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El Chavismo: Reflejo de la Crisis Política y Cultural en Venezuela

Durante un cuarto de siglo, la política venezolana ha practicado con disciplina un deporte que ya forma parte de nuestra cultura pública: cambiar de villano como si con eso cambiara el país. Primero fue Hugo Chávez, el origen de todos los males, el hombre cuya desaparición —se prometía con solemnidad— abriría las puertas de la democracia, como si Venezuela fuera un melodrama donde basta con que el tirano caiga para que las instituciones florezcan a la mañana siguiente. Después fue Nicolás Maduro, el heredero grotesco, la caricatura tropical que muchos consideraron demasiado torpe para sostener el poder durante mucho tiempo. Ahora, llegaron los hermanos Rodríguez, convertidos en la nueva encarnación del mal burocrático, y para completar el catálogo de villanos siempre estuvo Diosdado Cabello, el personaje que la imaginación política nacional necesita para explicar cada derrota.

La fórmula es cómoda, casi terapéutica: si el problema es un hombre, basta con sacarlo del escenario para que el país vuelva a la normalidad. Lo único incómodo es que la realidad venezolana lleva más de veinte años desmintiendo esa fantasía con una paciencia pedagógica que debería avergonzarnos.

Porque el chavismo nunca fue solo Chávez, ni solo Maduro, ni solo Cabello, ni solo los Rodríguez. El chavismo es algo más incómodo de admitir: el chavismo fue y son venezolanos que crearon un sistema político que aprendió a sobrevivir no solo a sus enemigos, sino también a sus propias crisis, y que ha demostrado una capacidad de adaptación que algunos jamás se han tomado la molestia de entender y aceptar.

Y aquí aparece una pregunta que la política venezolana ha evitado durante años con una mezcla de pudor y autoengaño: ¿hasta qué punto una parte importante de la oposición terminó funcionando dentro del mismo sistema que decía combatir?

No se trata de una teoría conspirativa ni de una acusación moral simplista, sino de una observación empírica que la historia reciente del país repite con obstinación. Durante veinte años, la oposición venezolana ha producido una sucesión casi religiosa de liderazgos providenciales, cada uno presentado como la última esperanza nacional, cada uno acompañado por la promesa de que esta vez sí, esta vez el régimen estaba acabado, esta vez la transición era inevitable.

La lista de líderes y figuras opositoras puede parecer el santoral político de una fe que siempre anuncia el milagro y siempre termina celebrando la próxima aparición del mesías. Cada ciclo ha tenido su liturgia completa: el líder emergente, la movilización multudinaria, la narrativa épica, las negociaciones discretas, el desgaste progresivo y finalmente la adaptación al sistema que se prometía derrotar. No necesariamente por traición —aunque también las hubo— sino por algo más banal y frecuente en la política latinoamericana: cálculo, supervivencia, ambición personal o simple incapacidad estratégica.

Pero hay una verdad todavía más incómoda que la política venezolana rara vez se atreve a mirar de frente. El chavismo no apareció en el vacío ni fue un accidente histórico inexplicable. Su origen está profundamente conectado con la propia sociedad venezolana.

Mucho antes de que Chávez llegara a Miraflores, una parte importante del país —incluidas élites políticas, económicas y mediáticas— había normalizado algo que en cualquier democracia consolidada habría sido un escándalo irreversible: el aplauso abierto o silencioso a los intentos de golpe de Estado de 1992. Aquella conspiración militar contra la democracia no solo tuvo simpatizantes en los cuarteles; también encontró indulgencia en sectores civiles profundamente desencantados con el sistema político de la llamada IV República. Intelectuales, empresarios, dirigentes políticos y comentaristas públicos justificaron, relativizaron o incluso celebraron la irrupción del joven teniente coronel que prometía barrer con una clase política desacreditada.

Ese momento fundacional importa más de lo que muchos quisieran admitir, porque fue entonces cuando una parte significativa de la sociedad venezolana comenzó a legitimar la idea de que la democracia podía ser reemplazada por un redentor autoritario.

Cuando Chávez ganó las elecciones de 1998 lo hizo dentro de la legalidad electoral, pero también montado sobre ese clima de descomposición institucional y desencanto ciudadano. El chavismo, en ese sentido, no fue solo un proyecto político; fue también el síntoma y expresión de una crisis social más profunda. Pero con el tiempo ocurrió algo aún más decisivo: el chavismo no solo conquistó el poder, también transformó la cultura política del país.

Durante más de dos décadas, el régimen consolidó un modelo basado en la lealtad clientelar, la distribución discrecional de recursos, la corrupción estructural y el uso sistemático del chantaje político como herramientas de gobierno. Programas sociales convertidos en mecanismos de control, redes de distribución de alimentos condicionadas políticamente, sistemas de vigilancia comunitaria y un aparato estatal diseñado para premiar la obediencia y castigar la disidencia fueron moldeando nuevas formas de relación entre ciudadanos y poder.

