en un paisaje de pocos habitantes. No se habla aquí de los diputados no pesuvitas que se sientan en la Asamblea Nacional porque son ovejas complacientes del régimen, sino del resto de las figuras y de las organizaciones realmente opositoras que quieren acabar con los desmanes y con las atrocidades del madurismo todavía campante, pero que no han buscado la manera de poner en movimiento a la sociedad venezolana para que salga de la pasividad y la mieditis y ocupe el lugar que la historia le reclama.

Los ejemplos de una manipulada Ley de Amnistía y la designación de empleados sumisos o simpáticos para el régimen en los cargos de Fiscalía y Defensoría demuestran cómo se la juegan en las alturas para evitar el desplazamiento, pero también la ausencia de factores que presionen de verás para evitar una parodia de tal magnitud. Tales casos refieren a la poca influencia de la sociedad en los asuntos de la transición. En manos de contados autores y sin resortes masivos que conduzcan a concesiones concretas y evidentes, que arrinconen a unos mandones que todavía no se enfrentan a una hostilidad capaz de asustarlos de verás, de ponerlos a pensar en la posibilidad de hacer maletas, la transición será sinónimo de quimera. No habrá transición mientras las mayorías de la sociedad no demuestren que la necesitan como el aire para respirar.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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