A diferencia de las crisis políticas del siglo XX en el Medio Oriente, que se reflejaban en el precio del petróleo, el cambio fundamental en la matriz energética global ha hecho del gas natural y de su hermano siamés, el gas natural licuado (GNL), piezas clave en el tablero político energético de la región y en la geopolítica global.
La situación en el estrecho de Ormuz ha pasado de ser una amenaza retórica a una crisis operativa real, lo que ha generado una perturbación histórica en el mercado global de hidrocarburos. Los esfuerzos estadounidenses para forzar a Irán a permitir la libre navegación en el estrecho degeneraron en la destrucción de activos petroleros y de gas en Irán y en los demás países del Golfo Pérsico.
Los bombardeos israelíes contra el gigantesco campo de gas de South Pars en Irán, al igual que la respuesta iraní al bombardear el aún más extenso campo de North Dome en Catar, han causado daños en la infraestructura global de suministro de GNL que tardarán años en repararse. Los daños a las refinerías en Arabia Saudita, Bahréin e Israel ya están desequilibrando los suministros de productos, en particular del combustible de aviación.
Los mercados petroleros continuaron su quinta semana consecutiva de alza, con el Brent cotizando cerca de 112 dólares por barril. La administración Trump ha intentado calmar las preocupaciones del mercado por todos los medios disponibles: eximiendo a la administración de la Ley Jones; suavizando aún más las sanciones a Rusia; levantando las sanciones al petróleo iraní transportado por vía marítima; y drenando crudo de las reservas estratégicas. Sin embargo, la percepción del mercado se centra en que el estrecho de Ormuz está cerrado para la mayoría de la navegación no iraní y que la licuefacción de gas natural de Catar e Irán está inactiva. Desde que comenzó la guerra, apenas 100 tanqueros han atravesado con éxito el estrecho, cuando normalmente ese es el tráfico que se manejaría diariamente.
La Guardia Revolucionaria de Irán mantiene el control físico de Hormuz, permitiendo el paso únicamente a buques de países considerados «no enemigos», como China o Turquía, tras negociaciones diplomáticas específicas.
Israel continuó con su estrategia para eliminar a los altos mandos del régimen iraní. Esta vez fue Ali Larijani, el jefe de seguridad, cuyo fallecimiento confirmó anoche Irán. Larijani tomó las riendas de Irán tras la muerte del líder supremo, Ali Jamenei, ostentaba más poder que el presidente, Masoud Pezeshkian, que tiene un perfil más diplomático, e incluso más influencia que el recientemente nombrado líder supremo, Mojtaba Jamenei.
Larijani fue uno de los arquitectos de la estrategia de defensa y de represalias iraníes en la actual guerra. Sin embargo, se piensa que la campaña militar podría seguir su curso pese a su ausencia, ya que el régimen ha preparado hasta cuatro niveles de sucesión para cada puesto de mando gubernamental y militar, de modo que las estructuras de mando y control puedan continuar a pesar de los «ataques selectivos» israelíes.
El ejército iraní declaró durante el fin de semana estar listo para cerrar el estrecho de Ormuz indefinidamente si el presidente estadounidense, Donald Trump, cumple su amenaza de bombardear sus centrales eléctricas. Por otra parte, una fuente iraní comunicó a la CNN que Teherán avanza en la monetización de su control sobre esta vital vía marítima.
Las fuerzas estadounidenses han atacado repetidamente los barcos iraníes encargados de colocar minas en el estrecho y en su cercanía. El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, informó que aproximadamente 44 fueron destruidos hasta el 18 de marzo. También reportó que han utilizado aviones que vuelan a baja altura, helicópteros Apache y ataques aéreos de precisión —incluidas bombas antibúnker— contra barcos, puntos de lanzamiento costeros e infraestructuras que podrían apoyar ataques con misiles antibuque y drones contra embarcaciones.
En paralelo, el Pentágono ha ordenado el envío de marines y buques de guerra anfibios, incluido el USS Tripoli con elementos de la 31.ª Unidad Expedicionaria de Marines (aproximadamente 2.500 marines), hacia Oriente Medio para situarse frente a la costa como fuerza de respuesta rápida ante crisis y de seguridad marítima. Todas estas maniobras buscan dar a los comandantes opciones de evacuación, misiones de abordaje y escolta, y operaciones litorales limitadas, sin comprometer grandes fuerzas terrestres en Irán, aunque añaden a la escalada del conflicto.
