Gustavo Petro llegó a la residencia de la embajada de Colombia en Washington la tarde previa a su reunión con Donald Trump. No fue una escala para descansar ni un gesto protocolario. Allí vive su viejo amigo, el embajador Daniel García Peña. Se conocen y se tienen confianza porque además han superado conflictos personales complicados como la renuncia de García Peña como asesor internacional en la Alcaldía de Petro, de la cual se fue con una dura carta cuestionándole su autoritarismo gobernante.
La casa, ubicada en el corazón de Dupont Circle, un barrio que, aunque se ha venido un poco a menos, sigue siendo cosmopolita con galerías de arte, tiendas de diseñador y restaurantes, se convirtió en el centro de operaciones de la delegación que ya llevaba días afinando los documentos con los que el presidente colombiano defendió su política antidrogas en la Casa Blanca. El embajador tenía para mostrarle a Petro el libro The art of the Deal escrito por Trump, que finalmente terminaron llevándoselo a la reunión, que fue de gran utilidad para romper el hielo y las prevenciones. Trump terminó dedicándoselo a Petro, algo que lo complació tanto que terminó publicándolo en su cuenta X.
¿Qué me quiso decir Trump en esta dedicatoria?
No entiendo mucho el inglés pic.twitter.com/biNGKcVBu2
— Gustavo Petro (@petrogustavo) February 3, 2026
Sobre el comedor, en el salón principal de la casa estilo francés, se revisaron cifras, se ajustaron argumentos y se ordenó la estrategia de una visita que nació marcada por los roces entre ambos presidentes y por una relación personal que había pasado de las descalificaciones a la necesidad de diálogo directo. Desde esa residencia, Petro salió al día siguiente rumbo a la Casa Blanca para una reunión que se extendió durante cerca de dos horas y que cumplió con creces el cometido de distensionar las relaciones y abrir un canal de comunicación directa entre los Presidentes.
La casa donde llegó el presidente es desde hace ocho décadas la residencia oficial de quien sea escogido para ocupar el cargo más importante de Colombia en el exterior. Está ubicada en el 1520 de la calle 20 Northwest, a un costado del acceso norte de la estación del metro de Dupont Circle y a una cuadra de la avenida Massachusetts, un corredor donde se agrupan varias embajadas. Aunque las oficinas de la misión diplomática colombiana funcionan en Kalorama, la residencia se ha mantenido como el espacio clave de la representación del país en Washington, donde se realizan encuentros políticos, recepciones, reuniones de trabajo de alto nivel y se hospedan presidentes como en el caso de Gustavo Petro quien prefiere las residencias diplomáticas y no los hoteles. Es el lugar donde se han tomado decisiones trascendentales frente a las relaciones con Estados Unidos y Colombia.
El embajador actual
El actual ocupante de la casa es el historiador Daniel García-Peña, quien asumió como embajador de Colombia ante Estados Unidos el 6 de junio de 2024. García-Peña es un viejo conocido del presidente Petro: trabajó con él en la Alcaldía de Bogotá durante el periodo de la Bogotá Humana, cuando fue director de Relaciones Internacionales de donde salió molesto.
El vínculo entre estos dos hombres no ha estado exento de tensiones: García-Peña está casado con María Valencia Gaitán –nieta de Jorge Eliecer Gaitán-, quien fuera secretaria de Hábitat en la administración de Petro y cuya salida fue la gota que rebasó la copa y suscitó la dura carta con la que García Peña dejó el cargo. Todo es asunto del pasado y ella dirige el Centro Nacional de Memoria Histórica, una entidad clave en la política de memoria del conflicto armado en Colombia y él ocupa el cargo diplomático de más alto nivel del país.
