Las denuncias de tratos abusivos abundan por miles. Las imágenes de detenciones violentas, con agentes vestidos con pasamontañas y sin ningún tipo de orden legal, están a la orden del día en las redes. En los centros de detención improvisados, que mantienen a cientos de personas hacinadas, con comunicación inapropiada, sin la debida asistencia legal, con duchas hirviendo, comida cruda, cucarachas y catres donde dormir es imposible, lo que mayoritariamente se habla es español. Afuera, los familiares apenas se atreben a visitar por miedo a ser detenidos también por los organismos parapoliciales del gobierno.
No, no estamos hablando del chavismo ni del nazismo, no es la razia madurista ni la ilegalidad de Bukele, no es la Alemania nazi ni las dictaduras del sur. Es el apartheid de la administración Trump.
Según el diccionario, apartheid es el nombre que recibe una política o un gobierno que discrimina a sus ciudadanos según su raza.
Nadie que me esté leyendo y se encuentre en Estados Unidos está a salvo. Aquí, hablar español o ser hispano se convirtió en motivo de sospecha, en un boleto con todas las papeletas para ser detenido. Y si usted es mestizo, mucho más. Si luce aindiado o moreno, si sus rasgos son zambos o su tez es muy aceitunada, está claro que es un blanco fijo.
Era inimaginable que el país que nació abanderado de la libertad como nunca antes en la historia pasara por un período tan oscuro. Estados Unidos, el reino que acogía a los oprimidos del mundo, que dio oportunidades a los pobres y desplazados por las guerras, que albergó a quienes escapaban de regímenes comunistas, a los homosexuales que huían de la homofobia y a los buscadores de libertad de todo el orbe, es hoy un país cuyo gobierno persigue a la gente por su color de piel, desobedece a los tribunales que ordenan el debido proceso y le paga a agentes recién entrenados para sacar con violencia y enmascarados a quien hable español o no tenga la tez blanca.
Y hay un agravante: los detenidos tienen precio. Las cuotas de logros se pagan con bonos. ¿Qué diferencia tienen estos procedimientos con los de un secuestro? Yo no se la encuentro. Hay incluso una cifra establecida para su libertad temporal: si usted logra que le concedan una fianza antes de ir a un juicio —en el que raramente obtendrá otro desenlace que no sea la deportación—, tiene que pagar 15.000 dólares. La libertad se convirtió en un negocio para el gobierno de Donald Trump.
¿Lo peor? Desde el exterior, Estados Unidos se ha convertido en un disruptor indeseable y los puentes para la empatía con su población son inexistentes. Adentro, las instituciones de contrapoder están dominadas por el Partido Republicano, que decidió seguir ciegamente al mandatario aunque eso vaya en contra de sus propios principios y de la ley.
En el horizonte asoma una gran esperanza: que Trump pierda las cámaras del Congreso en noviembre, o al menos una de ellas, para poner fin a esta terrible hegemonía que lleva dos años que parecen veinte. Pero esto viene acompañado de una gran amenaza yuxtapuesta: que Donald Trump no reconozca los resultados. Ya lo hizo una vez y nadie duda de que sea capaz de hacerlo de nuevo.
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