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Entierro entre Destrucción: La Trágica Historia de Raquel tras el Terremoto en La Guaira

No hubo formalidades en la despedida. Solo parte de una familia que si bien perdió a un ser querido, salió del cementerio sabiendo que apenas todo vuelva a la normalidad tendrá una certeza: un lugar donde llevar flores y llorar a Raquel.

«Encontraron a mami». La frase llegó como un golpe seco, desmoronando los 11 días en los que nos aferramos a la idea de que saldría con vida. Mis primas Anyeli y Yoglismar «Coyito» habían viajado desde Río Chico y Bolívar, respectivamente, movidas por la única obsesión que ha dominado nuestras vidas desde el 24 de junio: hallar a su madre, Raquel, quien vivía en el piso uno del edificio Solimar, en Playa Grande.

El proceso se activó como una coreografía de la tragedia. La noticia del hallazgo del cuerpo corrió por WhatsApp y llamadas telefónicas, convocando a tíos, primos y otros parientes, incluída la madre de Raquel que se sumaban al círculo de duelo.

Raquel no intentó salvarse sola. Dicen los vecinos que, aquel día, en medio del doble terremoto que estremeció La Guaira, ella y su esposo, Manuel Rquena, se devolvieron a salvar a una vecina y a su bebé. Fue un acto de nobleza que, al final, los sepultó a todos bajo cuatro pisos de concreto. La última señal de vida que se reportó en el lugar fue el jueves 25 de junio. Después de eso, solo hubo incertidumbre, pero no resignación.

La tragedia se sintió en cámara lenta. La ayuda del Estado, la maquinaria y las manos expertas no llegaron de inmediato; solo aparecieron el martes siguiente. Durante días, vivimos en el vaivén de la esperanza y el desencanto: brigadas que iban y venían, rumores que aseguraban que había vida y otros que dictaban lo contrario.

*Lea también: SNTP: siete trabajadores de la prensa fallecieron a consecuencia de los terremotos

Tuvieron que pasar 11 días para que el silencio de los escombros se rompiera con la confirmación. Cuando mis primas llegaron a Los Silos —esa morgue improvisada que hoy es el epicentro del dolor guaireño—, no tuvieron que caminar entre los cuerpos. Sin embargo, el entorno les devolvió la imagen de lo que nos toca vivir como país: el dolor contenido, el silencio aturdidor y la consternación de cientos de familias que aún deambulan esperando una respuesta.

Adentro, el reconocimiento fue rápido, el acta de defunción se tramitó y, con el cuerpo recuperado, comenzó la carrera contra el tiempo para el entierro.

El sepelio se detuvo. El carro con el auto se frenó. No sabían dónde estaba la bóveda donde sería enterrada, hubo que buscar quién había sido el último fallecido enterrado allí para evitar violar otras tumbas. La encargada del cementerio de La Guaira, pedía disculpas a los parientes, explicaba que debía ser rigurosa, que el orden era la única defensa que le quedaba en medio de una emergencia donde ya otros, desesperados por enterrar a sus muertos, la habían amenazado.

Cuando llegó el ataúd, donado por el Estado, decidimos entrar por un costado del camposanto, donde el terremoto había derribado unas paredes. Ese camino daba justo frente a la tumba. Quizás quienes decidieron pasar por allí, pisando restos de muros, no se detuvieron a pensar que estaban caminando sobre la misma destrucción que nos arrebató a los nuestro.

Todo fue rápido, tanto que parecía irreal. Éramos una familia en shock, desorbitados por el impacto. Había dolor, sí, pero era un dolor contenido por la incredulidad, esa sensación de que nadie esperaba que esto terminara así.

No hubo flores. La emergencia ha cerrado todos los comercios. No hubo un cura. La madre de Raquel, destilaba un dolor que parecía haber consumido toda su capacidad de llanto. «La encontramos. Recuérdenla bonito porque así ha quedado, como siempre fue», dijo, mientras el ataúd bajaba a la tierra.

Su padre, Arturo Sánchez, desde la parte trasera de la tumba, rompió el silencio con una oración: «Ángel de mi guarda, dulce compañía, no la desampares ni de noche ni de día». Apenas se le escapaban las palabras entre lágrimas. Éramos unos veinte, los que pudimos llegar, los que pudimos despedirla en medio del desastre.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.


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rpoleoZeta

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