Un poco de historia
La residencia fue construida a comienzos del siglo XX, entre 1904 y 1905, por encargo del industrial estadounidense Thomas T. Gaff, un empresario que hizo su fortuna en Cincinnati con una destilería y comercializando maquinaria pesada para la construcción. Gaff se trasladó a Washington cuando fue designado para integrar la comisión de construcción del canal de Panamá por el entonces secretario de Guerra de Estados Unidos, William Howard Taft. Para su casa en la esquina de las calles 20 y Q, Gaff contrató al arquitecto neoyorquino Bruce Price, quien trabajó en conjunto con Jules Henri de Sibour, arquitecto y constructor de una larga lista de grandes residencias en Washington. De Sibour fue responsable, entre otras obras, de construir la casa de Clarence Moore, el prominente empresario norteamericano que murió ahogado en el Titanic, el edificio Andrew Mellon y las residencias diplomáticas de Portugal, Francia y Luxemburgo.
La casa de la embajada de Colombia en Washington fue donde Petro armó la estrategia para la reunión de Trump.
Desde sus primeros años, la Casa de Thomas T. Gaff, como se conoce históricamente, se integró a la vida social de la capital estadounidense. Allí se realizaron encuentros de la alta sociedad y eventos que eran reseñados en la prensa de la época. Tras la muerte de Gaff, la propiedad pasó por manos de figuras influyentes de la política estadounidense. Fue alquilada por el senador Peter G. Gerry, de Rhode Island, y luego por Dwight Davis, secretario de Guerra durante la presidencia de Calvin Coolidge. Más adelante, el gobierno de Grecia la utilizó como sede de su embajada. El recorrido de propietarios terminó en 1944, cuando la hija heredera de Gaff, Carey D. Langhorne, le vendió la casa al Estado colombiano.
La compra se hizo durante el gobierno del conservador Mariano Ospina Pérez y fue negociada directamente en Estados Unidos por el entonces embajador colombiano, el liberal Carlos Sanz de Santamaría. Desde ese momento, Colombia se convirtió en el segundo dueño de la casa y la destinó de manera permanente como residencia oficial de su embajador en Washington. Desde su adquisición, por allí han pasado alrededor de 40 embajadores colombianos, lo que la convierte en archivo silencioso de la relación bilateral entre ambos países.
Ex presidentes y ex ministros han ocupado la casa
La lista de quienes la han habitado incluye a expresidentes como Turbay Ayala y Virgilio Barco, quienes estuvieron antes de llegar a la Presidencia de la República. Veintiséis años después, en 2006, su hija Carolina Barco ocupó la residencia como embajadora durante el gobierno de Juan Manuel Santos, tras haber sido canciller en el gobierno de Álvaro Uribe. Andrés Pastrana fue el primer expresidente que la habitó como embajador, nombrado también por el presidente Uribe cuando el economista Luis Alberto Moreno dejó el cargo para asumir la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo.
Más recientemente, Carlos Urrutia, también embajador de Juan Manuel Santos, pasó algún tiempo en la casa. Su gestión coincidió con un proceso de renovación de la residencia, pero su salida se produjo al año, forzado a renunciar por las denuncias del senador Jorge Enrique Robledo, señalado de haber asesorado como socio del bufete Brigard Urrutia al ingenio Riopaila—Castilla en la adquisición de cerca de 40.000 hectáreas de tierras baldías en el Vichada.
Más allá de su peso simbólico, la casa conserva rasgos arquitectónicos que la hacen singular dentro del paisaje urbano de Washington. El diseño se inspira en un castillo normando y combina estilos europeos de los siglos XVII y XVIII. En su interior conviven paneles de madera de estilo isabelino, una escalera barroca y salones que fueron concebidos para recepciones formales. Uno de los espacios más conocidos es un salón de baile oculto, que se revela tras una pared movible de madera y que ha sido utilizado para eventos diplomáticos, conciertos y actos de beneficencia. Aunque originalmente existieron más de doscientos planos del diseño de la casa, hoy solo se conservan una veintena, lo que ha convertido cualquier trabajo de restauración en un desafío.
Con la reciente visita de Petro, en medio de las carpetas que contenían las evidencias de las incautaciones de la Armada Nacional, los esquemas de las operaciones antinarcóticos y la sustitución de cultivos, la residencia diplomática, que ha visto pasar décadas de componendas políticas, levantada hace más de un siglo, volvió a ser el lugar donde se cruzan los intereses de dos países y donde se organizan, lejos del ruido público, las discusiones del poder en el centro de Washington.
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