Mientras tanto, un gran número de embarcaciones han quedado inmovilizadas o han tenido que desviarse ante las amenazas y los ataques directos contra buques petroleros. Como era de esperarse, el precio del combustible para barcos se ha disparado un 87% desde el inicio de las hostilidades, a niveles no vistos desde el comienzo de la invasión de Ucrania en 2022.
Al no poder exportar ni almacenar más crudo, productores clave como Arabia Saudita, Irak y Kuwait han tenido que cerrar la producción, lo que ha reducido la capacidad en unos 8,5 millones de barriles al día. Asimismo, toda la producción de GNL en la región está fuera de servicio y requerirá un mantenimiento mayor para volver a funcionar. Esto ha duplicado e incluso triplicado los precios del gas en Europa y Asia, amenazando la generación eléctrica y la producción de fertilizantes, con consecuencias a lo largo de toda la cadena productiva global.
Ante esta crisis, se está implementando un conjunto de medidas paliativas. La Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) ha coordinado la mayor liberación de reservas de crudo de la historia: 400 millones de barriles (400 MMbbl), aportando unos 3,3 millones de barriles por día (3,3 MMbpd) al sistema; una cifra insuficiente para cubrir el déficit masivo y poco efectiva si el conflicto se alarga.
Por otro lado, los oleoductos que evitan el estrecho de Ormuz tienen una capacidad de solo 5 millones de barriles por día, aunque su utilidad está siendo puesta en duda por los ataques iraníes contra algunas infraestructuras, como el puerto de Fujairah en el golfo de Omán y la refinería en las afueras del terminal de Yanbu en el mar Rojo, lo que reduce su operatividad.
Adicionalmente, una fuente militar iraní advirtió que nuevos ataques de EE. UU. o una invasión de la isla de Kharg —su mayor terminal de embarque y almacenamiento— podrían provocar que Teherán intensifique la situación, amenazando las vías marítimas cercanas, incluidos el Mar Rojo y el estrecho de Bab al-Mandab. Hay que recordar que los hutíes de Yemen redujeron al mínimo el tránsito por Bab al-Mandab en los últimos años. Al mismo tiempo, Irán permite el paso de algunos buques vinculados a China, India y Pakistán mediante negociaciones diplomáticas, mientras mantiene el bloqueo al resto del tráfico internacional. Incluso se observó el paso de un tanquero con destino a la India, custodiado por un buque de la armada de ese país.
Los resultados de esta crisis son difíciles de estimar más allá de los obvios estragos causados por el incremento del costo de la energía y la escasez de suministro. La Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han advertido que este conflicto golpeará el crecimiento global en 2026 y elevará la presión inflacionaria. El impacto ya es visible en los índices de los mercados de capitales: el S&P 500 y el Dow Jones han perdido cerca de un 6% de su valor en las tres primeras semanas de marzo. La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, destacó que en un escenario adverso la inflación de la zona del euro podría dispararse hasta el 3,5%, muy por encima del 1,9% previsto hasta ahora, y el crecimiento sería del 0,6%.
Algunos analistas prevén que el equilibrio oferta-demanda solo se alcanzará mediante la «destrucción de la demanda»: los precios suben tanto que los consumidores se ven obligados a interrumpir el consumo por falta de asequibilidad o de viabilidad económica.
Asia es la región más vulnerable, ya que importa el 80% del petróleo que transita por el estrecho. Países como Tailandia, Corea del Sur y Japón enfrentan riesgos de recesión inmedita. China, por su parte, está reduciendo las exportaciones de productos petroleros para fortalecer la seguridad energética interna, aunque sus reservas estratégicas le permiten, por ahora, capear el temporal del suministro.
Mientras Europa enfrenta una escasez crítica de destilados —diésel y combustible para aviones— y de gas natural, compite con Asia por los cargamentos del Atlántico.
Países exportadores fuera del Golfo —Rusia, Venezuela y Estados Unidos— han surgido como beneficiarios temporales al reorientarse la demanda hacia sus suministros y debido a los precios de sus productos.
El mercado, que traía un posicionamiento especulativo bajista sin precedentes previo a las hostilidades, registra ahora, con la guerra y el cierre de Ormuz, una intensa cobertura de posiciones cortas. Probablemente, una parte sustancial del repunte hacia los 120 $/bbl se debió a los «margin calls» y a la liquidación forzosa de posiciones cortas especulativas. En los últimos días, han circulado varios informes que describen cómo los fondos de cobertura han cerrado por completo sus mesas de negociación de energía. El aumento del gas natural responde en su totalidad a las señales de escasez de suministro.
