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Caracas: Memorias de Resiliencia ante Terremotos y Patrimonio en Peligro

Entre el terremoto de 1967 y el doble sismo del 24 de junio de 2026, Caracas cambió de tamaño, de panorama y de forma de informarse. Pero también cambió aquello que estaba en riesgo. Además de las vidas, hoy el desastre amenaza un patrimonio que cuenta la historia del país. Los recuerdos de dos sobrevivientes y la mirada del historiador Tomás Straka ayudan a reconstruir cómo una ciudad ha enfrentado dos de los momentos más traumáticos de su historia.

No era la primera vez que Caracas aprendía a temblar.

«Si me voy a morir, me muero en mi casa».

Ana no se levantó del mueble cuando el doble terremoto del 24 de junio hizo crujir las paredes de su apartamento en Ruperto Lugo, en Catia. A sus 91 años vio caer parte de su vajilla, aparecer nuevas grietas en la sala y escuchó a su hija pedirle que bajara del edificio. No quiso. Hace casi seis décadas ya había hecho exactamente lo mismo.

Cuando el terremoto del 29 de julio de 1967 estremeció Caracas, Ana tenía 32 años, tres hijos pequeños y vivía en Las Adjuntas (municipio Libertador). Mientras los vecinos gritaban desde la calle que abandonara el edificio, ella llevó a los niños a una habitación, los acostó sobre una cama y los cubrió con su cuerpo.

«Esa noche todos durmieron en la cancha. Yo no bajé. Me podía morir en la cancha igualito si se caía el edificio«, recuerda.

Su serenidad desconcierta incluso hoy: «Nunca le tuve miedo».

Pero la ciudad sí cambió para siempre.

Cuatro días antes, Caracas había celebrado con orgullo sus 400 años de fundación. Era una capital que acababa de dejar atrás la vieja imagen colonial para convertirse en una metrópoli moderna, llena de autopistas, urbanizaciones y torres de apartamentos.

El historiador Tomás Straka resumía antes que aquella transformación era el paso de «la pequeña cuadrícula colonial» alrededor de la Catedral a una ciudad que crecía aceleradamente.

«El terremoto del 67 es el primero que nos enfrenta a una realidad que no existía en los anteriores: edificios de muchos pisos que, al derrumbarse, cuando colapsa, mataron a muchas personas, familias. Era una ciudad con viviendas de un solo piso, unifamiliares. Pero ni siquiera ese horror fue suficiente para que la ciudad abandonara la idea de modernidad».

Fue precisamente esa nueva Caracas, más cosmopolita, la que descubrió su fragilidad.

El sismo de magnitud 6,5 derrumbó una decena de edificios, dejó más de 200 muertos y, según Straka, hizo que miles de personas comprendieran por primera vez que la capital seguía siendo una ciudad sísmica.

Caracas llegaba al millón de habitantes, pero nunca habían vivido un terremoto. Pasan una vez al siglo. Son muy espaciados entre uno y otro. Se olvidan.

Publicación del periódico impreso El Nacional a tres días de sismo de 1967. Archivo.

*

Para Gil Betancourt, que entonces tenía 18 años, el terremoto comenzó sin siquiera saber qué estaba ocurriendo. «Yo no sabía qué era un terremoto».

Recuerda que todos comenzaron a correr mientras él seguía intentando ponerse un zapato. Se lo había quitado justo al entrar porque le dolía un juanete. «Yo salí de último».

En Coche, su sector, no hubo edificios desplomados ni grandes escenas de destrucción que él recuerde. El verdadero impacto apareció cuando regresó a pie a su casa, en el mismo barrio, ubicado al sur de Caracas.

«Encontré en la calle principal la gente hincada de rodillas rezando, otros gritando».