En ese ambiente prosperaron —y en muchos casos se profundizaron— rasgos culturales que ya existían en la sociedad venezolana: la llamada viveza criolla, la desconfianza hacia las instituciones, la percepción de que el poder es ante todo un espacio para obtener beneficios personales. El chavismo no inventó esas conductas, pero sí las potenció y convirtió en parte central del funcionamiento del sistema político. Tomó algunos de los rasgos más oscuros de la cultura política venezolana y los elevó a categoría de método de gobierno.

La corrupción dejó de ser una desviación para convertirse en estructura.
El oportunismo dejó de ser un vicio marginal para convertirse en estrategia de supervivencia. La manipulación dejó de ser una táctica ocasional para convertirse en política de Estado. En ese proceso ocurrió algo todavía más profundo: el propio significado de la venezolanidad comenzó a deformarse.

Durante décadas, la identidad venezolana estuvo asociada —con todos sus problemas— a una idea de movilidad social, modernización democrática y convivencia civil. El chavismo, en cambio, fue construyendo una narrativa donde la nacionalidad terminó asociada a la precariedad institucional, al autoritarismo y al colapso económico. Venezuela dejó de ser percibida en gran parte del mundo como una democracia imperfecta y pasó a convertirse en sinónimo de crisis, migración masiva y régimen autoritario convertido en una organización del crimen trasnacional, narcotraficante y violador sistemático de los derechos humanos.

El daño no fue solo institucional; también fue simbólico. La identidad nacional comenzó a cargarse de una connotación negativa que el propio régimen explotó políticamente: un país acostumbrado a sobrevivir, a adaptarse, a resolver individualmente lo que el Estado destruye.

El chavismo, en ese sentido, no solo gobernó a Venezuela: reconfiguró parte de su cultura. Transformó prácticas sociales, degradó expectativas institucionales y normalizó formas de relación con el poder basadas en la dependencia, el miedo o el oportunismo. Y lo hizo porque esa transformación cultural también era funcional para conservar el poder.

Venezuela ha atravesado en veinticinco años una secuencia devastadora de crisis: colapso institucional, hiperinflación, empobrecimiento masivo, represión política y una migración que supera los ocho millones de personas. Ninguna sociedad atraviesa una experiencia histórica de esa magnitud sin cambiar profundamente. La Venezuela de hoy no es la que eligió a Chávez en 1998. Tampoco es la que llenaba las calles en 2014 o 2017. Es una sociedad fragmentada, fatigada y dispersa por el mundo. Y, sin embargo, incluso en medio de esa transformación, algo ha sobrevivido.

Porque si el chavismo logró deformar prácticas políticas y degradar instituciones, no logró borrar del todo una aspiración que sigue latente en amplios sectores de la sociedad venezolana: la idea de que la democracia sigue siendo el horizonte deseable. Paradójicamente, millones de venezolanos redescubrieron el valor de las instituciones democráticas viviendo en países que las conservaban, mientras el país de origen se acostumbraba a la normalidad autoritaria.

Tal vez por eso la reconstrucción democrática venezolana ha sido tan difícil. El país arrastra ahora una doble herencia: por un lado, la degradación institucional y cultural producida por el chavismo; por otro, una memoria democrática que aún sobrevive como nostalgia, como aspiración o como proyecto pendiente.

Por eso, la discusión sobre Venezuela no puede seguir reduciéndose al reemplazo de un nombre por otro en el palacio presidencial. El chavismo no es solo un gobierno: es un sistema que, durante veinticinco años, reorganizó el poder, degradó instituciones y deformó parte de la cultura política del país. Desmontarlo exige algo más que elecciones o acuerdos políticos; exige más que una transición tutelada por el gobierno norteamericano: exige una revisión profunda de la propia sociedad que lo hizo posible. Ninguna democracia se reconstruye si antes no se reconoce con honestidad el tipo de prácticas, valores y complicidades que permitieron su destrucción.

La verdadera transición venezolana será, inevitablemente, un proceso moral antes que político. Implicará recuperar la idea de que el poder no es un botín, que la ley no es una formalidad negociable y que la ciudadanía no se reduce a la supervivencia individual. Significará también construir una venezolanidad distinta a la que el chavismo explotó y degradó: una identidad fundada en la responsabilidad cívica, el respeto institucional y la conciencia de que la democracia no es un episodio ocasional de nuestra historia, sino una construcción que exige vigilancia permanente. El chavismo convirtió los peores rasgos de nuestra cultura política en sistema de gobierno. Superarlo exige exactamente lo contrario: reconstruir un país donde esos rasgos vuelvan a ser vergüenza pública y no método de poder. Solo entonces Venezuela podrá recuperar no solo su democracia, sino también algo más profundo: el respeto por sí misma.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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