Durante la semana, los precios del crudo y del gas experimentaron alta volatilidad y una fuerte tendencia al alza, manteniéndose por encima de los 100 $/bbl en el caso del Brent.
El futuro inmediato, sembrado de incertidumbre, propició el incremento de los precios hasta los niveles actuales y tiene el potencial de catapultarlos entre 130 y 200 $/bbl si el cierre de Ormuz se prolonga. Ninguna de las medidas instrumentadas o sugeridas para mitigar la situación tiene la entidad suficiente para generar confianza en la seguridad energética futura.
Al cierre de los mercados el viernes 20 de marzo de 2026, los crudos marcadores Brent y WTI se transaban en $112,19/bbl y $98,23/bbl, respectivamente, lo que refleja un incremento de más del 8% en el Brent con respecto al cierre de la semana anterior y una apertura del diferencial entre ambos.
Las denominadas etapas de estabilización y recuperación, nominalmente bajo la tutela norteamericana, no han alcanzado los niveles esperados, en particular desde la perspectiva del día a día del ciudadano comun. La dinámica geopolítica internacional generó precios para la cesta venezolana que no se observaban desde hacía tiempo; sin embargo, el actual esquema de flujo de ingresos y la fragmentación en la entrega de divisas a través de las subastas programadas por el BCV no han permitido controlar eficazmente el mercado cambiario.
Por otra parte, durante el proceso de depuración de los mecanismos de concesión de bloques petroleros, se asignaron varios bloques, pero persiste la falta de transparencia y claridad en el contenido de los contratos, situación similar a la ocurrida en la época de la Ley Antibloqueo. Esto no es una sorpresa; la reforma de la Ley de Hidrocarburos ha dejado demasiados cabos sueltos en ese aspecto.
Asimismo, la presidenta interina ha continuado con el reemplazo de los ministros de la administración de Maduro por personas cercanas a su entorno político, pero cuyos récords de actuación en materia de administración, represión y derechos humanos resultan similares a los de los funcionarios anteriores. Que Washington parezca aprobar, con su silencio, esta decisión de «continuidad» podría justificarse por la necesidad de asegurar el cumplimiento cabal de los planes de tutela y de evitar que una sobreinjerencia en los nombramientos sea utilizada por el régimen de Caracas como posible excusa para incumplir los objetivos.
Una de esas áreas que se ha mantenido alejada de los objetivos trazados es la liberación de los presos políticos, un proceso que se ha ralentizado. La apuesta es que, con los nombramientos recientes, el gobierno demuestre que puede avanzar en materias como esta.
El mercado cambiario no logró reducir la brecha entre las tasas oficial y de mercado. Al cierre de las operaciones, la tasa oficial se ubicó en 457 Bs./$ y la brecha fue del 43%. El gobierno tiene la expectativa de recibir fondos adicionales en marzo, habida cuenta de que los $500 MM ya habían sido subastados y de que los ingresos por ventas se estimaban ser muy superiores a los de los meses anteriores.
Se conoció, mediante la nueva Licencia General 52, una suerte de flexibilización de sanciones que permitiría, solo a compañías domiciliadas en los EE. UU., firmar contratos con PDVSA, bajo ciertas limitaciones en el flujo de los fondos generados. Chevron y otras compañías no utilizarían las mesas de dinero de los bancos para pagar los montos correspondientes a regalías y requerimientos operativos. Bajo el nuevo esquema, todo tiene que pasar por las cuentas controladas por el Tesoro norteamericano.
La producción se mantuvo estable durante la última semana. La producción semanal fue de 883 Mbpd, distribuida geográficamente como sigue:
Occidente: 244 Mbpd (Chevron: 101 Mbpd)Oriente: 111 MbpdFaja del Orinoco: 528 Mbpd (Chevron: 140 Mbpd)
TOTAL: 883 Mbpd | Chevron: 241 Mbpd
En las refinerías nacionales se procesaron 230 Mbpd de crudo y de productos intermedios, con un rendimiento de 73 Mbpd en gasolina y 71 Mbpd en diésel.
Las exportaciones en lo que va de mes parecen situarse por encima de lo planificado; si se mantiene la tasa de despachos actual, podrían acercarse a los 800 Mbpd.
El precio de la cesta venezolana alcanzó los $86/bbl, el más alto en los últimos años. Con la exportación prevista y los precios vigentes en el mercado internacional, los ingresos petroleros tenderán a alcanzar MM$2.000 en marzo.
M.Juan Szabo, Analista Internacional de Energía
Luis Pacheco, Académico no-resindente del Baker Institute
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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