Esa imagen ayuda a reconstruir aquella Caracas. Era una ciudad un poco más religiosa, «más cerca de sus valores tradicionales», como describe el historiador Straka. Venezuela seguía siendo un Estado laico, sí, pero profundamente atravesado por el catolicismo como una forma de expresión cultural. Ese recuerdo quedó grabado mucho más que el movimiento de la tierra.

«La lectura religiosa del terremoto fue importante. La cruz de la catedral cayó. Al caer y marcarse en el piso su silueta, los caraqueños dijeron que el terremoto cesó. Hubo una explosión de veneración en torno a esa cruz».

Oficialmente se le conocía como la iglesia es Catedral Metropolitana de Santa Ana. Fue construida entre 1665 y 1674. Foto cortesía.

La Caracas de 1967 todavía era una ciudad donde la radio marcaba el ritmo de las noticias.

«Había alguien que tenía un radio prendido y me paré a oír la noticia. Entonces es que dijeron que colapsó tal edificio, que colapsó tal otro edificio… Ahí fue donde descubrí la magnitud del terremoto«.

En una sociedad sin teléfonos inteligentes, redes sociales ni internet, la información viajaba por radios encendidos, rumores de vecinos y personas que corrían de una calle a otra. También por la religión.

Casi sesenta años después, la escena cambió.

El doble terremoto del 24 de junio, de magnitud 7,2 y 7,5, se siguió minuto a minuto desde teléfonos celulares, cámaras de seguridad y transmisiones en vivo. Las cadenas de WhatsApp sustituyeron la radio; y los mapas satelitales de Google reemplazaron, aunque no por completo, las descripciones improvisadas de los vecinos.

Pero algunas reacciones permanecieron intactas.

«Yo creí que iba a abrir la tierra y nos iba a tragar», recuerda Gil sobre el sismo de este año.

Y Ana tampoco abandonó el edificio. Volvió a quedarse.

El doble terremoto de 2026 dejó un saldo muchísimo más devastador que el de 1967: a la fecha van más de 5.500 fallecidos, según registros oficiales, miles de heridos y centenares de edificios afectados sólo en Caracas. Pero la tragedia no se limita a las viviendas. También alcanzó parte de la memoria material del país.

Hace 59 años las estructuras patrimoniales, sobre todo las iglesias, databan de la época de la colonia, recuerda Straka. Resistieron. Los daños no fueron grandes. Hoy es distinto.

Cuando también se rompe la memoria

El informe Patrimonio cultural construido y los sismos de junio de 2026 en Venezuela, elaborado por Clima21, documentó de forma preliminar daños o la necesidad de evaluaciones técnicas en al menos 87 bienes patrimoniales distribuidos en cinco estados y 16 municipios.

Las mayores afectaciones se concentran en Distrito Capital y La Guaira. Casi la mitad corresponde a iglesias; también aparecen monumentos históricos, edificios civiles y la propia Ciudad Universitaria de Caracas, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco.

Pero no se trata únicamente de templos. En muchos casos también resguardan esculturas, archivos parroquiales, pinturas, mobiliario histórico y piezas de arte sacro.

El documento advierte que la cifra probablemente sea mucho mayor porque todavía no ha sido posible evaluar todas las edificaciones por completo.

Más allá del costo económico, el informe insiste en que la pérdida patrimonial también representa una afectación a derechos culturales.

«Estos daños comprometen la autenticidad, la integridad y los valores históricos, culturales y sociales del patrimonio, con repercusiones sobre la memoria colectiva, la identidad de las comunidades y los medios de vida vinculados al turismo y a las actividades culturales», señala el documento.

La advertencia va más allá de sólo la conservación arquitectónica. La organización recuerda que proteger el patrimonio después de un desastre no consiste únicamente en restaurar edificios antiguos, sino en preservar aquello que mantiene unida la memoria de una ciudad.

Porque un terremoto también puede borrar los lugares donde una sociedad aprendió quién era. Y Caracas ya sabe lo que significa reconstruirse después de que la tierra deja de moverse.

rpoleoZeta

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